Espectáculos

Hemeroteca > 14/01/2005 > 

Howard Hughes, el mito inagotable

Actualizado 14/01/2005 - 10:28:28
Leonardo DiCaprio interpreta con gran acierto la pasión desmesurada de Howard Hughes
Leonardo DiCaprio interpreta con gran acierto la pasión desmesurada de Howard Hughes
De algo puede estar seguro Howard Robard Hughes (1905-1976): la leyenda y el misterio que cultivó durante casi toda su vida le han perseguido más allá de la tumba. Productor y director de cine, impenitente conquistador y coleccionista de estrellas, entusiasta de la aviación, furibundo anticomunista y hombre de negocios, forjador de una de las mayores fortunas de su tiempo, su pasión por la imagen le llevó paradójicamente en el segundo tramo de su vida a tratar por todos los medios de que su rostro no fuera fotografiado, acaso por una primitiva y fundada sospecha de que cada fotograma roba un coágulo de vida.

Su condición de mito inagotable ha vuelto a quedar demostrada con la película de Martin Scorsese, aunque ya le sacaron partido Jason Robards en «Melvin y Howard», película que Jonathan Demme estrenó en 1980; Dean Stockwell en «Tucker» (Francis Ford Coppola, 1988); y Tommy Lee Jones en «The amazing Hughes» (William A. Graham, 1977), entre otros, como se encarga de resaltar en su apasionada reseña el historiador David Thomson en su monumental «Nuevo diccionario biográfico del cine», que, sin embargo, atribuye a Joan Didion la mejor aproximación al multimillonario empeñado en conquistar el cielo.

Una ficción viviente

En su ensayo «7000 Romaine, Los Angeles 38», donde Hughes tenía el cuartel general de sus negocios, la escritora le describe como una ficción viviente, fuente constante de historias: «Que hayamos convertido a Howard Hughes en un héroe nos dice algo interesante acerca de nosotros mismos, algo que se vislumbra tenuemente, y que nos muestra el verdadero significado del dinero y el poder en América, que no son las cosas que se pueden adquirir con él ni la búsqueda del poder por el poder... sino la absoluta libertad personal, la movilidad, la privacidad».

Fama y dinero no le faltaron nunca a quien hizo, como dice Thompson, lo que cualquier «tímido, solitario cinéfilo» siempre soñó hacer, empezando por llevarse al huerto cinematográfico y literal a un elenco de espléndidos deseos hechos carne: Jean Harlow, Jane Russell, Katharine Hepburn, Ida Lupino, Jean Simmons, Janet Leight y una larga pasarela que incluye a Jean Peters, con quien estuvo casado una temporada. Contribuyó a hacer de Jane Russell un imán de incandescencia erótica, y su devoción por los senos de la actriz quedó probado no sólo en la película «The outlaw» -uno de sus grandes encontronazos con el puritanismo y la censura, además de «Scarface»-, sino que participó en el diseño de un aerodinámico sujetador cónico, otra forma de hacer cristalizar su pasión voladora, de hacer realidad todos sus deseos sin importar medios ni costes.

Se probó como dueño de estudio y como director en filmes como «Los ángeles del infierno», que contribuyó a lanzar a Jean Harlow, antes de que, como solía ocurrirle, se cansara de ella y la transfiriera, por una suma estratosférica, a la Metro Goldwyn Mayer. Además de su gusto por las actrices rubias, morenas y de pecho ostensible, los más reputados críticos reconocen a Hughes haber sido providencial para que talentos como los de Nicholas Ray, Robert Ryan o Don Siegel despuntaran.

Pero después de haberse convertido en una figura omnipresente en los treinta y los cuarenta del siglo pasado gracias a dos pasiones profundamente estadounidenses -la aviación y el cine-, Hughes hizo su gran mutis y se convirtió en la figura misteriosa que se negaba a aparecer en público y desde luego a evitar por todos los medios que fuera registrado cómo el tiempo iba laminando su rostro.

La base de su riqueza se la proporcionó la firma de equipamiento petrolífero que le legó su padre, un emporio que no hizo más que crecer cuando creó la Hughes Aircrat Company, a la que luego sumaría, entre otras, la RKO Pictures Corporation, y un sustancioso paquete de la hoy difunta Trans World Airlines (TWA). No sólo diseñó aviones sino que los pilotó, y estableció algunos récords de velocidad, incluido un viaje alrededor del mundo que completó en tres días, 19 horas y 14 minutos.

Su rabioso anticomunismo le hizo prestar servicios a su país y a forjar estrechas relaciones con la CIA -estuvo detrás de uno de los intentos de liquidar a Fidel Castro- y con el presidente Richard Nixon. A su muerte, en abril de 1976, el valor de sus posesiones fue evaluado en 2.000 millones de dólares.
Búsquedas relacionadas
  • Compartir
  • mas
  • Imprimir
publicidad
PUBLICIDAD
Lo último...

Copyright © ABC Periódico Electrónico S.L.U.