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Incluso con la que cae

TANTAS cosas han perdido su garantía de imperecederas que la recesión rebasa el ADN económico y afecta a la conciencia moral

Actualizado 10/03/2009 - 08:39:53
TANTAS cosas han perdido su garantía de imperecederas que la recesión rebasa el ADN económico y afecta a la conciencia moral. Ocurrió históricamente con las hiperinflaciones más graves. Alteraron incluso la cotización cotidiana de la vida humana. Aún así, tras el derrumbe del mercado inmobiliario, la destrucción de ahorro o la avalancha del desempleo, como de repente, la pintura de Giotto reaparece en Roma y cautiva a todos. En plena expansión de la banalidad pictórica y en un momento incierto para la supervivencia de la palabra impresa en papel, quien dio a la pintura medieval el frescor requerido para hacerse primer Renacimiento, vuelve para congratular nuestra mirada y fascinarnos con el misterio de una eternidad del arte.
Quizás sea de ilusos escribir sobre Giotto con la que cae. Pero constatemos que miles de visitantes se acercan a Roma para ver de lo que fue capaz el arte de Giotto. Otros repasan cuentas en un paraíso fiscal o hacen turismo sexual en Bangkok. En cambio, con la pintura de Giotto la modalidad es el turismo del espíritu. No es consolarse sino el mejor acicate: aspirar a las cosas de cada vez mejor hechas, algo que ha de contribuir asimismo a salir mejores y no peores de esta recesión tan baldía.
Tiembla Wall Street, zozobra el Ibex, Trichet apura los tipos de interés, y mientras tanto aquella Florencia en la que nació Giotto en 1267 fulge intocable, entre ruinas de las más altas torres. Él comenzó cuidando ovejas y dibujaba en las piedras del campo. Luego, mientras Dante argüía fogosamente en los pleitos de su tiempo, Giotto transita con cierta placidez, entregado a esa gracia aparentemente tan natural de su arte. Lúcido, pragmático, cuidador de su patrimonio, administrador de su propia fama, Giotto pintó con aura nueva los rostros y las escenas del gran relato de cristianismo irrumpiendo con luz y transparencia en las penumbras de la severidad gótica. Quien sabe si en la ESO se habla para nada de Giotto. Desde luego, para un buen profesor, lo que importará es eso y no el anti-método de la nueva pedagogía.
Lo más portentoso es que contemplar la pintura de Giotto, escuchar la música de Bach o leer a Dante puede contribuir a entender mejor lo que está pasando en estos momentos tan inseguros que la nueva filosofía hedonista, la acústica «rap» o la pintura minimalista. Aquella conexión con la entraña de la naturaleza humana es mucho más intensa y, desde luego, más duradera. Inspeccionemos de nuevo los círculos del infierno según Dante: allí está todo, antes de Keynes o Friedman. Nunca hubo mejor pasaporte para el futuro que el legado de los siglos. Sin atender a ese legado, el espíritu se entumece y acobarda. En eso se ve lo casquivana que ha sido la noción post-moderna.
Clonaciones, chateo digital, hipotecas tóxicas, anorexia moral, nuevas guerras: incluso todo un despliegue ciberespacial de forma súbita ha de abrir paso a pintura de hace siete siglos. El cortejo venía de Altamira, había pasado por el Partenón, por los murales romanos, por el otoño de la edad media. De Giotto a la página web, el saber y la locura de los seres humanos saturaron Europa de fosas genocidas y arquitecturas inmarcesibles. Desfilan ahora las vacas flacas. Por sorpresa, regresamos al pintor que apacentó ovejas en las campiñas de Florencia. Es como acordarse del Sermón de la Montaña después de leer los manuales del relativismo. En realidad, Giotto murió algo más de un siglo antes de que Gutenberg inventase la imprenta.
puig@abc.es
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