Opinión

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LA EDUCACIÓN DE EVO MORALES

Actualizado 09/05/2006 - 07:11:34

La semana pasada, mientras viajaba por todo el país, pregunté a muchos bolivianos cómo es Evo Morales. «Feroz y mimético», respondió, sin pensárselo mucho, el escritor Juan Claudio Lechín, hijo de Juan Lechín, legendario sindicalista y dirigente histórico del Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR). Juan Claudio conoce a todo el mundo y es una de las pocas inteligencias «equidistantes» que es posible hallar en la Bolivia actual.

Basta ir a ver Orinoca -se explica- para comprender cuán feroz y, a la vez, cuán calculadamente mimética ha debido ser la carrera política de un hijo de paupérrimos recolectores aymaras para poder alzarse con la Presidencia de la República de un país tan rabiosamente racista como Bolivia.

Hace sólo veinte años, Bolivia atravesaba una de las crisis más graves de toda su historia. La hiperinflación alcanzó el 25.000 por ciento a fines de aquel año, el precio del estaño andaba por los suelos y el salario mínimo nacional era de siete dólares.

«Bolivia se nos muere», dijo el presidente Víctor Paz Estenssoro al tiempo que promulgaba un decreto que dio forma a una nueva era político-económica que puso fin al «estado sindical mestizo» que el propio Paz Estenssoro había contribuido a crear con la revolución de 1952. En virtud de aquel drástico decreto (conocido como el 21060), en pocos años Bolivia se convirtió en el ejemplo más citado por la ortodoxia neoliberal en América Latina.

Uno de los efectos del 21060 fue demográfico: más de 36.000 mineros fueron echados a la calle con la clausura definitiva de las minas, hasta entonces propiedad del Estado. Gran parte de ellos se «reconvirtió» en campesinado; la diáspora minera llevó a muchos a la región cocalera de El Chapare.

Uno de estos «colonizadores», como dio en llamárseles, fue Filemón Escóbar, un aguerrido ex-sindicalista minero, militante trotskista, quien inmediatamente dio en organizar a los cultivadores de hoja de coca que ahora se veían víctimas de la llamada «ley 1008», aún en vigor, y que hace obligatoria la erradicación del cultivo como parte de acuerdos entre Estados Unidos y el gobierno boliviano.

Quizá sean Bolivia y Canadá los únicos países de este continente donde el trotskismo llegó a ser, en el terreno de los hechos sindicales, y no en minúsculas tertulias intelectuales, una verdadera fuerza política. Escobar, fiel a la tradición trotskista del hoy venido a menos Partido Obrero Revolucionario (POR), fundado por su medio hermano, el influyente intelectual Guillermo Lora, «captó» para el movimento sindical cocalero a un despabilado chico venido de la región de Oruro que sólo aspiraba a hacerse futbolista profesional: Evo Morales.

Evo era, en efecto, hijo de paupérrimos campesinos aymaras. Hoy la palabra campesino, que desde 1952, arropaba a todo el mundo indígena, no está ya de moda. Se prefiere la voz «originario».

Un estudio hecho en 2004 confirmó los paradójicos resultados del censo de 2001: dos tercios de los bolivianos se consideran parte de algún «grupo originario». Pero, al preguntárseles de qué raza son, el 61 por ciento de los bolivianos responde que «mestizos» y sólo el 16 por ciento dice que «indígenas».

Evo Morales no habría mentido de haberse declarado parte del 61 por ciento mestizo. El primer presidente «indígena» en la historia del continente no habla ni aymara ni quechua sino una lengua franca: el español.

Luego de la caída del muro de Berlín, la bancarrota de una izquierda que había perdido su referente mayor, la URSS, no tuvo más camino que «despertar» a una diversidad étnico-cultural que la mayoría se había acostumbrado a registrar como mera curiosidad folclórica. Ya no se hablaría más de «movimientos sindicales» (puramente clasistas), sino de «movimientos sociales» (primordialmente étnicos y no de clase).

No es casual que surgiese en la Bolivia de los años 90 una guerrilla explícitamente indigenista. De ella saldría el actual vicepresidente Alvaro García Linera, el segundo «mentor» con que Evo Morales topó en la vida.

Ser cochabambino, de clase media, educado en un irreprochable colegio católico, matemático, con un doctorado en la UNAM mexicana, una pasantía en la guerrilla «indigenista» de Felipe Quispe y cuatro años de prisión por rebelión militar conforma su hoja de servicios.

Cuando escribe, el post-izquierdista García Linera articula sus ideas indigenistas con un inexorable método que es, a partes iguales, cartesiano y agitador de consignas «altermundistas». A García Linera se le tiene por el cerebro de una brillante campaña electoral que procuró no espantar a la clase media. Tienes modales palaciegos y dice, al hablar de sí mismo, que es «el último jacobino». Para ser el teórico de la «nueva era indigenista» de la política boliviana que unifica a los «originarios» -cambas, collas, quechuas , aymaras y guaraníes-, García Linera se sirve sin melindres de una imbatible ventaja en este país racista: el «segundo» de Evo es un blanco.
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