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Cuando la bestia etarra se hizo aún más brutal

El 11 de diciembre de 1987 es una de las fechas teñidas de sangre en la historia de ETA. Ese día, sobre las seis de la mañana, el «comando» itinerante encabezado por Henri Parot ejecutaba la orden

Actualizado 09/12/2007 - 10:34:18
El 11 de diciembre de 1987 es una de las fechas teñidas de sangre en la historia de ETA. Ese día, sobre las seis de la mañana, el «comando» itinerante encabezado por Henri Parot ejecutaba la orden dada por la cúpula de ETA, colocaba un coche-bomba y lo hacía estallar ante la casa cuartel de la Guardia Civil de la Avenida de Cataluña de Zaragoza. Los agentes se dieron cuenta de la colocación del explosivo, pero no les dio tiempo a reaccionar. A uno de los allí destinados, adscrito a una unidad de desactivación de explosivos, le avisaron por teléfono. Pero sólo pudo oír su nombre. Después, la brutal explosión.
La matanza se había consumado: once muertos y 88 heridos. Entre los muertos, cinco niñas: Rocío Capilla Franco, de 13 años; Silvia Pino Fernández, de 7; Silvia Ballarín Gay, también de 7; y las hermanas gemelas Miriam y Esther Barrera Alcaraz, de 4.
ETA ponía féretros blancos sobre su particular «mesa» poco después de que comenzase la primera fase de las negociaciones de Argel. Que más tarde, en una segunda fase, volverían a reanudarse. Eran los tiempos en los que en la cúpula de ETA estaba Francisco Múgica Garmendia, «Pakito», considerado en aquel momento como «número uno» de la banda; y también de nombres como el de José Antonio Urruticoetxea Bengoetxea, «Josu Ternera»; o José María Arregui Erostarbe, «Fitipaldi»... En busca y captura o en la cárcel, todos ellos siguen vivos dos décadas después.
El atentado de Zaragoza se enmarca en una época en la que la dirección de ETA apostó por atentados en masa con el coche-bomba como instrumento letal e indiscriminado. Es decir, más cobardía y más brutalidad, elementos que forman parte del ADN de un etarra. Aquellos muros derribados de la casa-cuartel zaragozana, y el estremecedor llanto que salía de sus ruinas aún humeantes, venían a señalar la hoja de ruta de los asesinos, que incluía ya a mujeres y niños, ante quien los pistoleros no se iban a parar ya.
La senda de los macroatentados se había abierto un año ante, en Madrid. El 14 de julio de 1986, un coche-bomba contra un autobús de la Guardia Civil, en la Plaza de la República Argentina, segaba la vida de 21 alumnos de la Agrupación de Tráfico de la Benemérita y hería a medio centenar de personas, varios de ellos civiles. Poco después, el 19 de junio de 1987, ETA provoca la matanza en Hipercor, en Barcelona, con 21 muertos y al menos 45 heridos. En enero de 1987, el salvajismo etarra ya había aparecido por Zaragoza, al atentar contra un autobús de la Academia General Militar, que dejó dos muertos y 35 heridos. Once meses después, volaba la casa cuartel.
Fue la macabra suma de muertos, entre ellos «ataúdes blancos», con la que ETA encaró a finales de 1988 su «alto el fuego», que dio lugar a la segunda parte de las «conversaciones de Argel» con el Gobierno socialista de Felipe González. En abril de 1989 se dio por roto y fracasado el diálogo. La banda terrorista volvía a actuar. Y siguió con su brutal procedimiento: el 29 de mayo de 1991 lo haría de nuevo contra una casa cuartel de la Guardia Civil de Vic (Barcelona): diez muertos, entre ellos niños y mujeres de guardias civiles, y 28 heridos.
Alcaraz, en primera persona
Se cumplen, pues, veinte años de la matanza de Zaragoza y se vuelve a recordar. Como cada año, una misa y un acto de homenaje a las víctimas. Entre esas víctimas, las gemelas Miriam y Esther Barrera Alcaraz, sobrinas del presidente de la Asociación de Víctimas del Terrorismo (AVT), Francisco José Alcaraz, que también perdió en ese atentado a su hermano, que por entonces tenía 17 años. Vivía con su hermana y su cuñado. Éste era el guardia civil que sólo pudo oír su nombre; al que le sonó el teléfono; al que un compañero pretendía pedir auxilio como artificiero para que desactivara el coche bomba que explotó y que segó esa breve conversación telefónica y once vidas. Y que mutiló las vidas de quienes sufrieron de lleno y en primera persona aquella tragedia.
Francisco José Alcaraz declara a ABC que siente estos veinte años transcurridos «casi como si no hubieran pasado, porque en algunos aspectos la situación es como la de entonces: ETA sigue en las instituciones, «Josu Ternera» sigue al frente de ETA y negociando; y ahora incluso hay una resolución del Congreso que abre la puerta a la negociación con ETA. Para mí, no han pasado veinte años». Lo que sin duda permanece es el dolor. «En nuestra familia -afirma Alcaraz-, aquel día nos ha marcado mucho y para siempre. Quedamos destrozados. Y lo que realmente nos hace que sigamos siendo víctimas, que se mantenga viva esa condición, es sentir que desde determinadas instanciashay cierto apoyo a ETA».
Huérfanos, hoy agentes
Muchas vidas quedaron marcadas para siempre a sangre y fuego aquel 11 de diciembre. Entre ellas, las de dos niños que entonces contaban 7 y 9 nueve años de edad, hermanos de Silvia Pino Fernández. No sólo perdieron a su hermana en el atentado sino también a su padre y a su madre. Sólo les quedaba una abuela, pero falleció poco después. Los dos hermanos, Víctor y José María, se criaron y crecieron en el Colegio de Huérfanos de la Benemérita. Hoy son guardias civiles, como su padre; como quienes les acogieron. Uno de ellos, además, ejerce en el País Vasco.
Entre quienes acuden a actos organizados por las víctimas del terrorismo, la mayoría optan por no recordar lo que vivieron en primera persona. «Incluso con aquellos con los que tengo amistad o coincidimos en diversos actos, lo cierto es que nunca, jamás, hablamos del atentado de Zaragoza. Hacerlo significaría, inmediatamente, echarnos a llorar. Nunca hablamos de aquello», afirma Francisco José Alcaraz. El presidente de la AVT afirma que, durante tiempo, sintieron «la soledad del olvido». Ellos y otras víctimas de ETA. «En los años 80, durante uno o dos días se hablaba de las víctimas del último atentado y, después, llegaba el olvido total».Según Alcaraz, el silencio de las víctimas también era algo buscado para «protegerse del dolor». Explica que «durante los primeros años las víctimas y las familias no mantuvimos contacto. Uno pretende encerrarse, protegerse del dolor».
Relata que las víctimas sintieron un avance fundamental en el año 2000. La Ley de Partidos y el Pacto por las Libertades y contra el Terrorismo. «Con aquel marco, a ETA sólo le quedaba ser derrotada por el Estado de Derecho, pero ahora se cambia de medicina y se vuelve a la que no funcionó durante treinta años, la de la negociación». Pero Alcaraz sostiene que las víctimas, ahora, se sienten «sin el apoyo de nuestro Gobierno, porque nos oponemos a un proceso de negociación que forma parte de su proyecto político».
Los verdugos
La matanza de Zaragoza fue ejecutado por el entonces «comando» itinerante o francés. Según las diligencias y sentencias judiciales, Henri Parot, junto a tres terroristas más -Jean Parot , Jacques Esnal y Frederic Haramboure-, se desplazó a Zaragoza y dejaron preparado frente a la puerta principal de la casa cuartel el coche-bomba.
Se considera probado que lo hicieron siguiendo el «croquis» que les facilitó Francisco Múgica Garmendia, «Pakito». Henri Parot, de una bestialidad difícil de graduar por sus exceso, fue detenido en el 2 de abril de 1990 en Sevilla y tres años después fue condenado por estos hechos a 1.802 años de prisión. «Para montar la carga utilizamos tres botellas de acero del tipo de las usadas para nitrógeno, que estaban seccionadas (...) La orientación de los tubos con la boca abierta hacia el objetivo junto con el cordón detonante y los reforzadores en sus bases provocó que la explosión fue dirigida como si se trataran de auténticos cañones», declaró Henri Parot. Por su parte, Jean Parot, Esnal y Haramboure cumplen cadena perpetua en Francia, donde se les detuvo, desde 1997.
La dirección de Bidart
En 1992 cayó en la localidad vascofrancesa de Bidart la cúpula de ETA, con «Pakito» a la cabeza. En 2003, la Audiencia Nacional condenó a 2.354 años de cárcel a «Pakito» y a José María Arregi Erostarbe, «Fitipaldi», por su participación en el atentado contra la casa cuartel de Zaragoza. El tribunal consideró probado que «Pakito» dirigía el «comando francés», al que proporcionó el vehículo y el explosivo y ordenó el atentado. Para la Audiencia, «Fitipaldi» dio instrucciones sobre cómo preparar la bomba. Ambos se encuentran cumpliendo condena. La lista de procesados por este atentado la completa «Josu Ternera», fugado cuando el Supremo ordenó a finales de 2002 su detención para que pudiera prestar declaración ante el juez, ya que estaba acusado de ser el «autor intelectual» de aquella masacre.
En la capital aragonesa, entre tanto, se rememorará un año más a las víctimas de una de las más crueles matanzas del historial criminal de ETA.
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