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El Papa denuncia una Europa «pobre en niños» por egoísmo

El Papa que llegó caminando con un bastón de peregrino al Santuario de Mariazell, la «Magna Mater Europae», tiró ayer vigorosamente de las solapas al Viejo Continente por dos problemas graves que

Actualizado 09/09/2007 - 08:00:13
El Papa que llegó caminando con un bastón de peregrino al Santuario de Mariazell, la «Magna Mater Europae», tiró ayer vigorosamente de las solapas al Viejo Continente por dos problemas graves que Europa no consigue afrontar: el declive de la natalidad y el declive de la razón. El frío gélido y la lluvia incesante de estos días en Austria están pasando factura a la voz de Benedicto XVI, pero no a la agudeza de su diagnóstico.
Durante la misa del 850 aniversario de Mariazell, el Santo Padre llevaba una mitra decorada con una concha de vieira, el símbolo del peregrino universalizado desde Compostela, que figura también en su escudo papal y marca un estilo de vida pues, según dijo, «estar seguros de la meta confiere al camino y al esfuerzo una belleza especial».
La falta de un destino claro y de la capacidad de sacrificarse por el futuro son síntomas de un declive egoísta, y el Papa denunció que «Europa se ha vuelto pobre en niños», precisamente «porque queremos todo para nosotros mismos, y quizá no nos fiamos demasiado del futuro». La solución es revalorizar el amor humano, servir a los demás, emplear valientemente la razón y confiar en Dios, que es Amor, como subrayó en su primera encíclica.
A su llegada a Austria, el Santo Padre había recordado a Europa que el primero de los derechos humanos es el derecho a la vida, el derecho a nacer, y por eso pidió «hacer todo lo posible para que los países europeos vuelvan a ser acogedores para los niños. ¡Animad a los jóvenes a fundar nuevas familias en el matrimonio, a llegar a ser madres y padres!».
Ayer, a los pies de la Virgen de Mariazell, «la Gran Madre de Europa», el Papa insistió en que la fe cristiana lleva a confiar en la razón y a valorar la verdad como guía de la propia conducta. La tragedia intelectual y filosófica de nuestros días es considerar al hombre incapaz de llegar a la verdad, y «ese desinterés frente a la verdad es el núcleo de la crisis de Occidente y de Europa».
Pérdida del rumbo ético
Cuando se abandona el esfuerzo por distinguir entre lo verdadero y lo falso, se pierde el rumbo racional y también el ético pues, según el Papa, «el hombre para el que no existe una verdad tampoco puede distinguir entre el bien y el mal. Y así, los maravillosos avances científicos se vuelven ambiguos: pueden hacer un gran bien pero también convertirse en amenazas terribles de destrucción del hombre y del mundo».
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