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Baccarat: El cristal que amaban los zares vuelve a Rusia

Hubo un tiempo en que el intercambio comercial de la fábrica francesa de Baccarat con Rusia era constante. A finales del XIX, la corte imperial cayó rendida ante los brillos del mejor cristal del

Actualizado 14/04/2008 - 09:41:37
Hubo un tiempo en que el intercambio comercial de la fábrica francesa de Baccarat con Rusia era constante. A finales del XIX, la corte imperial cayó rendida ante los brillos del mejor cristal del mundo y príncipes y grandes duques, arrastrados por los gustos de sus emperadores, encargaban para sus palacios candelabros electrificados, lo más novedoso entonces en cuanto a tecnología, enormes arañas o cristalerías completas de colores, talladas y cinceladas para sus banquetes, a sabiendas de que se usarían tan solo una vez para luego, siguiendo la tradición, estrellarlas contra el suelo a sus espaldas.
El gusto ruso por el cristal se mantuvo incluso en épocas soviéticas, y sabiendo esto, la firma francesa no ha dudado en recuperar el tiempo perdido y abrir, el pasado mes de enero, una gran sede -segunda de sus tiendas en Moscú-, en un palacete, situado en pleno centro de la ciudad, a un paso de la Plaza Roja, en la calle Nikolskaya, de cuya restauración y rehabilitación se ha encargado el gran diseñador Philippe Stark.
En este lugar se pueden adquirir, además de las piezas históricas de Baccarat, las colecciones de diseño por las que ha apostado esta casa desde hace años: piezas muy especiales de creadores inspirados en la magia del cristal, como Kenzo Takada, Ettore Sottsass, Andrée Putman, Arik Lévy el mismo Philippe Stark. Todas piezas con sello de identidad que ya han entrado a formar parte del catálogo de Baccarat.
Recetas de lujo
La nueva tienda fue la sede de una antigua farmacia, un edificio emblemático de la ciudad por su chimenea en forma de flecha y su gran reloj, visibles desde todo el centro de la capital. Se terminó de construir en 1895 y, aunque no muy grande, su fachada es imponente por su decoración, y su interior, tan elegante que apetece vagar por los salas iluminadas con la luz que entra por los enormes ventanales del segundo piso. Así se lo encontró el famoso diseñador cuando recibió este encargo e, inspirado por su romántica y un poco misteriosa historia, ha transformado los salones de la antigua botica de la planta baja en una moderna y vanguardista tienda-almacén con muebles y expositores diseñados por él mismo. Aquí se pueden encontrar todas las colecciones de joyería y decoración de la firma. La segunda planta, donde antiguamente se ubicaba el laboratorio y se despachaban y elaboraban las recetas magistrales, alberga ahora el Cristal Room, el restaurante de moda y dirección imprescindible para ver y ser visto, de la capital rusa, con sus muros de ladrillo lavado y lámparas de muchos brazos de cristal. Y, por supuesto, con dos grandes chefs franceses al frente, que ofrecen platos con sabor ruso de temporada y nombres de cristalería y una sommellier rusa que escancia los mejores vinos, champagnes y cruts de Europa, servidos, eso sí, en copas firmadas por Baccarat.
No es lo primero ni lo último que hace Stark en el mundo de la hostelería y de la restauración. Este creador, de casi 60 años, que siempre quiso ser astrofísico o compositor, un eterno niño malo, imaginativo y algo subversivo, empieza dándose a conocer porque el entonces presidente Mitterrand le encargó el cambio de imagen y de la decoración del palacio del Eliseo. Luego llegarían hoteles como el Royalton de Nueva York o el Delano de Miami, restaurantes como el Felix en Hong Kong, el Teatriz de Madrid, o el Teatron en México. Más recientemente evoluciona en los japoneses Katsuya, considerados por la prensa estadounidense como los restaurantes más fascinantes de los últimos diez años. También ha diseñado el misterioso Ramsés de Madrid. Sigue su racha con los hoteles Sanderson o Saint Martin's Lane, en Londres, y el encargo de convertir el antiguo palacete de Marie-Laure de Noailles, en París, en el actual Palacio de Cristal de Baccarat.
El espejo de Alicia
Su visión del cristal y de este mundo mágico le ha llevado a representar en Rusia un escenario como el que viera Alicia al otro lado del espejo, un lugar un tanto fantasmagórico y teatral, que es lo que significa para él esta marca tan conocida dentro del mundo del lujo. «Baccarat es para mi -dice el diseñador- un mundo de ilusión a través de la caras del cristal tallado. Así pues, he imaginado un palacio de cristal donde todo sería posible. Es lo que yo percibo como actitud ante la vida, la sensación de que todo es relativo, donde sueño y realidad están permanentemente mezclados y por ello hemos querido unir la magnificencia de las lámparas y las colecciones de cristal con los muros de cemento y ladrillo, o hemos suspendido la enorme lámpara de cristal tallado dentro de un acuario, como una enorme urna, porque el cristal es amor, milagro, espejismo y embrujo».
El «horno ruso»
La firma francesa estuvo desde siempre presente en la vida y en los gustos rusos. Rusia era uno de los mercados más importantes para sus exportaciones. Tanto que casi un millar de los artesanos de la fábrica se dedicaba exclusivamente a los pedidos de lámparas y cristalerías de la corte imperial, y uno de los tres hornos que funcionaban a toda potencia era conocido como «el horno ruso». Las mercancías destinadas a los grandes palacios se trasladaban en caravanas de carros tirados por mulas que unían Nancy con San Petersburgo, aunque a veces el viaje también se hacía por barco, por la ruta del mar Báltico y del mar del Norte. Uno de estos barcos naufragó cerca de Amberes, en 1912, y fue descubierto en 1999 por unos exploradores belgas con sus bodegas repletas todavía de miles de piezas, entre las que había desde grandes arañas de cristal hasta jarras y servicios de mesa del modelo Colbert.
Y es que a lo largo de la historia, los rusos -de los zares a los popes-, se han deslumbrado con los reflejos y la transparencia de este cristal de altísima calidad. Ya en 1867, cuando el Zar Alejandro III visitó la Exposición Universal de París, se sintió fascinado por las piezas que allí se presentaron, entre ellas, una fuente monumental de siete metros de altura, las arañas de gran diámetro, los jarrones firmados por Jean Baptiste Simon y los servicios de copas tallados a la rueda. Cuando su nieto el Zar Nicolás II y su esposa la Zarina Alejandra, con motivo de su boda y su coronación, recorrieron Europa en 1896 quedaron deslumbrados por los gustos franceses y por su delicadeza. En este viaje tuvieron la ocasión de visitar la fábrica de Baccarat y el Zar encargó allí varias piezas que llevan todavía hoy su nombre, como un candelabro electrificado, el primero que se hacía, de 3,25 metros de alto y 79 bombillas. La pieza se logró gracias a unos moldes especiales con brazos huecos y tuvo tanto éxito que se empezó a fabricar para todos los palacios europeos.
Por su parte, el llamado candelabro de la Zarina tiene una altura de 2,15 metros y 24 brazos y es famosa, además, la cristalería del Zar, hecha para él en cristal doblado con un tallo muy alto y cincelada que se fabrica todavía hoy en seis colores distintos.
Honores diplomáticos
El representante de Baccarat, que viajaba periódicamente a Rusia para atender a su clientela era un personaje en la corte, recibido con honores diplomáticos, alojándose en los mejores hoteles y festejado por las mejores familias. Muchos príncipes y miembros de la corte encargaron piezas a la firma francesa, como los grandes duques Wladimir y Alexis, el príncipe Demidoff o la princesa Tereorchenko, que llenaron sus palacios de candelabros, de arañas, de servicios de tocador, espejos o frascos para el perfume. Por cierto, los Fabergé encargan los soportes para sus famosos huevos -también de gran éxito en San Petersburgo- en la fábrica francesa . Los encargos eran numerosos y más los de cristalería, pues en la alta sociedad rusa se mantenía la norma real de que nadie debía de beber en la misma copa, por lo que las arrojaban a la espalda. una vez vacías. En época soviética, Leonidas Breznev fue un gran admirador de la firma y encargó para su cenas, tras conocer las piezas en un viaje a París, una cristalería modelo Capri de 2500 copas. La locura de los rusos por el cristal ha permanecido a pesar de los pesares (políticos) y así la firma francesa en realidad ha vuelto a casa al abrir las puertas de esta especial «embajada» que ya es un referente dentro de la vida de Moscú.
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