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Dios salve a la Reina, porque la película...

«The Queen»| (((( | G. B., Italia, Francia | 2006 | 97 minutos | Género-Histórica | Director-Stephen Frears | Actores- Helen Mirren, Michael Sheen, James Cromwell, Sylvia Syms, Alex Jennings, Helen

Actualizado 10/11/2006 - 02:49:04
«The Queen»
| (((( | G. B., Italia, Francia | 2006 | 97 minutos | Género-Histórica | Director-Stephen Frears | Actores- Helen Mirren, Michael Sheen, James Cromwell, Sylvia Syms, Alex Jennings, Helen McCrory |
FEDERICO MARÍN BELLÓN
Varias circunstancias asombrosas, por lo menos tres, concurren en esta estupenda película, que narra las jornadas decisivas que transcurrieron entre la mudanza de Tony Blair al número 10 más famoso del mundo (después de Maradona) y la muerte de Diana de Gales. La primera y más excepcional (aunque previsible, dada la categoría de la dama) es la actuación de Helen Mirren, a quien le sobran quilates para interpretar con esplendor a todas las Isabeles que han sido y serán. Su actuación es un prodigio de precisión e inteligencia, de tacto e ironía. Sin ella, el paseo sobre el alambre que dirige Frears se precipitaría al vacío.
Ese malabarismo sin red, que marca el tono de la película, es la segunda maravilla, inconcebible en nuestro país, como hemos comprobado hace bien poco con una caricatura grotesca de las cloacas del poder. «The Queen» no es un título histórico, pero resulta más verosímil que el mejor documental. Sus especulaciones y diálogos inventados no parecen obra del excelente guionista Peter Morgan, sino transcripciones de conversaciones captadas por maquiavélicos micrófonos. Uno llega a creer incluso que Tony Blair friegue los platos en casa, que ya es ser crédulo, y que la Reina Madre bromeara sobre su propia muerte. Más aún, el virtuosismo con que se han engarzado las imágenes documentales dentro de la ficción -el fatal accidente en París no puede estar mejor resuelto- contribuye a que la verdad no deje de respirar ni un momento.
El tercer milagro es la valentía con la que se encara la irremediable crítica a los personajes y a la monarquía misma. Sin perderles nunca el respeto (ni de vista), ni uno solo habrá dejado de sentirse dolido. La caricatura es tan sutil y bien ponderada que, al mismo tiempo, es difícil el consenso sobre cuáles han sido mejor tratados y con cuáles el palo ha sido más largo que la zanahoria. Pues bien, sin olvidar nada de esto ni por un instante, el director tiene presente siempre que lo que tiene entre manos no es una patata caliente, sino una película.
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