
MIQUEL PORTA PERALES
En uno de sus trabajos, el filósofo francés Michel Foucault hablaba del Estado pastor como aquel que protege al ciudadano frente a cualquier tipo de adversidad. Si Michel Foucault levantara la cabeza, contemplaría con satisfacción que el proyecto de nuevo Estatuto de Cataluña brinda un buen ejemplo de la ideología pastoril propia de muchos políticos de nuestro tiempo.
Entretenidos como estamos con el concepto de nación, los derechos históricos, el federalismo asimétrico, las competencias excluyentes y exclusivas, el concierto económico o la relación bilateral entre Cataluña y España, entretenidos como estamos con todas esas cosas, hemos perdido de vista que el proyecto de nuevo Estatuto contiene un título de derechos, deberes y principios rectores que, como adelantaba, es la manifestación más acabada del Estado pastor teorizado por Michel Foucault. Recuperando la caracterización citada al inicio, el proyecto de nuevo Estatuto nosprotege de cualquier adversidad. En efecto, por poner algún ejemplo, el proyecto de nuevo Estatuto señala que los catalanes y las catalanas tenemos derecho a vivir con dignidad, a acceder a una vivienda digna, a participar en la empresa, a desarrollar nuestra personalidad, a gozar de seguridad y autonomía, a una educación de calidad, a desplegar nuestras capacidades creativas individuales y colectivas -menuda manía que tiene el nuevo Estatuto con lo colectivo-, a intervenir en condiciones de igualdad en los asuntos públicos, a ser tratados de forma imparcial y objetiva por los poderes públicos, a no ser discriminados por razones lingüísticas, y a un largo etcétera que no enumero para no aburrir todavía más al lector.
En cualquier caso, no crea el lector que el proyecto de nuevo Estatuto se agota en cuestiones interpersonales o de relación entre Administración y administrado. Ni mucho menos. Y es que el proyecto -además de proteger a los unos de los otros y a todos de la Administración- se detiene en un asunto muy propio y característico de la Cataluña de nuestros días: el medio ambiente. ¿Acaso podía de ser de otra manera en un territorio -¿autonomía? ¿nacionalidad? ¿nación? ¿comunidad nacional? ¿nación sin Estado? ¿país? ¿pueblo?- en el que gobiernan los «ecologistas de verdad»? Vayamos al grano. Los catalanes -y las catalanas, por supuesto- estamos de enhorabuena: el proyecto de nuevo Estatuto nos dice que tenemos «derecho a vivir en un medio equilibrado, sostenible y respetuoso hacia la salud» y «a gozar de los recursos naturales y del paisaje en condiciones de igualdad». Es decir, el Estatuto pastor catalán no sólo nos protege del deterioro del medio ambiente, sino que, dando un salto cualitativo, nos garantiza el goce del paisaje. ¡Qué maravilla!
El proyecto de nuevo Estatuto de Cataluña no es sólo el reflejo de la concepción pastoril de la política -una suma de dirigismo y proteccionismo-, sino la expresión de un optimismo antropológico más propio del XVIII que del XXI. Y a uno se le ocurre preguntar qué ocurrirá si el nuevo Estatuto finalmente se aprueba y los catalanes y las catalanas exigen el cumplimiento de lo prometido. Veamos algunos casos prácticos: ¿Cómo se concederá una vivienda digna a quien la solicite? ¿Cuántos empresarios estarán dispuestos a que el trabajador participe en la dirección o gestión de su negocio? ¿Cómo garantizar la realización de la personalidad y capacidad creativa del ciudadano? ¿Se podrá rotular un establecimiento comercial únicamente en lengua castellana? En fin, ¿podremos instalarnos en un jardín privado del Montseny -o en la terraza privada de un apartamento de Cadaqués- para así hacer realidad el derecho «a gozar del paisaje en condiciones de igualdad». Se dirá que mi crítica es excesiva. Lo acepto si se admite que, en muy buena medida, el proyecto de nuevo Estatuto también es excesivo. La diferencia: mientras yo escribo un artículo de prensa, los redactores del proyecto de nuevo Estatuto diseñan un marco de convivencia. Eso dicen.



