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La última frontera de la Guerra Fría

P. M. DÍEZ. ENVIADO ESPECIALPANMUNJEOM. Se llama «zona desmilitarizada», pero es una de las regiones del mundo con más concentración de armas, soldados y minas por metro cuadrado. Y no es para menos

Actualizado 11/10/2006 - 08:00:45
EPA  Un soldado surcoreano monta guardia junto al Puente de la Libertad que separa el sur del norte de Corea
EPA Un soldado surcoreano monta guardia junto al Puente de la Libertad que separa el sur del norte de Corea
P. M. DÍEZ. ENVIADO ESPECIAL
PANMUNJEOM. Se llama «zona desmilitarizada», pero es una de las regiones del mundo con más concentración de armas, soldados y minas por metro cuadrado. Y no es para menos, ya que se trata de la última frontera que queda en pie de la época de la Guerra Fría, separando todavía a las dos Coreas tras la guerra civil librada hace ya medio siglo.
Desde el 27 de julio de 1953, cuando se firmó el armisticio que puso fin al conflicto sin llegar a firmarse un tratado de paz, una franja de «tierra de nadie» de cuatro kilómetros de ancho recorre el Paralelo 38 y parte por la mitad la península coreana.
Al sur, se encuentra uno de los «tigres asiáticos» que más se ha desarrollado en las últimas décadas, mientras que al norte resiste a duras penas uno de los países más pobres y cerrados del planeta, dirigido con mano de hierro por el régimen estalinista que pilota el dictador Kim Jong-il.
Entre medias, a 62 kilómetros al norte de Seúl y 215 al sur de Pyongyang, se levanta el puesto fronterizo de Panmunjeom, un «área de seguridad conjunta» donde los soldados estadounidenses y surcoreanos patrullan a escasos metros de los militares de Corea del Norte, separados sólo por una raya pintada en el suelo.
En dicho lugar, donde se acordó el fin de las hostilidades y aún se sigue dialogando sobre la paz y la reunificación, la tensión en el ambiente se masca estos días más que nunca por el ensayo nuclear de Pyongyang.
Con medio cuerpo oculto tras las casetas azules situadas frente al Museo de la Paz, los oficiales surcoreanos aguantan la impenetrable mirada de los hieráticos soldados del Norte en una especie de duelo silencioso que ya se ha convertido en un reclamo turístico.
Miles de personas
Debido a su trascendencia histórica, miles de personas acuden cada día tanto el «check-point» de Panmunjeom como el cercano complejo de Imjingak, levantado a orillas del río que marca la frontera natural entre los dos países. «Quizás hoy han venido menos, pero no dejamos de tener visitas», explicaba ayer un guía local, un día después de que Corea del Norte hubiera detonado su bomba atómica.
Y es que los «encantos» de la «zona desmilitarizada» son muchos: desde el Puente Sin Retorno donde ambos bandos se intercambiaban espías hasta el claustrofóbico tercer túnel, cuyo kilómetro y medio de longitud fue excavado por Pyongyang a 300 metros de profundidad para que su Ejército pudiera invadir al vecino del Sur.
Aunque el régimen estalinista siempre ha negado esta acusación, Seúl descubrió en los 70 otras tres galerías subterráneas con las que sus militares pretendían penetrar en el país.
Otro de los puntos de interés es el observatorio del Monte Dora. Con unos prismáticos, desde aquí se puede contemplar cómo los campesinos se esmeran en sus faenas agrícolas en el primer pueblo norcoreano al otro lado de la frontera, Daeseondong.
A pesar del polígono industrial y de las dignas viviendas construidas intencionadamente en esta localidad, escaparate propagandístico del régimen estalinista, su imagen dista mucho de la que ofrece el lado sur. Mientras en Daeseondong destacan una altísima bandera de la República Democrática Popular de Corea y una enorme estatua del «padre de la patria», Kim Il-sung, en Imjingak hasta se ha instalado un parque de atracciones con unos carruseles y un barco vikingo, como el de las ferias, al lado de los aviones y tanques que participaron en la sangrienta contienda.
Campana de la Paz
Junto a ellos, se erigen la Campana de la Paz y el Puente de la Libertad, que 12.773 prisioneros de guerra surcoreanos cruzaron en 1953 para volver a su casa tras el armisticio. Por su parte, muchos soldados norcoreanos prefirieron no regresar al opresivo país comunista, como se recuerda en las banderas y cintas conmemorativas colgadas en la valla que impide el acceso al puente.
Tras ella, pasa un tren que se dirige a la estación de Dorasan, construida en plena «zona desmilitarizada» gracias al «deshielo» de las relaciones entre las dos Coreas por la reunión de sus presidentes en el año 2000.
Aunque esta línea ferroviaria iba a seguir hasta Pyongyang y a enlazar luego con el Transiberiano para llegar a Europa, en la actualidad acaba a pocos metros de la estación ubicada en el lado norcoreano.
Toda una metáfora de las relaciones entre ambos países, que han entrado en una vía muerta de muy difícil salida.
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