POR RAFAEL CARRIÓN
FOTO: ROBER SOLSONA
VALENCIA. Una vez en el tren, se encontraba cansado, solo, pero lleno de orgullo y felicidad. No le importaban en absoluto los contratiempos ni las amenazas de la familia. Pese a la corta distancia y con el traqueteo del vagón, a don Ramón le dio tiempo de soñar despierto y soñó con la posibilidad de torear algún día en la plaza de Valencia, como lo había hecho unas horas antes. Muy vertical, con los pies juntos, tratando de jugar las muñecas para desengañar aquellas ásperas acometidas de los novillos.
Pero cuando llegó a la estación y bajó de aquel viejo tren, el mundo se le vino encima. La imagen que contempló era la peor que se podía imaginar. Su madre, destrozada, lloraba desconsoladamente por la preocupación que había padecido. Todavía lo recuerda como si fuera una película en blanco y negro. Aquellas películas de cine mudo, cuyas imágenes se sucedían muy deprisa. Aún se le humedecen los ojos cuando lo relata. «Cuando la vi con aquel disgusto tan grande se me fueron de golpe la mayor parte de mis ilusiones. Mi madre era lo más importante para mí. Fíjate cómo me dejó de abatido que le prometí que no se preocupara. Le di mi palabra de no volver a torear jamás. Lo mío fue debut y despedida».
Aún se escapó a alguna capea y sobre todo al matadero de Valencia, donde en compañía de Vicente Barrera, abuelo del actual matador de toros, se ejercitaba dándole pases a algunas vacas viejas de media casta que llevaban a sacrificar.
Su etapa como apoderado
No duró mucho, pero don Ramón también lo intentó como apoderado. Casi más por presiones que por vocación, aunque cuando desempeñaba una labor, se dedicaba a ella en cuerpo y alma. «Apoderé a un muchacho que se llamaba Casimiro Talavera. Primero le hice una novillada en Alzira y posteriormente otras cinco entre las provincias de Albacete y Cuenca; no tenía mal aire, pero le salió una novia y perdió la afición. Al final se hizo chofer y terminó casándose».
Mas tarde, continúa relatando nuestro centenario protagonista, «ayudé a la novia de un amigo mío que se llamaba Angelita y que quería ser rejoneadora, pero en vista de lo complicado que resultaba todo, terminamos aburriéndonos los dos».
A partir de ese momento, don Ramón solamente acude a los toros como espectador. Su privilegiada memoria le permite recordar con todo lujo de detalles, a todas las generaciones de toreros que ha visto en la plaza. Eso sí, con un respeto total a la hora de analizarlos. Para él, todos han tenido cosas positivas y si algunos no han alcanzado las metas propuestas, se ha debido a la falta de suerte a lo largo de sus carreras.
Para este gran aficionado, «el valor, la inteligencia, el buen gusto y un buen juego de muñecas, son los cuatro pilares fundamentales en los que debe basarse un gran torero».
Un repaso a la historia
Después de tantos años presenciando festejos taurinos, nuestro protagonista nos aporta una visión detallada y completa de cómo era antes la fiesta y como es en la actualidad. «La fiesta de los toros ha cambiado radicalmente en todo. La suerte de picar afortunadamente se ha humanizado mucho desde que apareció el peto. El picador es una pieza fundamental en el desarrollo de la corrida. Un puyazo de ahora, equivale a muchos de los de antes. Además, el toro de hoy es mas bravo, se emplea mucho y es más noble; el de antes era muy brusco. Con respecto a los toreros, te digo que hoy se torea mejor que nunca».
Y una de las cosas por las que más se lamenta don Ramón, «es porque el fútbol ha terminado con los toros. Antes, en los pueblos, los niños jugaban al toro, hoy todos van con la pelota. Antes, la gente se apasionaba con los toreros, hoy con los futbolistas. Antes se vivía la cultura de los toros y hoy prácticamente ha desaparecido. Ahora el fútbol está presente en todos los medios y a todas horas. Yo apenas he visto fútbol, el único que me hizo ir a un campo fue Wilkes y ¿sabes porqué? Porque era un artista del balón».
Así es a grandes rasgos don Ramón Aliaga, todo un lujo en los tendidos de la plaza de Valencia, a la que asiste todos los días de festejo, para contemplarlo desde su localidad de contrabarrera en el tendido 7. Ésta es parte de la historia de quien sin duda es el aficionado más veterano del mundo.



