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Muere Augusto Monterroso, maestro del relato corto y el humor cervantino

Cuando la ciudad de México despertó, Augusto Monterroso ya no estaba allí. Las letras hispanas lloran al hombre que creó el cuento más corto del mundo

Actualizado 09/02/2003 - 08:38:39
Monterroso, tras recibir el Príncipe de Asturias de las Letras en 2000. CHEMA BARROSO
Monterroso, tras recibir el Príncipe de Asturias de las Letras en 2000. CHEMA BARROSO
MÉXICO/MADRID. Hondureño por accidente (nació en Tegucigalpa en 1921), guatemalteco por pasaporte y mexicano por exilio y labor literaria, Augusto Monterroso falleció ayer en el Distrito Federal, donde residía desde 1944, víctima de un paro cardiaco. Monterroso, uno de los grandes maestros del relato en español (a él le debemos uno de los cuentos más cortos de la historia, «El dinosaurio»: «Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí»-), ejerció la mayor parte de su actividad literaria en México, donde se refugió tras ser perseguido por la dictadura del general Ponce. La obra literaria de Monterroso fue reconocida con el Príncipe de Asturias de las Letras en 2000; y antes con el de Literatura Latinoamericana y del Caribe Juan Rulfo y el Nacional de Guatemala. Monterroso fue velado en una funeraria, a la que asistieron familiares y amigos como Gabriel García Márquez y Álvaro Mutis. Sus restos recibirán sepultura en el panteón español de Ciudad de México.
Al hombre del cuento cervantino y melancólico, al reinventor de la fábula y del cuento corto (según Italo Calvino, sus relatos eran los más maravillosos del mundo), al escritor total al que le inquietaba sobrevivir, le nacieron en Tegucigalpa (Honduras), pero se nacionalizó guatemalteco. Escritor total, Monterroso era un género literario, fundamental, imprescindible, sublime. Durante años, persiguió una nueva fórmula de complicidad literaria y la descubrió en el cauce de la fábula, a la que siempre concedió un sentido crítico y moral. Su mundo literario se despertó y «se transformó de verso a prosa» y la hizo lo más moderna posible para edificar toda una sátira de la sociedad. Conspicuo luchador, llegó a participar en una revolución en la patria elegida, decisión que le costó el exilio. Sólo contaba 23 años cuando se vio obligado a abandonar Guatemala.
El barbilampiño escritor -«Tito» para sus amigos- fundó la revista literaria «Acento» y participó activamente en la vida política de su país. Creó un periódico contra el régimen de Ponce, que vendía en las calles de Guatemala. Federico Ponce ordenó su detención y la del movimiento opositor, pero Monterroso logró refugiarse en la Embajada de México en Guatemala. Peregrinó al país azteca con su destierro a cuestas hasta que el gobierno democrático de Jacobo Arbenz, surgido de la Revolución de Octubre (1944-1954) lo designó cónsul de Guatemala en La Paz (Bolivia). Arbenz fue derrocado y Monterroso renunció. El 18 de abril de 1996, y tras 52 años de exilio, el escritor regresó a Guatemala para recibir el doctorado «honoris causa» por la Universidad de San Carlos, presenciar la firma del Acuerdo de Paz y ser condecorado con la Orden Miguel Ángel Asturias.
Fue secretario de Pablo Neruda en «La Gaceta de Chile» desde 1954 a 1956, año en que fijó su residencia en la tierra de México. Allí trabajó como administrativo en una carnicería e impartió clases magistrales en un instituto de filología y talleres literarios. Dotado de un sutil y fino sentido del humor, Monterroso no escribió demasiado -era demasiado cortés para ello-, pero su obra es indispensable: «El concierto y el eclipse» (1952); «Obras completas y otros cuentos» (1959); «La oveja negra y demás fábulas» (1969); «Movimiento perpetuo» (1972); «Lo demás es silencio» (1978); «La palabra mágica» (1985). Es también autor de un libro en el que dominan los textos de carácter ensayístico, «La palabra mágica» (1983) y otro de entrevistas, «Viaje al centro de la fábula» (1981). En 1987 publicó «La letra E: fragmentos de un diario» y ya en en 2002, su último trabajo, «Pájaros de Hispanoamérica».
Amante de los clásicos
Monterroso certificó la defunción de las moralejas y la vigencia de Esopo: «Ya no sirven para nada», sostenía. Amaba la economía del lenguaje para capturar al lector, «muy propenso a escapar y a huir en la segunda fase; hay que procurar que no se te escape». El relato corto era su ideal como forma de expresión, pero en ocasiones se le fue la mano: «Fue cuando más aceptación tuve. Y decidí retirarme». Acudía a Horacio (Montaigne, Quevedo y Garcilaso eran sus otros animales literarios) para fascinarse por los abismos de la literatura. Horacio sostenía que por huir de un defecto (como ser demasiado abundante, explicativo o prolífico) se cae en otro (que es ser demasiado breve): «En la literatura se huye de un defecto y se cae en otro. Yo repito siempre el mismo», confesaba.
En 1993 se puso el casco y la linterna y se adentró en la mina: «Los buscadores de oro», su primera experiencia en un relato autobiográfico. Monterroso quería vencer a sus demonios literarios. El libro arranca en su juventud, unos recuerdos en los que derrota a todo lo que quiso alejarle del mundo de la literatura, como la militancia política.
Visitaba España con asiduidad, siempre acompañado de su esposa, la escritora Bárbara Jacobs. En 1992 publicaban al alimón «Antología del cuento triste». En el prólogo aseveran: «Si es verdad que en un buen cuento se encuentra toda la vida, y si la vida es triste, un buen cuento será siempre triste». No pocos reaccionaron en contra de este pensamiento claramente melancólico, pero los cuentos que escogieron resultaron ser obra de algunos de los mejores y más profundos escritores del último siglo y medio. En 1999 presentó la obra de ensayos «La vaca». En octubre de 2000 recibió de manos de Don Felipe el premio Príncipe de Asturias de las Letras, un reconocimiento a él como género literario. Y en 2001, en El Escorial, el maestro dejaba atónitos a los alumnos. Decidía abandonar el cuento. Porque allí donde iba, el dinosaurio estaba siempre: «En realidad, el dinosaurio me ha causado más daño que bien, porque se hizo tan famoso que los posibles lectores de mis obras se conformaron con él. Y a los que no les gustó dejé de interesarles pues pensaron que todo lo que hago es del mismo estilo». Monterroso se esforzó por hacerse invisible. Ya no despertará. El relato corto y el dinosaurio han muerto.
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