Como crítico, le he puesto más roscos que a nadie, picotazos estériles sobre una piel de rinoceronte a prueba de egos, audímetros y taquillas. Como dijo el gran Woody Allen y recuerda un amigo por algún motivo, «los aplausos matan a los mosquitos». Porque lo suyo era conectar con la gente, entender sus inquietudes, lo que se supone que debería intentar al menos una vez en la vida cualquiera que filme, pinte, escriba o componga. Seguirán sin gustarme «Las aventuras de Enrique y Ana», «El adúltero», «Los novios de mi mujer», «El gran mogollón», «A tope» y «Doctor me gustan las mujeres, ¿es grave?», sobre todo esta última, pero ojalá nuestro cine y nuestra televisión estuvieran repletos de Titos Fernández por descubrir. Sin desear jamás ese efecto secundario que llaman fama ni caer nunca bajo el yugo del reconocimiento, hizo ricos a otros y contribuyó a crear una industria en la que sobran artistas y faltan curritos, como en todas partes.
Con «No desearás al vecino del quinto» inventó el landismo y consiguió un éxito de taquilla que aún se mide con los dos extremos de nuestros mayores éxitos, «Los otros» y «Torrente». A diferencia de Amenábar y Segura (uno con motivos y el otro con espectadores), nunca se creyó más que nadie. Tito Fernández también logró que la letra de la canción de «Margarita se llama mi amor» sea tan conocida como «Mediterráneo». A diferencia de Serrat, tuvo la suerte de que nadie lo considerara un símbolo.
Con «Cuéntame cómo pasó» alcanzó el más difícil todavía, Miró hacia atrás sin ira y consiguió el mayor éxito de la historia de nuestra televisión -la subjetividad del dato no le resta valor-, reconcilió a todas las Españas y sembró buen rollo en un terreno abonado por la crispación. Durante ya muchos años, un día a la semana la memoria histórica no es un arma arrojadiza en nuestro televisor. Los jueves, milagro.
PEIPERVIÚ
FEDERICO MARÍN BELLÓN



