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Tallin, milagro del Báltico

Estonia es, tras Luxemburgo y Malta, el país más pequeño de la Unión Europea. Hace menos de dos décadas era aún una república de la antigua Unión Soviética, pero hoy cualquier estonio puede consultar

Actualizado 13/01/2008 - 09:33:55
AP  Vista aérea de Tallin. Parece un decorado de Disneylandia, pero la arquitectura de la capital es genuina  F.L.S.  Esta antigua ciudad hanseática aún conserva su histórico carácter laborioso y comercial
AP Vista aérea de Tallin. Parece un decorado de Disneylandia, pero la arquitectura de la capital es genuina F.L.S. Esta antigua ciudad hanseática aún conserva su histórico carácter laborioso y comercial
Estonia es, tras Luxemburgo y Malta, el país más pequeño de la Unión Europea. Hace menos de dos décadas era aún una república de la antigua Unión Soviética, pero hoy cualquier estonio puede consultar a través del teléfono móvil las notas de sus hijos, sus faltas a clase o los comentarios de los profesores. También puede pagar del mismo modo el estacionamiento del coche o el billete del autobús. Para entender el nivel tecnológico y cultural de Estonia baste decir que en cualquier lugar hay conexiones gratuitas de Wi Fi, más del 80 por ciento de los contribuyentes hace sus declaraciones por internet y más del 90 por ciento lee el periódico todos los días, sobre todo en su versión digital. Es más, en este país todos los ciudadanos que lo deseen ya pueden votar desde sus casas a través de internet.
Pero, paradójicamente, Estonia es también el bebedero de Escandinavia. Lo que era la Cuba de Batista para los norteamericanos lo es ahora Tallin, la capital de esta república báltica, para suecos, finlandeses e, incluso, británicos que llegan cada fin de semana por tierra, mar y aire para vivir y beber sin freno.
Después de todo, el ferry de Helsinki sólo necesita un par de horas para llegar a Tallin. Y a bordo ya se puede beber la cerveza sin restricciones y a mitad de precio. Los introvertidos estonios, mientras, a lo suyo: hacer caja y seguir enganchados al ordenador. No hay aquí mayor virtud que esconder los sentimientos. Los estonios se entrenan desde la infancia para que su rostro sea una esfinge de hielo y, como asegura uno de sus más famosos psiquiatras, Anti Liiv, «no hablar, porque creen que todo lo que digan puede ser utilizado en su contra».
Viejas callejuelas
Deambulando perezosamente por las viejas callejuelas de Tallin, entre las sólidas murallas que delimitan la antigua ciudadela, me cruzo con una muchedumbre abigarrada que camina apaciblemente entre viejos palacios y casas de antiguos mercaderes. En sus plazas medievales, otrora bulliciosos zocos, los turistas abarrotan los bares y restaurantes donde reponen fuerzas para seguir de marcha. La mayoría son finlandeses, suecos, alemanes e, incluso, británicos llegados en vuelos de bajo coste desde Londres con todo incluido (y muy especialmente, las visitas a los clubs y consiguientes parrandas nocturnas). No recuerdo haber visto un solo rostro sonriente en toda la mañana, pero me dicen que es cosa de la resaca...
Tras haber sido declarado Patrimonio de la Humanidad, los edificios restaurados y recién pintados en suaves tonos pastel del recinto amurallado de Tallin recuerdan el decorado de un parque temático. Por las calles perfectamente adoquinadas y sin tráfico se mueve una marea incesante de turistas que encuentran en cada portal una boutique, un restaurante, un bar de última moda... y docenas de clubs nocturnos y discotecas para satisfacer las inacabables ansias de diversión de los numerosos visitantes.
El centro de la vida social de la ciudad siempre fue la plaza del Ayuntamiento, que durante la época medieval servía tanto para el mercadeo como para las ejecuciones. Ahora está inundada de terrazas, bares y restaurantes que permiten contemplar sus bellas fachadas mientras se degusta una comida o un refresco.
Me llama la atención en esta plaza del consistorio de la capital estonia una farmacia que no ha dejado de serlo desde el siglo XVI, cuando ya vendía hierbas medicinales y toda suerte de ungüentos para tratar las enfermedades que entonces se cebaban en los vecinos de la villa. Pero más me asombra todavía descubrir que la primera «cafetería» que abrió sus puertas en la bella ciudad del norte europeo fue fundada por un viajero español, de nombre Carballido, en el mismo siglo que la botica.
Habitada desde la prehistoria
Toompea es el corazón de Tallin. Habitada desde la prehistoria, esta colina próxima al mar fue fortificada y habitada por la nobleza y el clero. Allí están aún su castillo y la iglesia de Toomkirik, la más antigua del país. Aparte del centro histórico, poco hay en Tallin digno de ser destacado: el parque de Kadriorg, cerca del puerto, donde Pedro el Grande hizo construir un Palacio de Verano, la larga costanera, las ruinas del convento católico de Pirita, destruido por Iván el Terrible y las extensas, apacibles y solitarias playas que más invitan al paseo que al baño. Todo es bucólico, provinciano y sosegado en este agradable enclave báltico, a solo un tiro de piedra de Helsinki, la capital finlandesa.
Alrededor de este dominante y privilegiado barrio alto, que fue la primera ciudadela, fue creciendo en la parte baja una pequeña población donde se apretaban las casas de mercaderes y artesanos que también hubo que fortificar más tarde. La nueva muralla defensiva que rodea la ciudad medieval se conserva casi intacta, a diferencia de las de Riga o Vilnius, destruidas en sus numerosos asedios. De las veintisiete torres originales, dieciocho han sobrevivido ataques y bombardeos y permanecen en pie. Una de ellas, Neitsitorn, una antigua cárcel para prostitutas en los años del comunismo, alberga ahora un café.
Proyectándose al cielo como un dardo desde el corazón de la ciudad, la afilada aguja de la iglesia de San Olaf no deja de recordar a los tallineses los largos años de dominación soviética, durante los que el temible KGB la utilizó como antena de radio, manteniéndola por completo cerrada al culto.
POR FRANCISCO LÓPEZ-SEIVANE
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