
La complejidad del proceso abierto por la propuesta de Cataluña ha acentuado el «presidencialismo» de Zapatero, que ha diseñado la estrategia de forma prácticamente unipersonal, según reconocen fuentes próximas. Como en toda su trayectoria política, está basada en «el control de los tiempos», que ejecuta de forma tan particular que con frecuencia provoca desconcierto, incomprensión y hasta desesperación entre los suyos, incapaces de entender sus «ritmos».
Ello hace que algún dirigente territorial se queje en privado de que no les tenga más en cuenta, para informarles de sus planes o recabar su opinión. «Todos queremos que esto salga adelante, porque nos afecta a todos, pero que lo haga con nuestra ayuda», se lamenta uno de ellos, quien subraya que «todos compartimos su planteamiento de que hay que afrontar reformas que estaban pendientes, pero los matices son importantes». Añade que «nadie cuestiona su liderazgo, pero tampoco nos puede dejar al margen. Esta empresa es tan importante que el esfuerzo ha de ser colectivo porque nos la jugamos todos».
Aunque la mayoría no comparte esa impresión de no ser tenido en cuenta, incluso los más reticentes subrayan que «el presidente tiene una gran confianza en sí mismo y está absolutamente convencido de que esta batalla la ganamos».
El «timing» de Zapatero es que el asunto del Estatuto tiene que estar resuelto antes del verano para, a partir de ese momento -cruzado el ecuador de la legislatura-, volcarse en la gestión de Gobierno. Además, cree que, antes o después, el PP tendrá que avenirse a algún acuerdo. Fuentes próximas destacan, en este sentido, que la reforma del Estatuto valenciano, pactada entre el PP y el PSOE, recoge planteamientos que van más allá de las fronteras marcadas por Génova y que son varias las comunidades donde el PP está «participando constructivamente» en los trabajos para las reformas de sus respectivos estatutos.



