En la ejecutiva nacional del PP del pasado día 3, los barones territoriales ofrecieron a Rajoy un cheque en blanco «para cortar cabezas sin necesidad de esperar a la confección de las candidaturas electorales», según revelaba ayer en este periódico Cristina de la Hoz. No sé lo que pensará el presidente del PP, pero parece como si Francisco Camps, después de haber desquiciado a la dirección nacional en el caso de Ricardo Costa y haber salido ileso, se empeñara en seguir ofreciendo su cuello al ajusticiador.
Hay daños que no se reparan con una disculpa desganada. Aunque el ofendido la acepte. Asombra, además, que utilice expresiones propias del peor guerracivilismo el dirigente de un partido que reprocha a otros la utilización de las cunetas evocadas por Camps para rescribir la historia. El presidente valenciano puede quejarse de que la oposición no le da tregua, e incluso de que se ha sentido insultado en numerosas ocasiones. Pero hasta las diatribas más ultrajantes, nada infrecuentes en el parlamentarismo vocinglero que se practica en España, tienen un límite. Camps lo ha traspasado con creces.
El imperdonable exabrupto del desnortado presidente valenciano se produce, para mayor inoportunidad, en vísperas de una conferencia en la que el PP, más allá de la nómina de asuntos a tratar, pretendía ofrecer una imagen de moderación y de unidad tras la tormenta. El escenario, Barcelona, apunta a uno de los ochomil que el PP debe escalar aún para recuperar la Moncloa, así que le conviene ir ligero de impedimenta. Y Rajoy arrastra un peso muerto en Valencia. Lo dicen sus colaboradores, que añaden, sin embargo, que habrá que llegar como sea a las autonómicas de 2011. Es comprensible. Lo que no se entiende es que Rajoy no haya dicho ni palabra sobre el asunto. Aunque hubiera sido utilizando esa anfibología tan suya.


