Cerrado a cal y canto. Ni palestinos, ni extranjeros, ni cooperantes, ni periodistas, ni políticos, ni personal de la ONU... sólo se libran los diplomáticos. Pese a todo, la cóncul general adjunta de España, Teresa Lizaranzu, no pudo ayer cruzar el paso de Erez entre Israel y la Franja de Gaza. Lizaranzu iba acompañada de su chófer y un escolta miembro de la Guardia Civil. Ni el escolta ni el chófer cuentan con pasaporte diplomático. «Me dijeron que cogiera el coche y que cruzara yo sola a Gaza», relató a ABC la cónsul adjunta, que estuvo hora y media antes de regresar a Jerusalén haciendo gestiones para que, al menos, dieran permiso al guardia civil. En Erez se quedaron también otros tres españoles, Ricardo Solé, jefe de la OMS, y dos cooperantes de Solidaridad Internacional y el Movimiento para la Paz, el Desarme y la Libertad (MPDL). Montserrat Catá, que trabaja en Gaza para el MPDL, explicó que «ni se han molestado en darnos el papel para firmar» (documento que los soldados obligan a firmar a las personas que entran en Gaza mediante el que Israel no se responsabiliza en caso de que mueran o sean heridos). «Es un cierre tan bestial que no puede durar mucho. Está por medio toda la ayuda humanitaria», señala.



