LA valoración de las decisiones judiciales, el desarrollo de juicios paralelos, la implicación de derechos fundamentales (honor, fama, intimidad, imagen) en la crónica judicial, constituyen los elementos de un equilibrio inestable entre prensa y justicia, lo que, por otro lado, es consustancial a un Estado democrático, basado en el control de las instituciones por la opinión pública. La dificultad de predeterminar límites a la hora de valorar informativamente la actuación de los tribunales no significa que tales límites no existan en forma de principios fundamentales, como la independencia judicial, o de interdicciones concretas, como la difamación, la injuria o la calumnia. La Justicia es un poder público y, como tal, susceptible de crítica por los medios de comunicación y por los ciudadanos.
Lo que no se integra en este cuadro constitucional de la libertad de información y de la independencia judicial, es la subversión de la función informativa -esto es, trasladar a los ciudadanos informaciones veraces y opiniones críticas- para encubrir tras ella verdaderas cacerías contra jueces o cualquier otra clase de funcionario público, sólo porque sus decisiones no secunden una determinada estrategia editorial. Si grave es este proceder en cualquier caso, más lo es cuando, a mayor abundamiento, se basa en una doble moral, que permite decir hoy de un juez exactamente lo contrario que tiempo atrás, sin más diferencia que la desafección personal, subjetiva e interesada, de quien le juzga.
Buen ejemplo de esta utilización cínica de la libertad de crítica es el tratamiento que el diario «El Mundo» está dando en las últimas semanas al juez Baltasar Garzón. En estas páginas editoriales se ha juzgado con severidad y muy negativamente algunas actuaciones de este polémico juez de la Audiencia Nacional, tanto como se le ha reconocido su aportación decisiva para ejecutar judicialmente el rearme legal del Estado frente al terrorismo. Por eso, ni entonces era la quintaesencia de la Justicia ni hoy es un villano con toga. Pero no es esto lo que nuevamente se sustancia en la retahíla de injurias que ha recibido el juez del diario «El Mundo», sino otro episodio lamentable de doble moral por parte de medios y periodistas que sólo actúan en función de sus propios y exclusivos intereses, superpuestos a cualquier exigencia ética y de servicio público.


