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Tócala otra vez, Bogey

POR FEDERICO MARÍN BELLÓNMADRID. En realidad, la frase «Tócala otra vez, Sam» la dicen los hermanos Marx en «Una noche en Casablanca». Woody Allen alimentó la leyenda con la obra «Play it again, Sam

Actualizado 14/01/2007 - 03:04:49
POR FEDERICO MARÍN BELLÓN
MADRID. En realidad, la frase «Tócala otra vez, Sam» la dicen los hermanos Marx en «Una noche en Casablanca». Woody Allen alimentó la leyenda con la obra «Play it again, Sam» (su adaptación al cine se tituló en España «Sueños de seductor»), donde el fantasma de Bogart trata de insuflar ánimos al apocado protagonista. El diálogo real con Sam suena así:
-Humphrey Bogart: Tú sabes lo que quiero escuchar.
-Dooley Wilson: No lo sé.
-H. B.: Si la has tocado para ella, puedes tocarla para mí.
-D. W.: No creo que me acuerde.
-H. B.: Si ella ha sido capaz de escucharla, yo también. ¡Tócala!
En fin, Bogie no sólo era adicto al tabaco, el alcohol y el ajedrez, con el que intentó pagarse sus dos primeros vicios jugando partidas a un dólar. También fue consciente de la dependencia del actor a los buenos diálogos. En Broadway tuvo que decir «las peores frases imaginables», pero pronto pudo resarcirse en el cine, donde trabajó con guionistas de la talla de Mankiewicz, Wilder, Capote, Richard Brooks, Huston, Delmer Daves, Faulkner y los hermanos Epstein, autores estos últimos de «Casablanca». Las frases de la película de Michael Curtiz figuran, con merecimiento, entre lo mejor que se ha dicho nunca en un plató, desde la ambigua despedida: «Creo que este es el comienzo de una gran amistad» al legendario diálogo en que Bogart le dice a Ingrid Bergman: «Perteneces a Victor. Eres parte de su obra, eres su vida. Si ese avión despega y no estás con él lo lamentarás, tal vez no ahora, tal vez ni hoy ni mañana, pero más tarde, toda la vida». Cuando Ilsa pregunta: «¿Pero qué pasará con nosotros?», nuestro amigo responde el mítico «Siempre nos quedará París». Menos mal que ella ya estaba lejos cuando en «Sabrina» se atrevió a añadir: «París es para los amantes. Quizá por eso sólo he estado allí 35 minutos».
Pero hasta para sacrificar su vida por una causa Bogart era distinto, siempre bajo la gabardina del cinismo. Cuando Claude Rains pregunta: «¿Por qué demonios vino a Casablanca?», Bogart miente sin piedad: «Mi salud. Vine a tomar las aguas». «¿Qué aguas, las del desierto?». «Al parecer me informaron mal». Un guiño mil veces más efectivo que el mejor discurso de cartón piedra.
A partir de este título, el estilo cáustico, veloz y varonil de este actor feo y bajito fue imitado incluso en lo concerniente a criar un cáncer de pulmón. «El problema con el mundo es que todos están unos pocos tragos atrás», dijo alguna vez. Uno de sus secretos era impedir que trascendiera su nobleza. «Nosotros no creemos en su historia, señora O´Shaughnessy, sino en sus 200 dólares», explica a Mary Astor en «El halcón maltés». Sin embargo, cuando el policía le pregunta de qué está hecha la estatua que da título al filme, se permite una licencia poética: «De la misma materia de la que están hechos los sueños».
Pero la lengua de sus antihéroes siempre estaba afilada: «General, tenga cuidado con su hija. Ha intentado sentarse sobre mis rodillas cuando yo estaba de pie», dice en «El sueño eterno». Poco después es capaz de soltar: «Dime la verdad, porque no abofeteo bien a estas horas de la noche». Y todo ello, sin perder nunca la calma, como en «All through the night»: «No me importa que me maten, pero odio que me partan en trocitos».
Muy a su pesar, Bogart también se hacía querer. En «Cayo Largo» admite: «Si la cabeza dice una cosa y tu vida dice otra, la cabeza siempre pierde». En la cinta «En un lugar solitario» es aún más explícito: «Nací cuando ella me besó, morí cuando me abandonó, viví unas semanas mientras me amó». Pero el festín romántico (y anti) se lo daría en «Sabrina». Cuando William Holden le invita a mirar unas piernas, sentencia: «Las últimas piernas que te parecieron fantásticas le costaron a la familia 25.000 dólares», aunque luego caería rendido ante Audrey Hepburn, como confiesa al padre de la chica: «¿Mis intenciones? Son totalmente censurables, pero muy prácticas».
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