
El fuego afectó a uno de los edificios anexos a la iglesia de la Natividad; fue la consecuencia de un intento de asalto israelí.Epa
BELÉN (CISJORDANIA). Belén. Faltan unos minutos para las cuatro de la madrugada. El interior de la Basílica de la Natividad está tranquilo. La noche avanza a trompicones, con esporádicos disparos en la lejanía. Los franciscanos descansan. Los guerrilleros palestinos cumplen sus turnos de vigilancia. En el exterior, los soldados israelíes montan guardia. La tensión no ha decrecido en la última semana. La cuerda se estira. Ya demasiado. Falta saber por dónde se romperá.
De pronto, una explosión sorda despierta a los dormidos y dispara la alerta entre los desvelados. Segundos después se oyen más explosiones; parecen granadas. También se repiten los tiroteos. A escasos metros de la Iglesia de Santa Catalina, en una de sus dependencias administrativas, se desencadena un incendio. Donde se guardan los documentos de las bodas y bautizos celebrados allí.
Humo blanco, humo negro
Una densa humareda, primero blanca, más tarde negra, une cielo y tierra. Los bomberos acuden raudos al Sagrado Lugar. Les cuesta llegar. Su vehículo es detenido por los soldados israelíes, que lo registran e impiden que entre en el interior del complejo de la Natividad. Los bomberos apagan el incendio a golpe de manguera desde la distancia. Se han quemado distintos documentos, un piano, unas sillas, varias copas sagradas.
Las versiones de lo sucedido, contrapuestas. Palestinos y franciscanos coinciden, por un lado. El «Tsahal» va por el otro. Según los primeros, un comando militar israelí ha lanzado un ataque contra la Basílica de la Natividad. Se han descubierto cuatro fusiles «M-16» israelíes y dos chalecos antibalas.
Giovanni Battistelli, superior de la Orden de los Franciscanos, lo tiene claro: «Nadie ha abierto fuego desde el interior de la Basílica. Ha sido un ataque lanzado por Israel. Nuestros frailes están en la Basílica porque desean quedarse. No son rehenes de nadie. Si se van, los israelíes atacarán inmediatamente el Lugar Sagrado».
Un policía palestino, Jaled Syam, de 26 años, ha muerto al ser alcanzado por un disparo en la cabeza de un francotirador israelí. Había salido de la Iglesia para ayudar a apagar el fuego. «Esto es inadmisible; es una violación de todas las leyes de la humanidad y de la civilización», dice el padre Ibrahim Fates, superior de los Franciscanos en Tierra Santa.
Nada que ver la versión del Ejército israelí. Según portavoces militares, sus soldados respondieron a un ataque con disparos y granadas lanzado por los «terroristas» palestinos refugiados en el interior de la Basílica, en el que resultaron heridos dos de sus soldados: «Sólo disparamos en defensa propia y para poder evacuar a los heridos».
Pasadas unas horas, Belén recupera cierta calma. Sus calles empedradas siguen desiertas. Sus casas, cerradas a cal y canto. Las ya registradas por el Ejército en busca de armas y «terroristas», marcadas con una cruz.
Sharón sentencia
Desde la tribuna de la Knesset, Ariel Sharón sentencia que el cerco sobre la Basílica de la Natividad «no se levantará hasta que los terroristas sean detenidos. No tenemos intención de violar este Lugar Sagrado como lo hacen los terroristas, que lo ocupan y han tomado rehenes».
La situación en el resto de Belén es igual de dura, aunque quizás menos dramática. Iyad Abu Rudeina, sobrino del asesor de Yaser Arafat, vive no muy lejos de la Natividad. Su casa es más una trinchera que un hogar. «Cada día estamos peor. Nos queda comida porque la hemos racionado y sólo comemos lo imprescindible. Agua tenemos, aunque en otros barrios los grifos están secos. Puede que vuelvan a levantar el toque de queda y a abrirse las tiendas, pero no tendrán nada que vender porque, desde hade días, no entran suministros en la ciudad».
En casa del alcalde
«Lo peor es no saber si me van a sacar de aquí a la fuerza. Sé que buscan a todos los varones de entre 15 y 45 años. Han entrado incluso en la casa del alcalde Nasser. Si han entrado en la suya, ¿por qué no van a entrar en la mía?", dice convencido de su suerte. Mala, por supuesto. Belén, el drama. Ya han pasado siete días.



