La campaña acabó antes de empezar. El último mitin fue un llenazo de Coalición Canaria (sector Managua) y Partido Popular (sector Antípodas australianas) en el nuevo Estadio de Gran Canaria, todo un éxito de público y crítica. El equipo que le montó lo de Mestalla a Aznar debería tomar nota de cómo cubrirse de gloria. A partir de ahí, esto que llaman campaña ha sido tan holográfico como los carteles de los candidatos irisándose en las pantallas de plasma, esos artilugios tan modernos y extraplanos que han sustituido al papel, la cola y el brochazo en el tradicional pistoletazo de salida hacia las urnas. Los políticos se han vaciado en la pre-campaña, una de las más largas e intensas que se recuerdan. Las manifestaciones por lo del Prestige y la Guerra han crispado tanto el ambiente, que discutir sobre las cosas importantes de estas elecciones, la calidad de la Sanidad, el cuidado de las calles, las medidas contra la ineficacia administrativa y la corrupción, la presión de los organismos locales sobre los contribuyentes, las políticas de transportes o de Educación, todo eso que es de lo que trata esta campaña, se presenta de repente como un trámite para llegar a lo que de verdad importa, a unos y a otros, que es interpretar el resultado electoral en clave de plebiscito sobre la gestión de Aznar. El propio presidente, echándose la campaña a las espaldas y recorriendo España como un debutante, quiere que ése sea el resultado de las próximas Autonómicas y Municipales. Todo parece anecdótico, alrededor de la cuestión de fondo a la que PP y PSC se han propuesto reducir esta importante consulta (en el caso de los isleños, cabría añadir «trascendental»): ¿Respaldan o no los españoles a Aznar?
Rodríguez Zapatero, durante sus mítines en Santa Cruz y Las Palmas, evocó las manifestaciones del movimiento Nunca Mais y en contra de la Guerra de Irak. José Manuel Soria, por su parte, echa mano del manual de Eugenio Nasarre para replicarle al secretario socialista lo de la alianza «pancartera» de socialistas y comunistas. El líder del PP habla en clave de política nacional, lo cual no deja de ser un derroche de energías. Su adversario no es Zapatero, ni siquiera el Partido Socialista. Claro que, para que Soria pudiera atacar a su verdadero adversario, antes tendría que tener las manos libres.