La novillada del domingo se inició guardando un minuto de silencio por la muerte de El Pere. No sé qué impresión se habrán llevado los tres noveles del domingo del público de Barcelona. Ni sé -porque la juventud actual es un tanto despreocupada- si perdieron sus miradas hacia tendidos y gradas. Si lo han hecho habrán observado -¡qué pena!- que nos estamos quedando en familia. Un paso más hacia abajo y tendremos que cerrar por defunción. La plaza cobra de día en día un aire cansino, de resignación, que es síntoma grave de falta de vitalidad.
El cartel del domingo presentaba a tres noveles: Prades, de Castellón de la Plana; Doyague, de Palencia; y de Segovia, Ayuso. Líbreme Dios de pronosticarles el futuro a los tres muchachos. Pero creo, y por una vez estaremos todos de acuerdo, que el polo de atracción se centró en Carlos Doyague.
Los novillos estaban bien presentados. Cuatro de ellos -2º, 3º, 4º y 6º- sobrepasaron los 500 kilogramos. Acusaron nobleza, con un garbanzo negro, el cuarto, que se vencía con descaro, dudaba y se orientaba antes de plantear la jugada. Con frecuencia se cayeron o doblaron las manos lo cual deslució su fino comportamiento. Y un rara avis que por unos segundos transmitió la emoción en los graderíos. El segundo novillo desmontó al piquero, derribando al caballo, cebándose con él. La falta de avidez en los peones originó -como decimos- una situación peligrosa para el picador caído.
No quiero pronunciarme en halagüeños augurios con Carlos Doyague. Porque estos toreros de ahora prometen mucho y luego se esfuman por la tangente. Pero si tuviera que apostar por el mejor de los novilleros que he visto esta temporada me quedaría, sin duda, con Doyague. La faena al segundo caló hondo porque manejó la muleta con la izquierda con suavidad y con un temple realmente exquisitos. Fue una faena de calidad, con estilo propio y gracia. Hasta tal punto llegaron sus aciertos que trabajo me cuesta dar credibilidad en estos tiempos a lo que presenciaron mis ojos. Mató de estocada entera. No quiero perderle de vista a lo largo y ancho de la temporada y en la última novillada me encantará volverle a ver de nuevo. El quinto era flojo. Tuvo la habilidad Doyague de hacerle olvidar su manifiesta flojedad y acabó embistiendo. Lástima que la estocada entera fuera algo desprendida.
Vicente Prades tuvo que bregar con el peor lote. Con su primero, muy flojito, anduvo desdibujado. Mató de media estocada algo tendida. En el cuarto anduvo atropellado y mató de estocada entera. Su paso por Barcelona no dejó huella. Es una realidad.
Tampoco Rafael Ayuso me pareció un torero de grandes vuelos. Su primera faena fue larga y desafortunada con la espada: cinco pinchazos y dos intentos de descabello. Al sexto le sacó algún que otro natural aceptable y esperanzador. Poca cosa. Mató de estocada entera y dos intentos de descabello.
Me acordé de Ortega cuando empezaba ya a ser famoso. Cuentan que a raíz de sus triunfos decía el cura de su pueblo:
-Ahora se enteran en España de que existe Borox. Tiene que haber toros y toreros para que mucha gente aprenda geografía.
Quizás se repita la historia y un día no lejano busquemos con ahínco en un mapa los caminos que conducen a Palencia, cuna de Carlos Doyague, un buen torero. La fiesta está «anémica». Necesitamos un revulsivo.



