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Tragedias con nombres y apellidos

TEXTO Y FOTO: LUIS DE VEGA ENVIADO ESPECIALTHIAROYE (SENEGAL). «Las fotografías son un medio que dota de mayor realidad a los asuntos que los privilegiados o los meramente indemnes acaso prefieren

Actualizado 10/09/2006 - 10:36:12
TEXTO Y FOTO: LUIS DE VEGA ENVIADO ESPECIAL
THIAROYE (SENEGAL). «Las fotografías son un medio que dota de mayor realidad a los asuntos que los privilegiados o los meramente indemnes acaso prefieren olvidar». Con esta reflexión que dejó Susan Sontag poco antes de morir en «Ante el dolor de los demás», este enviado especial puso los pies en la casa de la familia Sambo. Una vez recabado el permiso paterno, había que retratar a Diaim. La foto que se publica sobre estas líneas quiere ir más allá de las palabras con las que se relata la escena y la situación de esta familia.
Diaim Sambo, de 19 años, era pescador en el suburbio de Thiaroye Sur Mer, al sur de Dakar, y su irregular e irrisorio salario era la principal fuente de ingresos de la familia. Como varón joven y físicamente útil -es el segundo de una patulea de diez tras su hermana mayor-, fue elegido para que representara a sus allegados en la aventura de emigrar.
Rescatado del agua
Es el 30 de marzo pasado cuando la piragua sale hacia Canarias. Al poco de alejarse de la costa hay hombre al agua. Es Diaim, al que su tío, otro de los pasajeros, consigue embarcar de nuevo. Sin conocer aún el alcance del accidente, la expedición se da la vuelta, deja en la playa a tío y sobrino y sobre la marcha reemprenden la travesía.
En ese momento empezó el verdadero calvario de los Sambo. Diaim no se recuperaba y la medicina tradicional a la que tanto recurren los senegaleses no lograba sacarlo del pozo. A primeros de mayo lo trasladan a un hospital de Dakar y, según muestra su padre en el parte médico, todo se debió, entre otras desgracias, a un fallo cardiaco.
El joven, tras dos meses ingresado, se pasa los días rodeado de sus hermanos sentado en el único sofá del salón, separado por un visillo de lo que parece el dormitorio principal. No anda y la movilidad de sus brazos es reducida. Tampoco habla y de su boca entreabierta cae hasta la camiseta un permanente hilo de saliva. A pesar de todo nos sonríe y emite algunos intentos de comunicarse. Su padre, Libass Sambo, muestra una foto en la que aparece con vaqueros anchos tipo rapero. «Le gustaba esa música», nos cuenta un vecino.
Compartir desgracias es algo que tienen totalmente asumido las familias africanas, esas instituciones a veces tan elásticas para los europeos. Por eso ahora es El Hadji Ndiaye Sambo, el tío salvador, el que ha heredado la responsabilidad de alimentar a no se sabe cuántos Sambo, pues él está casado y tiene tres hijos. «Si no fuera por esto, me volvía a ir en la piragua», asegura.
A todos ellos les queda la esperanza de que algún día el joven se recupere, aunque el panorama no está para ser optimistas. Libass y El Hadji alzan con una mezcla de cariño y esfuerzo a Diaim para que se despida. Salimos de la casa con la vista puesta en la playa de Thiaroye repleta de cayucos, esas barcas erigidas en el símbolo del drama migratorio al que, con los pies en esta orilla, cuesta encontrar límite.
Que se lo cuenten si no a otra de esas familias de extensión considerable producto de la poligamia. Los Niang, unos callejones más allá que los Sambo, han perdido en los últimos meses a cuatro de sus hijos -hermanos de padre pero de tres madres distintas- de camino a las Canarias. Todos avisaron por teléfono antes de zarpar desde Nuadibú (Mauritania).
Cuatro hermanos
Mame Maodo Niang, nacido en 1983, trabajaba en una fábrica de pelucas y se embarcó el 8 de febrero. Los otros tres iniciaron la travesía sin retorno el 16 de ese mes. Baityr Niang, nacido en 1970, vendía arte africano en las calles de Dakar. Estaba casado y dejó una hija de meses. Talla Niang, nacido en 1980, era pintor y deja mujer y dos hijos también de corta edad. Por último, Ablaye Niang, nacido en 1976, practicaba la lucha senegalesa.
Las esposa de Talla aparece en escena con su hija menor amarrada con un pañuelo a la espalda. Reconoce, con las pocas palabras que pronuncia, que sabía que su marido se iba. «Una segunda vez no lo dejaría». A pesar de todo, espera que algún día reaparezca.
Mame Abdoulaye Niang, hermano de madre de Talla, es quien nos facilita todos los particulares pero, como su cuñada Anta, se niega a darlos por muertos. «Están desaparecidos», puntualiza. «No estábamos de acuerdo con su viaje al cien por cien, pero no podíamos retenerlos». Junto a él, otro de los hermanos, Ahmed, que con 18 años asegura que emigrará.
El hecho de mantener las esperanzas pese a los negros presagios que se ciernen sobre el paradero de los cuatro hermanos no es algo exclusivo de la familia Niang. Mame Arram Leye, de 50 años, no acaba de asumir la ausencia de su hijo Siniphate, de 25 años, que estaba casado y se fue cuando su hija apenas había llegado a este mundo. Sosteniendo a esta pequeña nieta en brazos, Mame explica que Siniphate era el cuarto de nueve hermanos. Uno de ellos emigró a España hace cinco años y vive de la venta callejera. Otro consiguió llegar en las últimas semanas a Canarias pero fue repatriado.
En los momentos de mayor tristeza y desesperación, Mame pasea por Thiaroye preguntando a los vecinos si han visto a su hijo. «¿Hay en España algún campamento donde pueda estar?», nos inquiere.
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