EL «Drones Club» o Club de los Zánganos, nacido de la imaginación de P. G. Wodehouse, el gran maestro de la literatura de humor del siglo XX, reunía en su sede al grupo más divertido y prescindible de la alta sociedad londinense postvictoriana. Desde Bertie Wooster a Freddy Widgeon, pasando por el enamoradizo Bingo Little y Gussie Finknottle, coleccionista de salamandras. La media de inteligencia de los socios del «Drones» era, según Wodehouse, claramente inferior a la de una almeja vuelta al revés. Una almeja, todo hay que decirlo, que hubiera sido golpeada en la cabeza durante su infancia. De Pongo Twistleton, otro socio de «Los Zánganos», aseguraba su autor que, aparte de parecer un pterodáctilo con una pena secreta, tenía suficiente inteligencia para abrir la boca cuando quería comer, pero ciertamente no más. No obstante, aquellos asnos, guiados por la pluma maestra de Wodehouse no hicieron otra cosa que el bien, y han ayudado a la sonrisa de millones de lectores en todo el mundo. Lo más grave contra la humanidad que llevaron a cabo los socios del «Drones» fue robar el casco de un policía la noche de la regata entre Oxford y Cambridge, hecho que conmovió a una buena parte de la sociedad inglesa. Sirva este preámbulo a los lectores que no hayan tenido aún la fortuna -siempre están a tiempo para enmendar el error-, de no leer a Wodehouse para asegurarles que los miembros del «Drones Club» eran en la figuración unos auténticos genios, sin excepción alguna, comparados con los idiotas que se reúnen año tras año en Oslo para conceder el Premio Nobel de la Paz. La relación de mamarrachos, indeseables y hasta terroristas que han recibido en los últimos años el Nobel noruego han convertido su significado en una broma de mal gusto. Un chiste noruego, que vaya usted a saber cómo son los chistes noruegos.
En España hemos sufrido a varios de esos meapilas con sus comprensiones y cercanías a ETA y Batasuna. Una conocida gorda falsificó su vida y se inventó atroces humillaciones sufridas para engañar a los necios del jurado, y como era de prever, consiguió el galardón. Claro, que también fue premiada con el «Príncipe de Asturias», que asimismo tiene sus tontos nacionales en sus diferentes jurados, pero eso pertenece a otro artículo.
La última edición del Nobel de la Paz ha servido para que sepamos que los necios, al fin, se han quitado las caretas. Como ha reconocido el portavoz del jurado, se le ha concedido a Jimmy Carter para fastidiar a George Bush, es decir, que se concede el premio no para homenajear a una persona sino para darle una patada en los dídimos a otra. Un jurado estúpidamente beligerante es el encargado de conceder una distinción que premia la paz. Se sabía desde que la relación de estafadores, violentos y cretinos enriquecían su nómina, pero en esta ocasión se ha confirmado plenamente.
De Jimmy Carter, el peor presidente de los Estados Unidos del siglo XX -lo cual tiene su mérito-, dijo su madre, Lillian, que era el más tonto de sus hijos. Lo hizo después de expresar en voz alta la siguiente convicción: «Cuando veo a todos mis hijos me digo: Lillian, tendrías que haber permanecido virgen». Y Ronald Reagan, que fastidia mucho a los progres y que arregló una buena parte de los desconchones que el idiota de Carter le dejó, definió a su antecesor en la Casa Blanca con una sentencia bastante ingeniosa: «Depresión es cuando estás sin trabajo. Recesión, es cuando un vecino está sin trabajo. Recuperación es cuando Jimmy Carter está sin trabajo».
El Nobel al memo de Carter se lo han concedido unos necios. Un ex presidente de los Estados Unidos jamás puede ser Nobel de la Paz, porque si tuviera méritos para serlo, no existirían ni los Estados Unidos ni la cultura occidental. No existiría ni Noruega. No existiría ni el Nobel de la Paz. Sólo en el último caso, lo que quedara del mundo saldría ganando.


