Conocí a Pedro a través de Antonio Vázquez, en los primeros años de los sesenta del pasado siglo, cuando, apenas comenzados los estudios universitarios, unos pocos amigos y discípulos de Joaquín Ruiz Gimenez lanzábamos la bella aventura de «Cuadernos para el Diálogo». De entre aquellos pocos, algunos proveníamos del Colegio del Pilar y de su Congregación Mariana, de la que, a impulsos de un mayor activismo político, acabamos domiciliados en la de los jesuitas, en la calle Zorrilla.
El primer «Cuadernos» era un producto artesanal, elaborado con el entusiasmo de los que en él vertíamos nuestras opiniones sin considerar que pudiéramos o debiéramos dedicar todo nuestro tiempo al empeño. Éramos una buena mayoría de jóvenes estudiantes universitarios cobijados bajo el manto de nuestros respetados mayores: el propio Joaquín, Mariano Aguilar Navarro, Paco Sintes, Jose Luis Castillo Puche. Ni unos ni otros veíamos nuestra vida profesional abarcada por la revista -bastante tiempo ya arrancábamos a nuestras ocupaciones para hacerla viable- y cuando la publicación fue consolidándose, surgió una evidencia: necesitábamos alguien que, con vocación de periodista profesional, dotara de continuidad y orden a la empresa.
Fue entonces cuando propuse al Consejo de Redacción el nombre de Pedro Altares, miembro de la congregación de los Luises -que así era conocida la de la calle Zorrilla-, en la que militaba mi amigo Antonio Vázquez, y cuya inteligente y sufrida humanidad me atrajo desde el primer momento. Quería ser periodista, cursaba la carrera en al Escuela de Periodismo de la Iglesia y, para financiar los estudios sin causar quebranto en la modesta economía familiar, tenía que recurrir a una multiplicidad de trabajos ocasionales. Por aquellos tiempos era una fábrica de bombillas la que le proporcionaba un magro salario.
Desde el momento en que Pedro comenzó a trabajar a tiempo completo en «Cuadernos» su figura, su trabajo, su comprensión, su generosidad, su entrega quedó asociada a la revista de manera permanente. Cubrió el ciclo completo de la publicación, desde los primeros y tentativos momentos hasta su desaparición, cuando el mensual se había convertido en semanario y, de manera harto paradójica, la que había sido publicación precursora de la democratización española sucumbía a su propio éxito. Pedro, entregado en cuerpo y alma al proyecto, recibió el golpe con amargo estoicismo. Su posterior carrera, que le colocó en niveles visibles y respetados de la profesión, siempre tuvo para nosotros los que le conocimos y desde muy pronto apreciamos, el recuerdo de los tiempos que irónicamente calificábamos de «cuadernícolas».
Fue Pedro hombre de convicciones firmes, fácil trato, fiel a los amigos, anfitrión generoso, de amplia curiosidady fluida conversación. Nos sorprende la triste noticia de su fallecimiento a las pocas semanas del de Joaquín Ruiz Gimenez. Ambos encarnaron lo mejor de aquella época y de aquellas gentes que, en torno a «Cuadernos para el Diálogo», soñaron, imaginaron y propusieron una España recuperada en libertad y democracia. El tiempo vino a darles, a darnos, razón, y hoy los muchos que nos consideramos sus amigos -de entonces y de siempre- evocamos con dolor su partida y con reconocimiento su aportación. Nos quedan para recordarle su familia, que es también la nuestra: Pilar, su mujer, lainvariable «Peli», y sus hijos, Guillermo, que atiende mejor por «Willy», y Juan. Que Dios les conceda, nos conceda, resignación en la pena de la pérdida. Y a él, a mi amigo Pedro Altares, el merecido descanso eterno.
Javier RUPÉREZ
Embajador de España


