Cada palabra de la conversación con un secuestrador está estudiada al milímetro. El secreto para un negociador policial consiste en anticiparse al contrario, y el objetivo siempre es idéntico: conseguir la liberación del rehén. Sólo cuando la vida de la víctima no corre peligro empieza la fase de la captura de los delincuentes. Este es, a grandes rasgos, el patrón de trabajo de los expertos en secuestros de la Policía. «La letra pequeña es un secreto porque es la única arma de que disponemos», explican.
Las técnicas concretas son reservadas, pero siempre incluyen un «cursillo» acelerado en secuestros para los familiares de la víctima. Los policías se ajustan a modelos preestablecidos, aunque se adaptan luego a las peculiaridades de cada caso. Y todo se complica el doble si, como ha ocurrido en los últimos meses, el trabajo hay que hacerlo fuera de España, de acuerdo con las policías de cada país. «Allí no puedes contar ni con vigilancias propias».
La primera experiencia fuera de nuestras fronteras llevó al Grupo de Secuestros y Extorsiones de la Udev Central a Panamá, les colocó como interlocutores indirectos de las FARC (Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia) y acabó con final feliz a las puertas de la selva colombiana.
Aventurero, ecologista, empresario
El español José Vicente Colastra Sansegundo, aventurero, ecologista y empresario, casado con una panameña, y su hijo Sergio Colastra Millán, director de cine, (nacido en Miami, por lo que tiene la doble nacionalidad), fueron secuestrados el 20 de enero en Panamá, en la playa del Guayabo, cerca del pueblo de Jaque, una zona de la frontera con Colombia. José Vicente estaba construyendo un hotel ecológico y viajaba con frecuencia a la región, cada vez con unos 5.000 dólares en el bolsillo para pagar los materiales de construcción y a sus empleados. Sergio había acudido a visitarlo con su novia. Según los testigos, 18 personas armadas, que llegaron al lugar en lanchas, se llevaron al padre y al hijo.
Una semana después sonó el teléfono de la novia de Sergio; los captores pedían que ofreciera dinero por las víctimas. Las conversaciones se estancaron hasta que, pasado un mes, dos policías españoles acudieron a Panamá a petición de los allegados de los Colastra para colaborar con los agentes panameños y colombianos. Tuvieron que pasar casi otros dos meses de negociación, de conversaciones «guiadas» con mano de hierro en las que a un lado del teléfono estaba la novia de Sergio y al otro un guerrillero de las FARC -«tranquilo, en su territorio, con todos los elementos a su favor»-, señala uno de los negociadores. Los terroristas pidieron 100.000 dólares. En los 76 días de angustia hubo 13 llamadas, tres «pruebas de vida» aportadas por los secuestradores y alguna conversación con los Colastra. Las víctimas estaban bien y anunciaron que creían que los iban a liberar pronto.
No hubo posibilidad de más detalles, Estuvieron a punto de localizar el escondrijo desde el que se activaba el teléfono vía satélite, pero la selva, prácticamente impenetrable, lo impidió. El goteo de concesiones no cuajó y de hecho nunca se llegó a un acuerdo sobre el dinero. Los agentes aseguran que no se pagó aunque ya al final del cautiverio les consta una extraña maniobra referida por los propios secuestrados.
Al parecer, los guerrilleros recibieron una llamada de Cuba -se supone que con predicamento- en la que se les instaba a liberar a los dos españoles «porque habían tratado muy bien a los indígenas»; la doble nacionalidad de Sergio y su profesión también está en el trasfondo de la resolución del caso. El 7 de abril llegó la libertad en una playa próxima a la que fueron secuestrados. «Hemos aprendido cómo están organizados, que sólo buscan dinero y que no quieren ni actuar fuera de Colombia ni que haya víctimas extranjeras». Nada, pues, de «internacionalizar el conflicto», como diría algún colega terrorista español.
Estaban los agentes en plena vorágine guerrillera cuando les llegó el segundo caso, que roza el vodevil si no fuera porque los autores de la captura integran una peligrosa banda serbia y su cabecilla está buscado por el asesinato de un policía. La denuncia se interpone en Casteldefells (Barcelona). El camionero Diego C. V. había sido secuestrado durante un viaje de trabajo -que era una farsa- a Alemania para comprar una cabeza tractora. El transportista llamó a un gerente de su empresa y a su hermano. A ambos les dijo que lo retenían varias personas armadas y le exigieron 100.000 euros.
Una amante peligrosa
Lo primero que averiguó el Grupo de Secuestros es que Diego C. tenía una amante, una serbia llamada Jelena Ruzic. Se planteó la posibilidad de un secuestro simulado -Diego llamó a su hermano varias veces, decía estar atado y con los ojos vendados-, pero se descartó pronto. La chica había vuelto a su país sin que eso supusiera un freno a la pasión del camionero; el amorío se mantenía a distancia, aunque persistía la ignorancia de casi todo sobre la vida del otro.
De una parte, la familia de Diego y de otra, la propia víctima, a quien Jelena no le guardó la ausencia pues a su vez mantenía relaciones con un avieso delincuente serbio. Ahí estaba la clave del caso, tal y como sospecharon los agentes desde el principio. En coordinación con Serbia, se localizó a Diego en la frontera de este país con Bosnia. El camionero había logrado escapar. Lo más amargo para la víctima fue descubrir que su amante lo había citado con malas artes, había preparado la celada llamándolo para que la recogiera en su pueblo porque ya tenía los papeles listos para volver a reunirse. Pero en lugar de sus brazos, lo esperaban una panda de matones. Ni con esas la víctima admitió su fracaso.
El tercer éxito -más duro si cabe que los anteriores casos por las condiciones del secuestrado- lleva el sello geográfico de Perú y la impronta de otra banda que traía de cabeza a las autoridades de ese país. El secuestro de Andrés Gude González se produjo el 30 de marzo en Lima. Era la segunda vez en siete meses que intentaban capturar en esa ciudad al empresario, un armador gallego con barcos en el Pacífico. Esa noche lo consiguieron y a punto estuvo de costarle la vida. Gude, a raíz del asalto sufrido antes, había contratado a un chófer que hacía funciones de escolta. Cuando éste lo trasladaba de su hotel a la empresa, tres coches le cortan el paso. Opuso resistencia, igual que siete meses antes, pero le ametrallaron las ruedas del coche y él recibió dos disparos.
David Gude, el hijo de la víctima, denunció esa misma madrugada los hechos en la comisaría gallega de Ribeira. Horas después, los secuestradores se ponían en contacto con David y le exigían tres millones de dólares. Los mediadores de la Policía marcaron las pautas al hijo del armador, tomaron las primeras decisiones y juntos se trasladaron a Lima, acompañados de un geo como en el caso de Panamá.
El reloj corría en este caso más rápido que nunca porque Andrés Gude estaba malherido -le mandaron un carrete de fotos a su hijo-; los secuestradores no ocultaban su violencia y hasta dónde estaban dispuestos a llegar y por si no hubiera suficientes elementos en contra los agentes descubrieron, con la colaboración peruana, que el jefe era un ex capitán de la División de Secuestros de ese país. Le apodan «La Gata» y se le atribuyen más de 25 delitos como éste. Conocía la mediación igual que los agentes y ponía trampas para saber si su interlocutor era asesorado por la Policía.
A pesar de todo, los negociadores consiguieron que el rescate de tres millones se rebajara, primero, a 250.000 dólares y al filo del tiempo y la salud de Gude, a los 87.000. El 8 de abril se cerró el trato. El rehén fue hallado tres horas después enterrado en basura, inconsciente, encapuchado, con la pierna y el brazo rotos de los disparos y deshidratado. Acabó en el hospital, pero vivo. Y lo que es mejor. Con las pistas obtenidas, se ha podido detener, hace sólo unos días, a «la Gata», el peligroso ex capitán que prefirió pasar de defender la ley a vivir de violarla.



