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Hasta aquí llegó la riada

POR R. CARRIÓN Y B. NICASIOVALENCIA. Amparo Sanchis tenía 20 años cuando, el 14 de octubre de 1957 se produjo la gran riada del Turia en Valencia, que se saldó con 81 muertos y unos daños materiales

Actualizado 13/08/2007 - 02:47:20
POR R. CARRIÓN Y B. NICASIO
VALENCIA. Amparo Sanchis tenía 20 años cuando, el 14 de octubre de 1957 se produjo la gran riada del Turia en Valencia, que se saldó con 81 muertos y unos daños materiales evaluados entre 10 y 16 mil millones de pesetas de la época. A sus 70 años sigue teniendo el recuerdo muy cercano y asegura que siempre supo «que nunca olvidaría aquello, por muchos años que pasaran». Su familia fue afortunada, no tuvo que lamentar pérdidas humanas, aunque sí grandes daños tanto en el negocio familiar -un taller de reparaciones- como en el bajo vivienda que compartía con sus padres y otros tres hermanos en el barrio de Nazaret.
La primera riada ya produjo muchos muertos y daños. Llegó a la ciudad la máñana del 14, después de provocar numerosos daños en Marines, Villamarchante, Ribarroja, y otros puntos de su cuenca, e inundó la ciudad en las primeras horas del día. Campanar y Tendetes, el barrio del Carmen y Marchalenes, el centro de la ciudad y todos los barrios colindantes con las orillas del río resultaron inundados. Pronto comenzaron las tareas de salvamento y rescate, se pidió socorro y las autoridades se trasladaron a la zona marítima donde Nazaret y el Cabañal, también los demás barrios, sufrían inundaciones y gravísimo peligro.
Llovió con furia
Pero lo peor estaba aún por venir. A primera hora de la tarde. llovió con furia, hasta superar los 100 l/m2, tanto en Valencia como en la cuenca media del río, que se cargó de nuevo, para desbordarse en una segunda y más terrible avenida, sobre las 3 de la tarde.
Todas las zonas ya inundadas se vieron azotadas por unas aguas furiosas que «parecían extenderse cada vez más», hasta dejar libre solamente la parte mas antigua de la ciudad: la Valencia que fue ciudad romana y las partes del sur situadas mas allá de la Gran Vía. Lo que fue viejo brazo del Turia, por la Bolsería y el Mercado, fue un torrente desconsolador que todo lo llevaba, y las aguas subieron hasta alcanzar niveles de 5 metros en la parte de Marchalenes, construida bajo el nivel del cauce.
Los más pequeños vivieron con especial inquietud aquellos trágicos días. Por suerte, los niños tienen una gran capacidad para olvidar y superar las experiencias más traumáticas. Antonio C. López perdió a su hermano pequeño en la riada, tenía entonces 14 años, pero su principal recuerdo de los días posteriores a la riada es «los mensajes de la radio, invitando a la generosidad de todos para colaborar con los damnificados de Valencia». Llegaron ayudas de toda España, de todos los pueblos, dinero, ropa y comida. El gobierno franquista envió a todos los militares disponibles para ayudar en las tareas de limpieza y reconstrucción de los daños ocasionados por la riada.
En la calle Doctor Oloriz, el agua alcanzó los cinco metros de altura -el agua se colaba por los balcones del primer piso-, en la calle Baja unos tres metros, en el Parterre unos 3,20 metros, en la Alameda 3 metros, en Pintor Sorolla unos 2,70, en Capitanía General y en el Teatro Principal superó los dos metros. Más de 12.000 comercios resultaron afectados y cerca de de 3.500 familias se quedaron sin hogar, unos 2.500 eran refugiados en las primeras horas, se destruyeron más de 5.800 casas. A 6 de diciembre, en Valencia había 34 personas identificadas, 15 sin identificar y tres personas desaparecidas. En total 81 muertos.
Pero la solidaridad mostrada no fue el único recuerdo agradable de estos días. Me cuentan que también una joven -y probablemente no fue el único caso- conoció al amor de su vida, fallecido recientemente, entre el grupo de soldados que fue a su barrio para ayudar en las tareas de limpieza y desescombro.
El papel de los voluntarios
Joaquín Collado, tras la riada, se unió a un grupo de voluntarios para quitar los restos de barro y lodo que cubrían las calles de barrios como Tendetes, Marchalenes y Cánovas. Hoy con 77 años recuerda aquellos momentos con tristeza aunque asegura que su grupo de ayuda colaboraba con alegría y entusiasmo para que todo volviera a la normalidad cuanto antes. Para Joaquín la vuelta a la normalidad fue rápida gracias a la participación y la colaboración de toda España «mucha gente se quedó en la ruina, todos los negocios en bajos cercanos al río quedaron inundados aunque el país entero se volcó en ayudar». Asegura que la riada del 57 «es un recuerdo que no se olvida poque fue algo que nos ocurrió siendo jóvenes y que participamos de forma activa en brigadas de ayuda».
Ocho meses después de la catástrofe, el Gobierno abordó el desvío del río Turia fuera de la ciudad, desviación que ya se venía contemplando como la mejor de las posibles soluciones para hacer desaparecer de Valencia aquella terrible y endémica lacra de sus riadas (no olvidemos que anteriormente se habían producido riadas importantes en los años 1088, 1328, 1517, 1676 y 1877).
El desastre regional había sido de tal magnitud que el Gobierno franquista no tuvo más remedio que adoptar decisiones resolutivas. De ahí la aprobación de la denominada Solución Sur, que consistía en desviar el río, construyendo un nuevo cauce de 12 kilómetros de longitud y 175 metros de ancho, capaz de desaguar 5.000 metros cúbicos por segundo en una nueva desembocadura del Turia, que iba a situarse tres kilómetros al sur de la existente.
La riada de 1957 había llegado a alcanzar, según los cálculos, un caudal máximo de 3.800 metros cúbicos por segundo. Teóricamente, con el desvío del nuevo cauce, las inundaciones en la ciudad ya no eran posibles. Las obras comenzaron en 1964 y finalizaron en 1973, aunque no se completó totalmente el programa inicial.
Al principio, la Solución Sur era un proyecto hidráulico que luego se convirtió en un ambicioso plan urbanístico: el Plan Sur de Valencia. Fue aprobado en 1961 y comprendía, además de las obras hidráulicas, otras de carreteras, ferroviarias y de urbanización. El 1 de diciembre de 1976, Juan Carlos I, en su primera visita a Valencia como rey, firmó la entrega a la ciudad de los terrenos del antiguo cauce fluvial.
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