Paul Rusesabagina era el director del hotel Mil Colinas, y gracias a su coraje y a su capacidad para negociar con varias encarnaciones del mal, salvó la vida de las más de 1.200 personas, tutsis en su mayoría, que buscaron refugio en su hotel de Kigali, un santuario en medio de las matanzas.
-¿Puede gente corriente convertirse en asesinos excitados por una emisora de radio que difundía odio? ¿Pueden las palabras matar?
-Como digo en mi libro, creo en el poder de las palabras. Con palabras la gente puede matar, como vimos en Ruanda en 1994, utilizándolas como armas. Pero con las palabras también se puede negociar, te puedes servir de ellas y, con la ayuda de dinero o de alcohol, salvar vidas. Se pueden utilizar palabras para deshumanizar a la gente de tal forma que matar a alguien no sea matar a un ser humano sino matar, como decía Radio Mil Colinas, cucarachas. Las palabras pueden ser la peor y la mejor arma. Eso es lo que hacía la radio, convertirse en la peor arma. La radio llegó tan lejos como denunciar dónde se escondía la gente, pidiendo a los oyentes que persiguieran a sus vecinos, ofreciendo datos exactos de sus escondites y exigiendo que los sacaran de allí y los exterminaran. Con palabras se puede matar, pero también se puede salvar. Depende de lo que quieras conseguir.
-Asegura en «Un hombre corriente» que Ruanda fue un fracaso desde los tiempos en que fue colonizada, y después, cuando se convirtió en una nación independiente y se reforzaron las líneas étnicas, y fracasó por culpa del vergonzoso comportamiento de las Naciones Unidas y de la comunidad internacional que no hizo nada mientras se cometía el genocidio. Ahora, bajo el poder de Paul Kagame y su gente, ¿sigue siendo un fracaso?
-Ruanda fue un fracaso y lo sigue siendo. ¿Por qué? Desde que Paul Kagame atacó Ruanda en 1990 y empezó a matar a civiles hutus en el este de Ruanda, invitando a jóvenes a unirse a sus fuerzas y matándolos, fue un fracaso. Muchos jóvenes que fueron reclutados por el entonces ejército rebelde siguen combatiendo. Kagame fracasó desde el primer día, y también fracasó cuando puso fin al genocidio matando a intelectuales y hombres de negocios hutus que podían haberse convertido en líderes de opinión, y también fracasó cuando eliminó a gente refugiada en el campo de Kibeho, al sur del Ruanda, y también fracasó cuando se hizo con el poder y eliminó a líderes de la oposición. Muchos opositores fueron eliminados cuando trataban de hacerse oír. Reemplazar asesinatos por asesinatos, crímenes por crímenes, es un fracaso.
-¿Entonces no hay lugar para alguien como usted en la actual Ruanda?
-Alguien que habla alto y claro como yo creo que son el tipo de personas que son bienvenidas en Ruanda.
-¿Cómo de útil a la hora de matar de forma industrial y eficiente fue la organización del país dejada por los europeos?
-Ruanda es uno de los países más ordenados de África. Pero ya lo era desde los tiempos de la monarquía ruandesa, con príncipes a cargo de regiones, y después administradores y alcaldes, que se encargaban de supervisar hasta grupos de diez casas. Incluso hoy sigue siendo un país muy bien organizado. Antes del genocidio, había milicias, los «interahamwe» , que fueron fundamentales para cometer las matanzas, e incluso hoy existe una nueva forma de milicia que se denomina defensa local.
-Las Naciones Unidas son la suma de sus miembros, pero en el caso de Ruanda, ¿en qué medida la decisión de no actuar fue también responsabilidad de Kofi Annan, entonces jefe de las operaciones de paz?
-Kofi Annan falló en su misión como jefe de las misiones de paz, porque cuando la ONU decidió retirarse el primer día del genocidio él estaba al frente de ese departamento. La misión le enviaba informes directamente a Kofi Annan y él sabía que las matanzas que acababan de desencadenarse no iban a parar si no había una intervención decisiva, que tenía que haber sido obra de las Naciones Unidas. Pero cuando vimos que se retiraban supimos que lo que iba a ocurrir a continuación sería un desastre, y así fue. Cuando el país se quedó sin testigos, una buena parte de los ruandeses se dedicó al exterminio.
-¿Cuánto cambió el hombre que experimentó cien días de miedo, extrema crueldad y matanzas?
-No creo haber cambiado. Soy el mismo hombre. Lo más importante en la vida es seguir siendo lo que somos. Yo no he cambiado. Pero algunas de las cosas que experimenté sí que han dejado huella en mi interior. ¿Vas a seguir confiando en la capacidad de tus congéneres para actuar con generosidad o vas a pensar que les impulsa un impulso ciego y criminal? Durante el genocidio pude ver cómo algunos de mis vecinos se habían convertido en monstruos, pero otros sacaron lo mejor de sí.
-Usted no fue el único que dijo no a las matanzas; también hubo otros, conocidos y desconocidos. ¿Cree que gente corriente, bajo circunstancias extraordinarias, pueden convertirse en asesinos en serie?
-Creo que así es, porque así lo vi durante el genocido de 1994 en Ruanda, pero también otros pueden sorprendernos y convertirse en salvadores, salvar vidas, y eso es lo que vi también. Aunque lo cierto es que una gran mayoría actuó de forma criminal.
-¿Ser bueno o malo es una cuestión de voluntad?
-Sí, por supuesto. Como se dice en inglés, siempre que hay voluntad hay un camino. Si tú quieres y deseas algo puedes conseguirlo.
-Lo ocurrido en su país, ¿en qué medida cambió su idea de Dios?
-Antes del genocidio solíamos pensar en Dios como en un buen amigo, pero durante el genocidio cada vez que rezamos y nos dirigimos a él sólo encontramos silencio. ¿Dónde estás? ¿Te has ido para no volver? Lo que ocurrió cambió para siempre mis creencias y creo que las de muchos ruandeses. ¿Puede usted imaginar lo que significa que casi un millón de personas, el 15 por ciento de la población de Ruanda, fueran asesinadas? ¿Se imagina lo que eso representaría por ejemplo en España, que seis millones de personas fueran asesinadas en cien días? ¿Y la comunidad internacional cerrando los ojos, mirando para otro lado?
-¿Ya no espera nada después de esta vida?
-Para mí se trata de tener una buena vida y actuar en consecuencia aquí, sin esperar nada después. Ésa es para mí una buena moral.


