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Pisapapeles Todo bajo control

Esos pequeños objetos de cristal o bronce, que ponían orden en el cúmulo de papeles de las mesas, parecen haber perdido puntos ante el ordenador que, aparentemente -solo aparentemente- ha terminado

Actualizado 11/11/2006 - 09:58:29
Esos pequeños objetos de cristal o bronce, que ponían orden en el cúmulo de papeles de las mesas, parecen haber perdido puntos ante el ordenador que, aparentemente -solo aparentemente- ha terminado con los folios, las cartas y los manuscritos desparramados por el escritorio. Se diría que los echan en falta únicamente los coleccionistas. Nadie, o muy pocos, traen ya de sus viajes aquellas bolas de cristal que tenían dentro la torre Eiffel, o el monasterio del Escorial, y que, cuando se agitaban, estallaban en una tormenta de minúsculas partículas blancas que se depositaban sobre el monumento, ahora totalmente nevado. (Orson Welles consagró esa imagen melancólica en la solitaria muerte de su Ciudadano Kane, sin más compañía que un pisapapeles ligado a un recuerdo infantil). Parece que en el mundo de los pisapapeles todo es historia, pero una historia muy bonita capaz de fascinar a personajes como a los escritores Truman Capote, el mayor coleccionista de pisapapeles o Gómez de la Serna.
Truman Capote, en «Plegarias atendidas», cuenta cómo conoció a la mítica escritora Colette en una tarde de la primavera parisina. Capote relata la amabilidad de la escritora y cómo ésta le obsequió un hermoso pisapapeles de cristal, del tamaño de una pelota de béisbol, decorado con una sencilla rosa blanca. Colette tenía más de cien pisapapeles, todos de Lalique. El regalo debió de impactarle porque Capote se volvió un compulsivo coleccionista y también los regalaba, pero solo a quienes, en su opinión, eran merecedores de semejante honor. Los escritores han sido sus grandes admiradores y es lógico. Juan Rulfo habla de ellos en sus novelas; Borges y Neruda tenían montones y no sólo sobre su mesas, sino esparcidos por la casa. Ramón Gómez de la Serna dijo en un capítulo de «Automoribundia» que escribió en Buenos Aires: «los pisapapeles son mi supertesoro y mi lucha con los anticuarios por ellos es constante». También creía que los pisapapeles compensan de las defecciones y anclan el último pedazo de felicidad. «Todo se seca o se amustia a nuestro alrededor, pero las flores de la gruta de cristal quedan incólumes».
Y aunque sea de una forma indirecta, los pisapapeles han rondado las mesas de los autores policíacos: nunca falta un «objeto contundente» que llevar a la nuca del próximo cadáver, en ese asesinato que se resolverá en las últimas páginas de la novela.
El capricho por coleccionar estas pequeñas joyas también lo tuvo el financiero Bartolomé March: cuando aparecía una pieza única (nunca le gustaron las reproducciones ni las series), no regateaba para adquirirla. Llegó a reunir verdaderas joyas de Murano, Bacarrat, Bohemia...
Flores, conchas, paisajes, monumentos, insectos, fósiles, minerales... El cristal ha sido y sigue siendo el material más usado. Cristal sueco, checo, alemán, italiano, francés o español, con apellidos como Bohemia, Bacarrat, La Granja... Y Lalique, que fue la firma francesa que más se ocupó-y se ocupa- de ellos.
Con apellido propio
El talento y la fascinación por los seres vivos y la naturaleza llevó a René Lalique a crear un cristal y unas joyas con formas únicas. De Londres a San Petersburgo recibió encargos de todas las Cortes y él, a su vez, los favores de todos los coleccionistas. Tal era su fama y tan única su obra que muchos tratarían de imitarla, pero Lalique fue y sigue siendo único. Hizo su primer pisapapeles en 1913, Más adelante, entre 1925 y 1931, creó las «mascotas», unos tapones de radiador para los automóviles de la época (Citroën, Delage, Hispano-Suiza, Bentley, Rolls-Royce...), en la mayoría de las veces eran utilizados como pisapapeles. Hizo 27 modelos en vidrio transparente y satinado, y número limitado -no más de 25 o 30 piezas-, la mayoría perdidas durante la II Guerra Mundial.
La Real Fábrica de Cristales de La Granja no recuerda, sin embargo, hicieran pisapapeles como tales, pero sí que, a título particular, los crearan algunos artesanos del vidrio, al estilo de lo que hoy hacen artistas que trabajan la técnica del fuego, como Julia Ares. Otros fabricantes de cristal, como Murano o Kosta Boda, realizan pisapapeles únicos y trabajan con artistas del cristal contratados especialmente para ello.
Y luego están las tradiciones. En Francia se hacían pisapapeles con el perfil de Napoleón III dentro, a modo de camafeo, o de Luis Napoleón, e incluso del general Lafayette con Georges Washington, en cristal de Baccarat, que hace poco salieron a subasta, como otros muchos, con motivos variados y a menudo con la firma del autor. Pero se hacen esperar en las subastas, de ahí que los interesados acudan a la Red para adquirir una pieza que merezca la pena, pues ahora no hay un mercado de pisapapeles como hace unos años, según recuerdan los anticuarios Santiago Durán, de Durán, y Jaime Mato, de Ansorena. Aseguran que últimamente apenas salen a subasta. Claro que uno siempre puede consolarse en los museos de Artes Decorativas o en el Lázaro Galdiano de Madrid. Pero quien se quiera volver loco encontrará la mayor colección en Buchheim (Alemania), junto al lago Stamberg.

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