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De cómo Don Quijote se hizo corcho en Sant Feliú de Guixols

Actualizado 09/05/2005 - 10:34:24

BARCELONA. Eran las últimas décadas del XIX; las imprentas catalanas vivían un momento esplendoroso. Eran los tiempos del aprecio prerafaelita por las artes del libro inoculado desde Inglaterra por Morris o Ruskin. En Barcelona la burguesía vivía la fiebre de oro financiera que noveló Narcís Oller al modo naturalista de Zola. La pasión por la obra bien hecha impulsaba a los lectores de Ibsen y Maeterlink. Resonaba «Parsifal» en el Liceo. La edición trazaba con letra dorada exlibris de Alexandre de Riquer. Hubo un momento, entre los años ochenta y noventa, en el que coincidieron en la Ciudad Condal cinco revistas ilustradas de gran formato: «La Ilustración Artística», «La Ilustración Hispano-Americana», «La Ilustración Ibérica», «La I.lustració Catalana» y «La Hormiga de Oro». Papel de buen gramaje, articulistas de postín; imágenes y tipografías grabadas en el imaginario de varias generaciones.

En la localidad ampurdanesa de Sant Feliú de Guixols la industria del corcho constituía el combustible de una burguesía ilustrada que se asomaba al paseo marítimo desde mansiones señoriales. Allí había nacido en 1864 Octavi Viader i Margarit. Hijo de un cartero y de temperamento inquieto retornaba a su ciudad tras pasar por Barcelona, donde aprendió el oficio de encuadernador e impresor. Como explicó en 1977 el historiador Joan Torrent i Fabregas, la actividad comercial y cultural de Sant Feliú daba para varias imprentas: «Viader sabía cómo tener permanentemente activas las cajas y la minerva. Poseía un sentido práctico y ganas de trabajar y abrirse camino; no rechazó ningún encargo y se cansó de tirar toda clase de impresos comerciales para las oficinas de fabricantes y comerciantes; pero, entre todos aquellos trabajos prosaicos, soñó siempre con imprimir algún día «un libro cuya belleza provocara la admiración de los bibliófilos».

El tráfago de la imprenta

Los beneficios de la industria del corcho sustentaron el poder económico de familias como la del editor Vergès o la del escritor y periodista Agustí Calvet, «Gaziel». El que fuera director de «La Vanguardia» siempre recalcó la vocación de élite liberal de la burguesía ampurdanesa: el olor de la industria taponera conjugado con el mecenazgo cultural. Volvamos con Octavi Viader. El impresor treintañero era concienzudo en su trabajo. La vida contemplativa no iba con él; prefería el tráfago de la imprenta. En la Rambla Vidal 37, las trepidantes minervas de Viader se mezclaban con el piano del compositor Mariano Vinyas; el olor a tinta y papel con el confortable y sutil vaho de la corteza de corcho requemada. Con semejante microclima, no es extraño que Josep Pla se preguntara si se podía hacer con el corcho algo más que tapones para champán. Viader ya se lo había planteado antes, cuando lo usó para calendarios y tarjetas de visita.

El impresor estaba empeñado en maridar el corcho que enriquecía su ciudad con la bibliofília. Alguien lo tachó de iluminado cuando aseguró que la rugosa corteza del «quercus suber» podría convertirse en hojas similares a las de papel para imprimir nada menos que el Quijote. Se acercaba el Tercer Centenario del clásico cervantino y Viader, el 30 de diciembre de 1903, ponía el «imprimatur» a la primera parte y el 6 de mayo de 1906, a la segunda: los textos reproducidos correspondían a las ediciones de 1608 y 1615. También intervino en la edición el bibliotecario y tipógrafo Eudald Canibell, mientras que la cubierta de corcho esgrafiada al fuego la diseñó el arquitecto modernista Lluís Domènech i Montaner. El corcho lo manufacturó la casa Bender de Sant Feliu y en los dorados del volumen Viader sustituía «la falsedad de las purpurinas por panes de oro de ley». Se lanzaron 52 ejemplares, el primero dedicado al Rey Alfonso XIII y el segundo encuadernado en cuero repujado a mano. Cada ejemplar costaba entre 500 y 700 pesetas de la época. El Quijote de corcho se agotó pronto y no tardó en cotizarse a precios elevados: en 1942, según el librero Palau, se tasaba en unas tres mil pesetas.

El libro se expuso en el museo Gutenberg de Maguncia y en el British Museum de Londres. Alfonso XIII mostraba el ejemplar a él dedicado en la biblioteca del Palacio de Oriente y nombró al impresor Caballero de Isabel la Católica. Viader murió en 1938, pero su amor por Cervantes le llevó dos años antes a editar la obra en catalán, traducida por el poeta vanguardista Sebastià Sánchez-Juan y revisada por Pompeu Fabra. La guerra civil retrasó la publicación del Quijote catalán hasta 1941.
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