AHORA, con Juan Pablo II ya enterrado junto a la tumba de san Pedro, el juego fascinante entre los periodistas vaticanistas es el de la quiniela de los papables. En las apuestas se repiten muchas veces los nombres de los cardenales mejor colocados: el alemán Ratzinger, los italianos Tettamanzi y Martini, el hondureño Maradiaga, el chileno Medina Estévez, el austriaco Schonborn, el nigeriano Francis Arinze, el brasileño Hummes y los dos españoles Rouco y Amigo.
La frase que más se oye entre los vaticanistas es el viejo refrán que suena inevitablemente antes de cada cónclave: «Quien entra papa en el cónclave sale cardenal». Los últimos papas: Roncalli, Montini, Luciani y Wojtyla no figuraban en la primera fila de los papables. Juan XXIII fue una sorpresa de ultimísima hora. Sin embargo, un periodista español llamado Muñoz Mompeán, que dirigía un modesto diario de Murcia («Linea»), inspirado por no sabemos quién, publicó en grandes titulares: «Hoy será elegido papa el cardenal Roncalli, Patriarca de Venecia». Y así fue. Pero ya no hay periodistas iluminados por el Espíritu Santo. Montini, arzobispo de Milán, sonaba quedamente en la quiniela del cónclave que le eligió. Era un papable esperado por un grupo de curas progresistas, especialmente por curas españoles, seguramente porque se había distinguido con algún hecho crítico en relación con el régimen franquista. Sin embargo, Pablo VI fue un papa en cierto modo conservador, que frenó algunos excesivos entusiasmos del Vaticano Segundo. Yo asistí a aquella «fumata bianca» y a la proclamación que hizo desde el balcón de San Pedro el cardenal Ottaviani, hijo de un panadero del Trastevere, celoso guardián del dogma, aquel que, cuando el cardenal Suenens habló en el Concilio de la píldora «antibaby», musitó en el oído de su vecino: «Ojalá la hubiese tomado su madre». En el último cónclave circuló a última hora el rumor de que iba a ser elegido un papa polaco, y todo el mundo pensó en Wizinsky. El nombre de Wojtyla era un secreto exclusivo del propio Wizinsky.
Ahora dicen los vaticanistas que se las dan de entendidos que la Iglesia preferirá elegir un papa de transición, ni joven ni revolucionario, quizá un italiano para regresar a la costumbre de la prudencia y los paños calientes. Recuerdo una vieja historia de astucia vaticana. Había en el colegio cardenalicio dos facciones enfrentadas, cada una de ellas con su papable decidido. Como se sucedían los días y las votaciones sin que se alcanzara la mayoría necesaria, los dos bandos pactaron una tregua. Elegirían a algún cardenal viejecito y decrépito y durante la duración de su breve pontificado cada facción atendería a reforzar su influencia y a ganar adeptos entre los cardenales.
Asistía al cónclave un cardenal de cuerpo encorvado, flaco y débil, que caminaba dificultosamente apoyado en un bastón. «Ese», decidieron los electores. Cuando el viejecito decrépito vio cómo su baldaquino quedaba extendido sobre su cabeza y se vio Papa, enderezó la figura, tiró el bastón, ordenó que recluyeran a los dos cardenales aspirantes al cargo en el castillo de Sant´Ángelo y permaneció sentado en el solio pontificio durante dos décadas.


