Jack London tenía 21 años cuando en 1897 llegaron a Oakland, la ciudad en donde había nacido, las noticias del oro del Klondike. Era pobre y carecía de estudios, aunque se había convertido en un lector insaciable. Como otras 40.000 personas, casi todos norteamericanos, se embarcó en la aventura de la búsqueda del moderno El Dorado y navegó hasta Juneau, capital de Alaska. Desde allí, llegó remando a Dyea y subió a pie el paso del Chilkoot. Ya en los lagos, construyó una balsa con otros compañeros y logró cruzar los rápidos de Whitehorse y luego los Five Fingers. Pero el invierno se les echó encima antes de alcanzar Dawson y hubieron de pasarlo refugiados en una cabaña 150 kilómetros río arriba. Cuando llegó a las minas, compró una licencia, pero no logró encontrar oro. Desalentado, regresó navegando río abajo hasta Saint Micheel, desde donde se embarcó de regreso a San Francisco.
Volvió sin un dólar en el bolsillo. Pero con los oídos repletos de historias del «Gold Rush» que le convirtieron, poco después, en el escritor más leído y más rico del mundo de la época.



