UN período de contracciones convulsas connota la conmemoración de la media década de zapaterismo con una elevada desconfianza. Ya para 2010, se dan previsiones -según Funcas, por ejemplo- de cinco millones de parados y un diez por ciento de déficit público. El zapaterismo comenzó como un desperezo de juventud dorada y, ya pasada media década, resulta que en realidad nos vemos bastante más avejentados y recelosos. Parece que la sociedad española está cansada aún antes de comenzar a escalar las estribaciones más escarpadas de la recesión. En sí mismo, al zapaterismo también se le caen las capas de pintura, por lo que hemos vuelto al viejo entretenimiento de hablar de remodelaciones de Gobierno con nombres, pelos y señales.
Es lógico que Zapatero piense en el modelo Obama pero él lleva más lastre, nunca tuvo un mandato popular tan manifiesto ni puso tanto empeño en concebir un gabinete de calidad. De Obama tampoco se sabe que haya negado metódicamente las realidades de una crisis económica. No va a ser casual que a alguien como Pedro Solbes le haya correspondido la versión menos favorable del bálsamo de Fierabrás, tan curativo en las canciones de gesta pero de tan contradictorio efecto en «El Quijote».
Un Gobierno con las constantes vitales alteradas es lo que Zapatero puede ofrecer a la ciudadanía en una de las peores coyunturas económicas en la historia moderna de España. Su examen de reválida está convocado para las elecciones europeas de junio. Es improbable que para entonces pueda sacarse de la manga alguna transformación ideológica de España que sea sugerente y con calado. En términos de estricto oportunismo político, ni la iniciativa de ampliación del aborto ni asistir a cumbres internacionales podría contrarrestar la desconfianza de la gente.
A primera vista, una remodelación de Gobierno tal vez haría posible afrontar con nuevas energías la imprescindible reforma de un mercado laboral excesivamente rígido y anacrónico. Llamémosle «flexiguridad». En segundo lugar, después del estirón del PP en Galicia, un gobierno de refresco deslastraría al PSOE para las elecciones europeas. Algunos estrategas socialistas confían en el debate de la nación que habrá después de los comicios europeos. Es no calibrar el desgaste actual y en el que se avecina como un tumulto. Está a la vista: en estos días del primer año de la segunda victoria electoral, el optimismo antropológico deviene una mueca. La crisis es global, ciertamente, pero cada gobierno de la Unión Europea carga con su responsabilidad, mientras que Zapatero parchea velas, espera aerolitos que dividan al PP y confía en su buena suerte para no ir perdiendo votaciones sustanciales en el Congreso de los Diputados. De forma acertada o errónea, lo que se supone es que no queda en el menú zapaterista un tarta final que satisfaga a casi todos.
Algún día averiguaremos si el zapaterismo es un ciclo o un paréntesis circunstancial. Pero antes habremos perdido poder adquisitivo, capacidad de competir, no pocos su vivienda y muchos un puesto de trabajo. A estas alturas, confiar en un impacto efectivo de los planes de infraestructuras municipales o en la inyección vitamínica de una próspera temporada turística sólo aumenta el desamparo de los más afectados por la crisis y la percepción de un Gobierno ilusorio, cegado por sus propios espejismos, confundiendo un puñado de arena con los frutos anhelados del oasis. La media década de zapaterismo está haciéndose muy larga, pero no tanto como lo que todavía nos aguarda.
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