Las «espantadas» en la ópera no son nada nuevo. La más famosa, sin duda, es la de Maria Callas, que el 2 de enero de1965 dejó plantados al presidente italiano y al resto del público de la Ópera de Roma después del primer acto de «Norma»; la soprano no soportó los abucheos. Pero esto no es lo habitual. Los divos y divas, normalmente, han tenido la delicadeza de dejar colgados a sus empresarios y compañeros antes del estreno, durante los ensayos, con explicaciones más o menos (más bien menos) razonables. Pero dejar a medias una representación y, literalmente, con la palabra en la boca a una compañera de reparto no es cosa que se vea todos los días, y menos en estos tiempos en que el divismo operístico es una especie en peligro de extinción.
Pero ha ocurrido, y nada menos que en la Scala de Milán, el templo operístico por antonomasia; el protagonista de la hazaña ha sido uno de los más reconocidos tenores de nuestros días, el francés Roberto Alagna (que en junio tiene previsto cantar «Il trovatore» en el teatro Real y cuya mujer, la soprano Angela Gheorghiu, dejó plantado al teatro hace un par de años antes del estreno de «La traviata»). El tenor, uno de los protagonistas de la «Aida» con la que la Scala ha abierto su temporada, no soportó que, en la segunda representación, un grupo de espectadores le silbara después de interpretar su aria principal, «Celeste Aida», que el personaje de Radamés canta nada más comenzar la obra. Molesto, Alagna hizo un imprevisto y desaforado mutis y dejó sola a la mezzo Ildiko Komlosi (Amneris), que entraba en escena en ese momento para cantar un dúo con el tenor; dúo que se convirtió en solo. Mientras seguía la música, los silbidos hacia Alagna se multiplicaron, entre gritos de «¡vergogna!», hasta que apareció en escena Antonello Palombi (sustituto de Alagna) vestido con vaqueros y camisa negra («Radamés viste de Prada», dijo un espectador ocurrente). «Normalmente -se excusó después Palombi- no voy vestido como Radamés». El tenor suplente seguía la representación desde un despacho del teatro, adonde fueron los regidores de escena para, literalmente, empujarle al escenario.
Alagna ha denunciado la existencia de una mano negra, y tras recordar que ha triunfado en todo el mundo (incluida la Scala, donde debutó en 1990 con un apabullante éxito en una histórica producción de «La traviata»), se ha declarado víctima de una camarilla. El público, según el tenor, estaba ya predispuesto en su contra. «Nada más abrirse el telón ya empecé a escuchar bufidos», dijo ayer. De momento, no volverá a oírlos: la Scala ya ha anunciado que no cantará las funciones que restan de «Aída».
POR JULIO BRAVO



