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El caso de las abejas ausentes

M. RODRÍGUEZRIVEROSIEMPRE me he sentido atraído por asuntos «menores» que luego

Actualizado 13/04/2007 - 07:27:38
SIEMPRE me he sentido atraído por asuntos «menores» que luego resultan no serlo tanto. La primera noticia de éste me la proporcionó la BBC: en Estados Unidos las abejas mueren o desaparecen misteriosamente y las colmenas se están quedando vacías a un ritmo catastrófico. Epidemias devastadoras de las poblaciones apícolas las ha habido siempre: las últimas y más tremendas a cuenta del parásito varroa. Sólo que, según los expertos, lo de ahora parece distinto: se trata de una plaga no localizada que ya afecta a 24 Estados y que está suponiendo pérdidas multimillonarias, porque las abejas, además de productoras de cera y miel, son los más eficaces agentes de polinización para buena parte de los frutales que allí se cultivan. El asunto es tan grave que los apicultores estadounidenses han remitido al Congreso un extenso memorial sobre la plaga (puede consultarse en http://maarec.cas.psu.edu) en el que se describen los síntomas y se apremia a la toma de medidas urgentes.
Al parecer, el llamado expresivamente Colony Collapse Disorder («enfermedad del colapso de las colonias») está afectando también a Europa. Y, de hecho, la súbita desaparición de las abejas y el abandono sin dejar rastro de las colmenas es algo de lo que, desde hace tiempo, se están quejando nuestros apicultores y colmeneros, que ven seriamente mermada su «cabaña». A las causas tradicionales (sequías e insuficiente alimentación, actividad de ácaros, virus o agentes patógenos externos), o más modernas y antropogénicas (pesticidas asesinos y productos agrotóxicos, cultivos genéticamente alterados), se suma ahora también la sospecha de que las colonias de apis mellifica, nuestra familiar abeja oscura, podrían estar afectadas por el mismo síndrome misterioso que afecta a las abejas norteamericanas. Y, como casi todo en estos días, hay quien atribuye la extraña enfermedad de los enjambres a secuelas perniciosas del cambio climático.
Mitologías y religiones han celebrado desde muy antiguo la divinidad de las abejas. Para los egipcios, no eran otra cosa que lágrimas de Ra -el Sol- caídas a la Tierra; y los mayas prestaron sus atributos físicos a su dios Ah Muzencab. Deméter hizo surgir el primer enjambre de las entrañas de su sacerdotisa Melissa, y Virgilio (Geórgicas, IV) nos recuerda que Aristeo, el primer apicultor, fue el encargado de transmitir su secreto a los hombres. Los pitagóricos, que insistían en el origen divino de las abejas, estaban fascinados por la simetría hexagonal de las celdillas de las colmenas, en las que creían ver una confirmación de la armonía matemática del universo. Y Platón (Fedón, 82b) aseguraba por boca de Sócrates que las abejas («estirpe cívica y civilizada») constituían uno de los destinos más apropiados para aquellas almas transmigradoras que en su encarnadura anterior hubieran pertenecido a personas que habían practicado la moderación y la justicia de forma natural y espontánea.
La célebre pintura mesolítica de la Cueva de la Araña en Bicorp, en la que se representa a un hombre encaramado en una escalera de cuerda mientras recolecta miel de una colmena, da cuenta de la antigüedad de nuestra apicultura. Mucho antes de que se convirtieran en el emblema de las monarquías absolutas (incluyendo a Napoleón como paradójico epígono) o en símbolo del trabajo organizado (Rumasa, por poner un ejemplo casero), las abejas contribuyeron de modo esencial al sustento de la Humanidad, que aprendió desde muy pronto a utilizar los ahumadores para calmar su ira y aprovechar el dulce fruto de su incesante actividad. Maeterlinck, que en su Vida de las abejas aproximó su destino al de los hombres, aseguraba que desde su aparición sobre la Tierra no habían cesado de evolucionar. Siempre distintas y siempre las mismas, las abejas forman parte de nuestra vida. Conviene que nunca lo olvidemos. No vaya a ser que nuestros pecados ecológicos y medioambientales nos dejen para siempre con la miel en los labios.
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