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Churchill. Anécdotas de un estadista valiente

Winston Churchill ha sido descrito como el estadista más importante del siglo XX y el británico más grande de todos los tiempos. Pero hay muchas más razones por las que este personaje ha ejercido

Actualizado 13/05/2007 - 11:17:19
Churchill posa orgulloso junto a ese bulldog que simboliza la fuerza y la pugnacidad británica
Churchill posa orgulloso junto a ese bulldog que simboliza la fuerza y la pugnacidad británica
Winston Churchill ha sido descrito como el estadista más importante del siglo XX y el británico más grande de todos los tiempos. Pero hay muchas más razones por las que este personaje ha ejercido tanta fascinación, y por las que su leyenda es una de las más bellas de nuestro tiempo. Fue uno de los hombres más influyentes del siglo y una de las personalidades más atractivas del mismo. Pocas personas pueden alardear de haber tenido una vida tan rica en aventuras, y pocas carreras han tenido altibajos tan extraordinarios. Tuvo desde joven una gran personalidad. Inspiraba rechazo o simpatía. Pero no dejaba indiferente a nadie.
Después de que alcanzase el estrellato mundial, sobre su vida y su obra se han escrito desde grandes biografías de varios volúmenes hasta libros que tratan en detalle etapas de su vida o de su política. Debido a la avidez que han mostrado lectores de todo el mundo por conocer detalles sobre su vida, muchos de los que trabajaron con él o que lo conocieron íntimamente han escrito su propia versión sobre el estadista británico. Algunos incluso se hicieron un lugar en la vida pública gracias a su relación con Winston Churchill, como John Colville, cuyos diarios («A la sombra de Churchill», Ed. Galaxia Gutenberg) son el mejor testimonio sobre el gran estadista en la intimidad.
John Colville nació en ese tipo de burguesía que tanto se daba a comienzo del siglo pasado, más rica en conocimientos que en inmuebles, en contactos en la sociedad que en dinero. Tras graduarse en la universidad de Cambridge, ingresó en el cuerpo diplomático; en 1939 le fue ofrecido el puesto de secretario privado del primer ministro y no dudó en aceptarlo, ya que ese puesto supuso la gran oportunidad de su vida: llevar la agenda del primer ministro británico durante la Segunda Guerra Mundial y poder seguir desde ese discreto pero privilegiado observatorio los acontecimientos mundiales.
Colville era uno de los pocos británicos que admiraba a Churchill desde mediados de los años treinta. Por esa razón no es extraño que se sintiera tan cómodo sirviendo a sus órdenes y que la sintonía con el gran estadista le llevara a ser su secretario privado hasta 1955. Los diarios de Colville tienen un gran valor histórico ya que cuenta con todo lujo de detalles cómo vivió el primer ministro los años en los que el porvenir mundial dependió en buena medida de sus decisiones.
Gibraltar, Franco y la causa británica
Son especialmente interesantes los comentarios que hace el premier británico en privado sobre grandes cuestiones de estado, y que Colville reproduce con exactitud en sus diarios. Por ejemplo, en los momentos más difíciles de la guerra, en 1940, se contempló la idea de devolver Gibraltar a España a cambio de que Franco apoyara la causa británica. El primer ministro, nada convencido, escribió la siguiente nota: «Los españoles saben que si perdemos lo van a obtener de todos modos, y estarían locos si creyeran que si ganamos les vamos a demostrar nuestra admiración por su conducta ofreciéndoselo».
Pearl Harbour, optimista anuncio de victoria
Churchill era consciente desde 1940 de que la victoria sobre Alemania dependía de la intervención de Estados Unidos, por esta razón cuando tuvo lugar el ataque japonés a Pearl Harbour que provocó la entrada norteamericana en la guerra comentó con optimismo: «Así que después de todo hemos ganado».
«A punto de entrar en guerra con Rusia»
Cuando se acercaba el fin de la guerra su principal preocupación pasó de ser Alemania a centrarse en la Rusia de Stalin. A Churchill le angustiaba sobremanera que Polonia, que al fin y al cabo había sido la razón por la que estalló la Segunda Guerra Mundial, acabara la bajo el yugo soviético. A comienzos de 1945 le comentó a Colville: «No tengo la más mínima intención de ser estafado con lo de Polonia, incluso aunque lleguemos a estar a punto de entrar en guerra con Rusia». Lamentablemente, las circunstancias adversas no le permitieron hacer nada para parar los pies al dictador ruso.
Un lacónico comentario a la muerte de Hitler
Con respecto al final de su principal enemigo, cuando le llegó la noticia de sobre la muerte de Hitler en su búnker de Berlín, Churchill comentó lacónico: «Bien, debo decir que ha hecho bien en morir así».
Cuando jugó en el casino sin salir de casa
La faceta del Churchill alejado de sus obligaciones es sin duda la que aporta anécdotas más divertidas. Durante unas vacaciones en la costa azul Churchill quiso ir a jugar al casino del Montecarlo, y Colville, con su característica prudencia, le disuadió por el impacto mediático que podía tener la presencia del primer ministro británico en el famoso casino. Churchill accedió a no acudir al casino pero le dio dinero a Colville y le pidió que fuera él a jugar en su lugar, añadiendo que si ganaba irían a medias y que si perdía, como obviamente ocurrió, no se lo tendría en cuenta.
«No creo que Anthony pueda hacerlo»
Churchill siempre sorprendía con originales comentarios en los momentos clave de su vida. En 1955, cuando decidió dimitir como primer ministro, se celebró una cena de gala en Downing Street con la presencia de la Reina Isabel II; tras la cena, Colville encontró al viejo estadista en su dormitorio apesadumbrado, y éste, mirándole con vehemencia, le dijo: «No creo que Anthony pueda hacerlo». Su profecía se corroboró, ya que su sucesor, Anthony Eden, dimitió como primer ministro dos años después tras la crisis de Suez, poniendo un triste final a una brillante carrera.
El día en que rechazó
un ducado
Cuando el primer ministro presentó su dimisión en el palacio de Buckingham había mucha expectación en su círculo de colaboradores sobre lo que la Reina le ofrecería después de una carrera tan singular. A su vuelta de palacio, Churchill comentó a Colville que la Reina le había dicho que le haría feliz nombrarle duque y que, aunque se había sentido tentado, preferiría permanecer en la Cámara de los Comunes hasta su muerte. «Además», dijo, «que bien hará un ducado a Randolph, eso podría arruinar su carrera política».
Las tormentosas relaciones con su hijo
Rechazar un ducado pensando en la carrera de su hijo resultó una gran ironía, ya que éste nunca fue más que diputado durante un breve periodo, y además tenía una relación tormentosa con su padre. Las broncas entre Winston y Randolph Churchill han sido objeto de muchos comentarios. Colville afirma que crecer a la sombra de un gigante inhibió el desarrollo de Randolph, y se aventura a pensar que quizás el propio Winston hubiera sido un meteoro menos brillante en el cielo si su padre, lord Randolph Churchill, no hubiera muerto joven.
Una Monarquía constitucional en el cielo
En política, su carácter no cuadraba ni con el partido conservador ni con el liberal ni con la izquierda. «Fue una extraña mezcla de radical y tradicionalista». En lo que sí era un estadista de convicciones inamovibles era en su fe en la Monarquía. Como comenta la señora Churchill con ironía, era «el únicocreyente vivo del derecho divino de la Monarquía. Llegaba casi a la idolatría». En lo que respecta a la religión empezó siendo agnóstico, pero durante la guerra -y en especial durante la batalla de Inglaterra- «empezó poco a poco a concebir que hay algún tipo de poder decisivo con influencia consciente en nuestros destinos». Iba poco a la iglesia; sólo le gustaban los bautizos. Pero, en cierta ocasión, confesaría a Colville, «como no podía evitar preguntarse si el gobierno de allá arriba no sería una Monarquía constitucional... en cuyo caso siempre había la posibilidad de que el Todopoderoso pudiera recomendarlo».
Cómo valorar las preocupaciones
Se ha especulado mucho sobre cómo Churchill, de avanzada edad y salud quebradiza, pudo soportar unas jornadas de trabajo tan largas en medio de tanta tensión durante la Segunda Guerra Mundial. Colville recuerda cómo el primer ministro le comentó en 1944 que, paradójicamente, su época de mayor preocupación no fue durante la guerra, sino cuando era secretario de Interior en los años veinte, y que entonces, cuando se encontraba a punto de perder los nervios, descubrió que el mejor remedio era escribir en un papel todos los asuntos que a uno le preocupaban, con lo cual algunos aparecían como triviales, otros como irremediables y finalmente, sólo uno o dos iban a merecer la pena.
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