De nada sirve que haya más niños escolarizados, ni más universitarios, ni más títulos colgados en la pared. Los puños y las pistolas se adueñan de la calle imponiendo su primitivo, triste y a veces mortal parlamento. En un verso de trinchera, Miguel Hernández le escribe a la esposa y le dice «...es preciso matar para seguir viviendo...». No sé qué plomo de intención tenía el verso del poeta oriolano, si se refería a disparar para defenderse o para matar lo que, según él, impedía la vida. Pero es doloroso el verso, como es dolorosa cualquier afirmación que lleve la muerte violenta como solución, venga de donde venga.
Cuando hace muchos años nos comentaban que en países suramericanos era normal que la gente saliera a la calle con una pistola, nos asombrábamos. Ya están aquí. En manos extranjeras o paisanas que han decidido que hay que armarse, que han decidido que «es preciso matar para seguir viviendo». Mala cosa.
Madrid ha vivido dos sucesos destacados en los últimos meses, el de un chaval que moría aplastado por el pisotón de un «gorila» de discoteca y la muerte de dos personas que trabajaban en una discoteca. Si es doloroso tener que aceptar que un «gorila» mate de un pisotón en el tórax a un chaval, doloroso resulta saber que basta una pelea, unas diferencias, una provocación, una lucha por el poder o el control de algo, para que una pistola cierre un trato propuesto sólo por la locura.
Hay por la calle, cruzándose con nosotros en el diario, gente que lleva en la sobaquera una pistola como argumento final, o le acompaña en las manos -o en los pies- una idea de hacerse puño que golpee hasta la muerte. Ya tenemos «la dialéctica de los puños y las pistolas», siempre triste, aunque pueda asistirle la razón de la defensa propia, porque si en una sociedad que tiende al bilingüismo -nacional o extranjero- vamos a hacer de los armeros y de los gimnasios el idioma de la calle, es posible que acabemos utilizando un abecedario de piedra y plomo para enseñar en las escuelas las primeras letras. Ya lo dijo, en otros versos, el mismo Miguel Hernández: «Tristes armas. Si no son las palabras».
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