miércoles, 10 de febrero de 2010
Valoración:
POR RAFAEL A. AGUILARCÓRDOBA. Si Miguel de Cervantes levantara la cabeza pensaría, con razón, que la ciudad se ha quedado huérfana; huérfana de uno de sus mejores activos históricos, que dejó escapar
10-11-2009 09:25:16
POR RAFAEL A. AGUILAR
CÓRDOBA. Si Miguel de Cervantes levantara la cabeza pensaría, con razón, que la ciudad se ha quedado huérfana; huérfana de uno de sus mejores activos históricos, que dejó escapar a un precio tan barato y que pelea ahora por recuperar no al galope ni al trote, sino a ese paso cadencioso tan alejado de un purasangre y tan querido por un percherón. «Córdoba es la madre de los mejores caballos de este mundo», se lee en «El Quijote», escrito apenas unos años después de que Felipe II eligiera Córdoba para alumbrar una nueva raza de equino: el pura sangre.
1572, año clave
Ése fue el comienzo. Año 1572. El monarca funda en la capital las Caballerizas Reales y le encomienda a Diego López de Haro la obtención de un sello ecuestre llamado a ser la admiración del mundo entero. Es la búsqueda desbocada de un símbolo del poder del Imperio, de la dinastía Austria que creía aún que podría cabalgar a lomos de la Historia sin que el sol se pusiera sobre su destino universal.
Pero, ¿por qué Córdoba es la elegida? Había una razón de peso: ya contaba con una reconocida tradición ecuestre.
El caballo cordobés, aún por encontrar su código genético exacto, ya gozaba de predicamento en los campos de batalla y en los círculos de recreo cortesanos. Los siglos habían dado de sí: el caballo berberisco llegó a la Península en el siglo X antes de Cristo. Pasaron las civilizaciones, la mayoría fugaces, hasta que andando el tiempo llegaron los Omeyas. Primero Abderramán I y luego Al-Hakam II le dan al cuadrúpedo un sitio de honor en sus dominios, al punto que este último llega a tener en propiedad unos 2.000 ejemplares. El califa emplea a un nutrido grupo de instructores -entre 15 y 20- para el cuidado de los animales.
Pero hay más. Almanzor funda en las postrimerías del siglo X la Yeguada de Córdoba en las afueras de la ciudad califal y promociona los útiles para el uso doméstico de los caballos -como la herradura cordobesa-, además de la doma árabe y las carreras entre los mejores ejemplares. Es preciso citar dos precedentes más a las Caballerizas Reales. El primero es el cruce de la cabaña árabe con la cristiana, más ruda y menos estilizada, cuando se produce la reconquista de la ciudad en 1236. La segunda, la creación a comienzos del siglo XVI de dos ganaderías señeras: la de los guzmanes y, con posterioridad, la de los valenzuelas, ambas percursoras de lo que, ya bajo el empeño de Felipe II, dio en llamarse el «caballo cordobés».
Con los mimbres que le habían dado su pasado de mezcolanza de pueblos, Córdoba se convirtió a partir del siglo XVI en el laboratorio ecuestre del Imperio español. Lo tiene escrito el profesor Juan Carlos Altamirano Macarrón en su libro «Historia y origen del caballo español: las Caballerizas Reales de Córdoba».
Así, el especialista sostiene que «la fusión cultural que tuvo su centro en la capital de Al-Andalus favoreció que Córdoba fuera el lugar donde se llevara a cabo, por expreso deseo real, lo que en la actualidad podemos denominar como el primer gran experimento genético de nuestra historia para conseguir una raza de caballos: la del pura raza español». Para tal empresa, el monarca que levantó El Escorial compró 1.200 yeguas y sementales y ordenó la construcción de las Caballerizas a través de una Real Cédula dictada en 1567 y dirigida al corregidor de Córdoba, Francisco Zapata y de Cisneros.
El principal objetivo del rey era crear un modelo de animal que estuviera a la altura de los tiempos: pasada ya la época en la que el caballo tenía una finalidad meramente bélica o de medio de transporte, la nobleza del siglo XVI demandaba un tipo de equino orientado más hacia el ocio. Era entonces cuando se pusieron de moda los juegos ecuestres y las altas escuelas de equitación comenzaron a extender las técnicas del piaffé, las cabriolas o los passages. Se trataba, en suma, de diseñar un equino menos pesado y más estético, a la imagen y semejanza de los cánones heredados por el mundo clásico.
El pincel de Velázquez
A ello se puso López de Haro, que realizó miles de cruces para alumbrar el prototipo, que debía tener una cabeza pequeña, un cuello arqueado, unas grupas redondeadas y abundantes cerdas en las colas. Hasta el pincel de Velázquez se fijó en la creación final.
El profesor López Ontiveros sostiene que «el pura raza se convirtió en el símbolo donde nunca se ponía el sol: resulta llamativo que el proyecto menos conocido durante siglos de Felipe II sea hoy su obra más difundida internacionalmente».
En contraste, Córdoba aún no tiene definido cómo conservará una de sus creaciones más universales, cuya memoria comenzó a apagarse en 1995, cuando Caballerizas Reales dejó de ser un criadero de caballos al trasladarse a Écija el Depósito de Sementales del Ejército.

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