Este fin de semana, por primera vez desde hace meses, hemos podido ver charcos en la Sierra. Las lluvias pasadas no lo lograron. Era tal la sequía, que al cabo de unas horas la tierra era otra vez puro polvo. Y eso que, como saben los que saben de esto, la Sierra de Guadarrama es un gran peñisco impermeable, que hace que las aguas discurran a muy poca superficie hasta la falla de Torrelodones en donde se forma el profundo acuífero del que bebemos los madrileños. Benditos charcos y benditos embalses serranos sin los que nuestra capital se moriría de sed.
No estoy seguro de que seamos conscientes de ello. Pero hay algo más; el Guadarrama es, en sí mismo, según los expertos, un gigantesco captador de agua atmosférica. Podría decirse que el clima de Madrid sin Guadarrama y Gredos sería muy parecido al de los inhóspitos y secos llanos interiores de Turquía. Sí, tenemos mucha suerte, peroestoy pensando que, quizás, los madrileños deberíamos aprender algo de geología. Es bien conocido que no deben urbanizarse o cambiarse los usos de las zonas de captación del agua que bebemos. Es algo de sentido común, pero, bien lo sabemos, no ha sido el sentido común el que ha prevalecido entre nosotros.
Pocas capitales del mundo tienen el agua que tiene Madrid y eso se lo debemos a la Sierra. ¿No deberíamos pensar en agradecérselo para nuestro bien? Mi amigo Ruiz Labourdette me pregunta si yo estaría dispuesto a pagar unos euros más al año en mi factura del agua para compensar las necesarias limitaciones urbanísticas que habrán de sufrir los municipios serranos a fin de conservar esa bendición del agua del Guadarrama. Me permito, en esta ocasión, trasladar la pregunta a quienes se hayan tomado la molestia de leer estas líneas. Unos euros; más o menos lo que vale una cerveza.


