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Un presidente en su sitio

Actualizado 12/09/2004 - 02:42:06
El Fandi juega con el toro tras un par de banderillas MANUEL PODIO
El Fandi juega con el toro tras un par de banderillas MANUEL PODIO

ALBACETE. La actitud del presidente Joaquín Coy fue, a la postre, lo más loable de la tarde. Coy se atrincheró, con la plaza aventada y furiosa, en su decisión de no conceder la segunda oreja a El Fandi por una faena ramplona, vulgar y abundante. Ni siquiera en banderillas había alcanzado las cotas espectaculares que habitúa, y sólo los violinazos, el último como cuarto par, taparon algo las anteriores reuniones, en las que clavó caído y trasero, respectivamente, además de a cabeza pasada. Pero el público, tras la merienda, la bota de vino y el calor, se levantaba de las localidades y aplaudía todo, los derechazos a la pala, los naturales sin compás ni cintura, atado el torero al suelo por ese ancla invertida que son sus piernas. La estocada y la sublevación se sucedieron. Una oreja bastaba, y para uno que incluso sobraba. Qué gusto encontrar un presidente con más autoridad que talante zapaterista.

El torete de Núñez del Cuvillo, terciado y noble, sirvió mucho más que el anterior, de profesión penitente: no cesó de perder las manos. Esta vez Fandila sí que se había mostrado en sus niveles altos de potencia y moviola con los rehiletes. Todo se truncó en la muleta, ningún dechado de templanza, precisamente.

Antón Cortés se desencajaba el hombre para pasarse cuanto más lejos mejor un dulce toro de Montalvo anunciado en la tablilla como de la ganadería titular. Se desencajaba de pose y gesto. A los toreros de su corte se les admite la irregularidad, pero cuando sale el material propicio no valen excusas ni posturas timoratas. Debió de ser consciente Cortés, porque ante el quinto se arreó más, tanto que casi quería iniciar un muletazo antes de acabar el anterior. Entre el principio y el final, de rodillas ambos, sobresalió por su remate una última serie de derechazos más sentidos, más centrado y olvidado del enemigo, que no se comía a nadie, ni por presencia ni por juego. Cuando había calentado más al personal, cuando más se había calentado él mismo, se puso a pinchar, perdiendo toda opción a un posible trofeo.

Puestos a echar una tarde huérfana de toreo, también se sumó Matías Tejela al recital. A Tejela no se le vio a gusto ni con el toro ni dentro del vestido de torear. Su lote respondió a la línea escasa de la corrida: si uno carecía de culata, el ensabanado sexto era una tabla rasa. Los dos, astifinos como único clavo, o argumento, de salvación. Los dos sin poder ni fuelle, y el alcalaíno diestro sin inspiración ni soltura, como agarrotado. Alguna tanda al último sobre la mano derecha, esbozos solamente de su izquierda, y a casa a buscar las musas.

Cuando caía la noche, la bronca volvió a sonar con fuerza contra el palco, donde Coy se mantuvo firme, como guardián del prestigio de la plaza de Albacete.
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