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Hitler para partirse de risa

El coche de Hitler atropella a un cochino en el campo y éste envía al chófer a disculparse con el granjero, pero lo ve regresar beodo y con unos jamones. «Oiga, pero ¿qué le ha dicho?» «Pues sólo

Actualizado 12/09/2006 - 10:24:33
El coche de Hitler atropella a un cochino en el campo y éste envía al chófer a disculparse con el granjero, pero lo ve regresar beodo y con unos jamones. «Oiga, pero ¿qué le ha dicho?» «Pues sólo: Heil Hitler, el cerdo la ha diñado». Este chiste da título a un documental y libro que hurgan en el penúltimo nicho del nazismo: el humor. Sube el Führer a la torre de la radio de Berlín para abarcar la futura capital del mundo y comenta: «¿Qué podría animar a esta ciudad?» Y Göring: «Pruebe a saltar». Esta broma le costó el paredón a Marianne Elise K., trabajadora en una fábrica de municiones, en 1944. Como al párroco Josef Müller, ejecutado por el chiste de que un moribundo le habría pedido conocer aquellos por los que moría y, al ponerle al lado a Hitler y a Göbbels, diría: «Ahora muero como Jesús, entre dos criminales».
En visita a un psiquiátrico, el canciller es recibido brazo en alto. «¿Y usted? A ver, ¿Porqué no saluda?», brama Hitler. «Mein Führer, soy el enfermero», responde, «yo no estoy loco». Este chiste circulaba desde la llegada al poder del partido Socialista de los Trabajadores de Alemania, lo que refutaría una ignorante fascinación general por el Führer, pero en los últimos tiempos se tornaría tan poco recomendable como un viaje a Treblinka.
Tomarse el nazismo a broma es algo que luego los alemanes han evitado durante décadas, sabedores de que la risa deriva un día en relativización y otro en incredulidad. Pero rompiendo un nuevo tabú, Rudolph Herzog, hijo del cineasta Werner Herzog, ha recolectado en el libro y documental «Heil Hitler. El cerdo la diñó» las bromas con que lúcidos e irrespetuosos combatían la negrura del totalitarismo, aportando un filón para entender cómo el tejido social se protege y busca «aliviar la presión».
Chistes como resistencia
«Con distancia, uno ve los aspectos ridículos sin que haya porqué olvidar la perversión», se cura en salud Herzog. Pero bromear no es una forma de política: «Los chistes no pueden considerarse una forma de resistencia», aclara a los medios este guionista de 33 años, «pero sí la válvula que mide el hartazgo».
El partido había aprobado leyes en 1933 y 1934 multando y prohibiendo toda crítica; el genuino cabaret político fue sustituido por cine de humor blanco. Lo que sí se hacían era chistes de judíos o sobre el ejército italiano: llega la noticia de que Mussolini entra en la guerra. «Tendremos que enviarle 10 divisiones». Y el coronel: «Pero si ha entrado de nuestro lado». «Vaya, pues van a tener que ser 20...».
«Una broma refleja aquello que enerva a la gente». Y la preocupación de la mayoría no era la agresión y el drama de otros pueblos, pero sí la bravuconería, nepotismo y estraperlo de los jerifaltes cubiertos de medallas. A diferencia del humor judío, crecientemente siniestro, muchos chistes no comportan política: «No le cabían más medallas en el pecho y Göring se ha puesto una flecha que dice: continúan por detrás». Compárese con este hebreo: dos judíos van a ser ajusticiados cuando una orden revoca el fusilamiento: serán colgados. Uno le dice al otro: «Te lo dije, se están quedando sin munición». Los judíos hacían chistes en el gueto para reafirmarse. «Si me río, estoy vivo», dice Herzog.
Del ciudadano alemán dice que «estas bromas aportan una mirada interna que normalmente escapa a la historia convencional». Éste es un chiste de Dachau, campo para desafectos al régimen, lo que revela que conocían su existencia. Dos se encuentran: «Qué bien ver que te han soltado. ¿Qué tal ahí dentro?» «Estupendo, desayuno en la cama, comidas con postre y mientras jugábamos a cartas nos servían la merienda. Siempre película después de cenar». «Pues qué sorpresa. Hablé con Meyer, que también ha salido y tendrías que oír lo que contaba». «Ya, por eso lo han vuelto a encerrar».
La recolección de Herzog ofrece una revancha frente a una revolución nazi que como otras «carecen de todo sentido del humor»; el cabaretista Dieter Hildebrandt y el actor Fritz Muliar recuerdan las represalias sufridas por él y sus colegas, Max Ehrlich y Paul Morgan. «No era un pueblo hipnotizado; un engañado no hace chistes». Hubo acomodo tras un remolino que en poco tiempo se había tragado toda la vida pública. La ciudadanía resultó tan militarizada que la broma era que, para diferenciarse, el Ejército iría ahora de civil. «Mi padre está en la SA, el hermano mayor en las SS, el pequeño en las Juventudes Hitlerianas, mi madre en la Organización de Mujeres y yo en las BDM». ¿Y os veis? «Claro, en el mitin anual del partido».
¿Cómo sucedió? Un pez gordo pregunta sobre lealtad política al director de una fábrica: «¿Tiene todavía obreros socialdemócratas?» «Sí, claro, un 80 por ciento». «¿Y del partido Católico de Centro?» «Un 20 por ciento». «¡No tiene ningún nacionalsocialista?» «Ah, sí... ahora todos somos nazis». Tras la derrota de Stalingrado y a medida que se perdía la guerra el sarcasmo creció en paralelo a las penas impuestas: el «derrotismo» pasó a ser reo de muerte. Incluso con los aliados asediando: «¿Qué vas a hacer cuando acabe la guerra». «Me tomaré unas vacaciones para recorrer la Gran Alemania». «Ya, ¿y luego, por la tarde?». Herzog destaca la ingenuidad: al bajito ministro de Propaganda le llamaban «la mentira tiene piernas cortas», pero ha preferido dejar fuera el humor obsceno; aunque reconoce el agujero dejado por el agudo humorjudío, de cuya pérdida el alemán sigue resintiéndose hoy.
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