Jacques Chirac prepara su poco gloriosa salida del Elíseo con un libro de confidencias rayanas en la maledicencia de patio de vecinos, confesando sin piedad para su esposa una parte de sus infidelidades conyugales, y lanzando dardos envenenados contra muchos íntimos sucesivamente traicionados, contra España, contra Cristóbal Colón, contra el Descubrimiento de América y contra Aznar.
«L´Inconnu de l´Élysée" (Ed. Fayard) es un libro de conversaciones íntimas con Pierre Péan, que ya publicó un libro semejante con François Mitterrand. El principio, con Chirac, es muy simple: el presidente habla de sus muy distintas vidas íntimas, para decir al fin «toda la verdad» sobre los asuntos más espinosos, sin aportar otra documentación que la palabra y punto de vista personal, presentado a la luz más gloriosa del protagonista.
Traiciones shakespearianas
Chirac confirma con raro cinismo, la versatilidad de una carrera política que todos sus biógrafos han documentado con un largo rosario de traiciones shakespearianas. El libro es un ajuste de cuentas al arma blanca, contra sus rivales y enemigos, muy numerosos.
Capítulo breve pero feroz son las frases consagradas por Chirac a España, de una ignorancia pavorosa, no exenta de perfidia. La epopeya del descubrimiento y colonización de las Américas es resumida por Chirac así: «Nunca he sentido admiración por las hordas llegadas a América para destruirla». Y una confesión diplomática de fondo: cuando España, Europa y las Américas celebraron el V Centenario del Descubrimiento, considerado «urbi et orbi» un acontecimiento que cambió la historia de las civilizaciones, el Gobierno español invitó al francés a sumarse a las celebraciones. Respuesta de Chirac: «El Rey de España me llamó y me dijo que estaba asombrado de la abstención de París. Yo le respondí que, para mí, el Descubrimiento no fue un gran momento de la Historia».
Chirac insiste en la ignorancia pérfida: «Además, nada de todo está históricamente fundado. No fue Colón quien descubrió América. Fueron los vikingos». Chirac no sólo insiste, si no que deja al descubierto un vacío oceánico: desconoce toda la inmensa bibliografía sobre la difusión de la cultura, la religión, las artes y las letras, limitándose a dejar caer que «las artes no europeas son algo más que algo exótico y pintoresco».
El presidente Chirac reduce las relaciones entre España, las Américas, el Descubrimiento, la colonización, la difusión de las culturas europeas en las Américas, la fundación del derecho internacional, las rutas del comercio trasatlántico, la colosal emergencia de las literaturas españolas escritas en las Américas, etcétera, a una despectiva denuncia de las «hordas» llegadas para «destruir».
Tratado con ligereza un acontecimiento de tal envergadura, quizá sea comprensible que Chirac olvide olímpicamente a Felipe González y Zapatero y consagre breves pero olvidadizos comentarios traidores a José María Aznar, con quien comenzó sosteniendo una relación de la más viva simpatía, presentándolo como el «modelo a imitar» en Francia y Europa, antes de traicionarlo por la espalda filtrando los comentarios envenenados con los que consumaba la enésima traición de su carrera.



