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Miguel Sebastián. Un fontanero con aspiraciones

Perfil

Actualizado 13/05/2007 - 10:32:23
Miguel Sebastián podía haber sido un brillante economista, pero no le pareció suficiente. Tenía todas las credenciales y todas las relaciones adecuadas; una sólida preparación en la todopoderosa cátedra de Luis Ángel Rojo en la Universidad Complutense de los años setenta, un brillante doctorado en la Universidad norteamericana de Minnesota donde en los ochenta se llegó a negar científicamente la existencia de los bancos centrales, una temporada en el Banco de España y en el Ministerio de Economía construyendo un modelo pionero de simulación con el nombre bíblico de Moisés, unos años en los mercados financieros de la mano de un broker con fama de progre e innovador, Intermoney. Su carrera parecía llegar a la cima cuando fue seleccionado para dirigir el Servicio de Estudios del entonces BBV. Pero la globalización se cruzó en su camino, quizás por eso se hizo tan cercano a uno de sus más conspicuos detractores, Stiglitz, con el que comparte esa rara habilidad de estar en misa y repicando, jugar en el área y ser árbitro a la vez. Las fusiones bancarias de la España del euro le expulsaron del mercado y se convirtió en un político urgido por la necesidad de recuperar el poder y protagonismo del que había sido apeado. Una expulsión para la que no estaba preparado; la inteligencia emocional no se estudia y los modelos de predicción no contemplan los cambios de régimen. Desde entonces vive obsesionado con Rodrigo Rato y Francisco González. Ha sido incapaz de entender que las fusiones bancarias suelen acabar en absorción, y que los profesionales que estaban en el equipo equivocado deben partir sin acritud hacia nuevos retos profesionales. Él lo ha tenido que hacer, y esa herencia le ha llevado a convertirse en aprendiz de brujo, a amparar, diseñar o promover cualquier operación que apartase del poder a los amigos de Rato, amigos que ve por todas partes.
Como economista es sólido, como profesor atractivo e ilusionante, como polemista puede ser brillante aunque no demasiado escrupuloso con los datos, como político un aficionado. Tiene capacidad de seducción en la distancia corta y ha sabido rodearse de un nutrido grupo de jóvenes clónicos que le adoran y están dispuestos a suicidarse profesionalmente con él. Pero no es un hombre cercano ni simpático; le pierde la prepotencia, la necesidad de destrozar al contrario, de ridiculizarle con crueldad innecesaria, de quedar por encima de los demás y de considerar cualquier crítica como una traición personal. Le ha faltado tiempo para calificar a Manolo Conthe de ariete de la derecha reaccionaria. Habrá quien vea una pelea entre dos escuelas socialistas, o incluso una batalla corporativa entre Economistas del Estado y doctores en Estados Unidos, pero me parece algo mucho más simple, dos gallos en un corral, y uno de ellos aburrido y con tiempo. De formación liberal socialista, su trayectoria personal le ha empujado hacia una concepción sectaria del mundo: la derecha es peligrosa y los socialistas de Zapatero encarnan la superioridad moral. Pero los hechos han desmentido sus presuntas convicciones. Él que había acuñado con éxito algunas frases simbólicas de la situación económica española: capitalismo de amiguetes, apagón estadístico, economía del ladrillo, competitividad en precario, ha acabado aliándose en secreto con sus amigos para saldar algunas cuitas personales que en nada han contribuido a mejorar la posición de la economía española, salvo que pensemos que lo importante es que hablen de uno aunque sea mal. Porque han hablado mal en todos los medios internacionales.
Sus desencuentros profesionales le empujaron hacia el presidente Zapatero. Trabajó para él desde el banco y con su grupoEconomistas 2004, presentado como una alternativa independiente, contribuyó a introducir al desconocido político leonés en el mundo internacional de la economía y finanzas. Quiso emular a Boyer en el primer gobierno González y recuperó del olvido a un grupo de ilustrados arbitristas que han acabado por utilizarle. Tuvo su momento de gloria en la confección del programa electoral, cuando desplazó a otros economistas con más galones socialistas y demostró capacidad de renovación y originalidad en sus propuestas. No aceptó ser ministro y seguro que ahora se arrepiente, porque el premio prometido parece alejarse en las brumas de Moncloa. Desde Estados Unidos, importó la idea de crear la Oficina Económica de Presidencia donde organizó un poderoso lobby dedicado a cantar las alabanzas de la gestión del Ejecutivo. Sus soflamas disfrazadas de gráficos y cuadros en power point, proclamando que la economía de Zapatero va a mejor, son una versión en jazz de la España va bien de Aznar. Pero desde luego resultan incompatibles con el análisis técnico y riguroso de un gabinete de estudios que debía alertar sobre los problemas a medio plazo y las reformas estructurales pendientes. Descubrió pronto que el ansiado poder se le escapaba de las manos, al no disponer de firma en el BOE ni de presupuesto para obras y, cansado de la academia, parece haberse consagrado al diseño de estrategias de ocupación del poder. Una aburrida tarde de domingo, mientras escuchaban el carrusel deportivo, un hincha del Atlético de Madrid y otro del Barcelona convinieron en aparcar definitivamente al profesor y crear una emergente estrella política en el firmamento de la Castellana. Una estrella que puede haberse consumido en las opas de Sacyr y Endesa, el gran apagón de un buen fontanero con aspiraciones de luz propia.
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