Tras un arduo trabajo de investigación realizado durante los meses de verano, he llegado a la conclusión de que Badalona -mi pueblo- es una nación. Procedamos con orden y de acuerdo a los cánones marcados por la ciencia nacionalista. Para empezar, conviene aclarar de qué hablamos cuando hablamos de nación. Pues bien, una nación -según indica la doctrina nacionalista- es aquella realidadpropia dotada de una serie de elementos objetivos y subjetivos. El elemento objetivo: territorio, historia, lengua, economia, etc. El elemento subjetivo: la voluntad de constituir una entidad diferenciada. El resultado de aplicar esta definición a la ciudad de Badalona es ciertamente sorprendente: Badalona es una nación con todas las de ley nacionalista. Vayamos por partes y paso a paso. Badalona es un nación, porque se asienta en un territorio propio limitado por las poblaciones de Montgat, Tiana, Sant Fost de Capsentelles, Montcada i Reixac, Santa Coloma de Gramenet, Sant Arià de Besòs y el Mediterráneo. Y no sólo eso, sino que Badalona posee también una vegetación propia de encinas y robles -hoy en franca desaparición por culpa de la actividad humana- a la que hay que añadir algunas especies de gramíneas que se localizan en las hondonadas de unas rieras que también son una peculiaridad de la ciudad. Por no olvidar nada, en Badalona ha surgido una variedad autóctona del caballo de mar que vive en los pilares del Pont del Petroli situado en la playa.
Badalona es también una nación, porque tiene una historia propia desde sus orígenes. En efecto, en el neolítico aparecieron pequeños núcleos de población que cultivaban la tierra y criaban animales al tiempo que diseñaban y construían una cerámica peculiar. Posteriormente, los íberos dejaron su huella en forma de poblados y una estela aún por descifrar. Y llegaron los romanos, que bautizaron la ciudad con el nombre de Baetulo. Badalona, sí, formaba parte del Imperio; pero, como Roma -permítanme la analogía con la actualidad- era una realidad plurinacional y confederal, la ciudad pudo conservar un cierto grado de autonomía que le permitió desarrollar la personalidad propia. Así, durante la primera mitad del siglo I a.C., Badalona se convirtió en la capital religiosa y administrativa de un territorio dedicado fundamentalmente al trabajo agrícola. De la existencia e importancia de la ciudad, da cuenta el texto de -poca broma- Plinio el Viejo: «oppida civium Romanorum Baetulo». Vale decir que el término «oppida» remite a un asentamiento fortificado y dotado de personalidad jurídica propia. De la época romana cabe destacar la existencia de la Venus de Badalona -arte romano badalonés- que, por cierto, fue expoliada por el imperialismo barcelonés. Posteriormente, en el XIV, Badalona consolida su autonomía al constituirse un consejo similar al Consell de Cent barcelonés. Pero, Badalona tendrá su 1714 particular -incruento- en 1430 cuando Alfonso el Magnánimo, falto de dinero, vende el término municipal a Barcelona. Y a partir de ahí, Barcelona y su prepotente Consell de Cent limitarán cualquier veleidad autonomista badalonesa. Finalmente, Badalona es una nación, porque si es cierto que no tiene una lengua propia, sí dispone de dos palabras propias -«micaco» y «badiu»- que el mismo Pompeu Fabra aceptó. Y está una economía propia -la libertad de los campesinos durante la época medieval, el cultivo de la vid, la existencia de una industria variada- distinta a la de su entorno.
Como Badalona es una nación, pido que se reconozca su condición de tal y como tal sea citada en el nuevo Estatut. Pido que el ayuntamiento flete un autobús que explique su realidad nacional. Pido que, como nación histórica que es, disfrute de concierto económico y mantenga una relación federal con el resto de Cataluña. Pido, en fin, que a Badalona se le reconozca el derecho de autodeterminación. Y no es una casualidad que formule estas peticiones en una fecha nacionalmente tan señalada como el once de septiembre. ¡Viva Badalona libre!



