BARCELONA. «Medicina en la Pintura»(Lunwerg Editores) es, como afirma su autor, «un libro de arte». Alejandro Arís, cirujano cardiaco y uno de los dos responsables del equipo que llevó a cabo el primer trasplante de corazón en España, en elHospital de Sant Pau de Barcelona, ha seleccionado 40 cuadros a través de los cuales ofrece una «pequeña historia» de la medicina mediante los comentarios que acompañan a cada imagen.
Según Arís, el libro es un homenaje a sus maestros, aquéllos que le enseñaron la «medicina de los sentidos». Ésa en la que el paciente «debe ser tocado, palpado y hasta olido». «Hoy, la profesión se ha vuelto impersonal y fría. Hay que mirar más al paciente y menos la estadística», asegura Arís.
Entre las imágenes del libro, prologado por el arquitecto Óscar Tusquets, Arís destaca el cuadro de Sir Luke Fildes, «The Doctor», de 1891. Un médico aparece sentado y pensativo, testigo de la agonía de una niña, «a la espera de percibir un signo que pueda significar una mejoría». Un ejemplo de lo que, a su juicio, debe ser la profesión.
El interés por el arte y una «incesante deformación pofesional» han llevado al autor a buscar en los cuadros curiosidades e incluso errores «científicos», detallados en los comentarios adjuntos a cada imagen. Grandes pintores como Miguel Ángel, Tiziano o Dürer, entre otros, reflejan al Adán de sus obras con ombligo, algo difícil si, como dice la tradición, ni él ni Eva tuvieron vida intrauterina. De todas las inexactitudes, Arís afirma que la «más flagrante» es la del David de Miguel Ángel. A pesar de tratarse de una escultura y no de una obra pictórica, el autor explica el caso en la introducción de «Medicina en la Pintura». David, segundo rey de Israel, debería estar circuncidado, como mandaban las leyes de su pueblo y, sin embargo, la escultura «luce, desde hace quinientos años, un prepucio que no debería tener».
Un recorrido cronológico
Las obras seleccionadas, ordenadas cronológicamente, comienzan con un fresco datado en el primer siglo después de Cristo, «Eneas herido y curado». En él se ilustra una operación quirúrgica en la que un médico intenta extraer la punta de una flecha de la pierna de Eneas, con un instrumento muy semejante a la actuales pinzas hemostáticas (para detener la hemorragia).
El recorrido del autor llega hasta «The surgeon», una obra de 1996 del pintor José Pérez. Por el camino, y siempre bajo la premisa de «un cuadro por artista», aparece «La Transfiguración», de Rafael; «La mujer barbuda», de José de Ribera, y, como no, el cuadro de Rembrandt «Lección de anatomía del doctor Tulp», la obra «más emblemática de cuantas tratan sobre el tema de la medicina», según Arís.
Todos ellos, en una lista que incluye a artistas como El Greco, Velázquez o Dalí, tienen en común «la belleza de la enfermedad, algo que resulta incongruente pero incuestionable».
En algunas de las obras, la patología de los personajes es clara y evidente. Es el caso de «El viejo y su nieto», de Ghirlandaio, donde el abuelo muestra una nariz afectada por un rinofima, enfermedad de la piel que da a esa parte un aspecto nodular. En otros cuadros, resulta «todo un desafío» diagnosticar qué enfermedad padecen los representados, asegura Alejandro Arís.
Aventurar un pronóstico sobre qué patología sufre este o aquel personaje puede resultar más o menos estimulante. Por si efectivamente lo es y para abrir boca, Arís explica cómo «ciertos tumores de ovario o de glándulas suprarrenales» pudieran ser la causa del vello facial de «La mujer barbuda», de José de Ribera, o cómo los muñones de «El bufón don Sebastián de Morra», de Velázquez, no son más que uno de los rasgos típicos de acondroplasia, enfermedad de los huesos que impide alcanzar una estatura normal.
La medicina explica de manera diferente que la teología el agua y la sangre que brotan del costado del Cristo cruficado que pintó Velázquez. La primera conjetura que «Cristo padecía un derrame pleural, quizá de origen tuberculoso», que manó cuando la lanza del soldado Longinos le atravesó el tórax.



