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De «Chinito» a Fumanchú

Actualizado 08/11/2005 - 09:30:43

CARMEN DE CARLOS

BUENOS AIRES. En español Fujimori no significa nada, pero en japonés se traduce por «bosque de flores». Este es el escenario que se prometía para sí mismo el ex presidente de Perú cuando le ganó las elecciones a Mario Vargas Llosa, allá por junio de 1990. Pero el ingeniero agrónomo y profesor de matemáticas en la Universidad de La Molina (Lima), se había convertido, de la noche a la mañana, en el nuevo dueño de un Perú acorralado por la economía y las balas terroristas de Sendero Luminoso. «Para ser político se necesita sólo tres meses de entrenamiento. Eso basta». La experiencia propia le permitía mantener afirmaciones de esta naturaleza, pero rara vez recordaba que había contado con la colaboración de su antecesor en el cargo, Alan García, alias «Caballo loco».

Algunos meses más necesitó Fujimori para poner en marchala «maquinaria» que le permitiría convertirse en el nuevo «sol naciente» andino. El 5 de abril de 1992 aquel hombrecito que había vivido toda su vida rodeado de plantas en una floristería familiar -como «El jardinero» de Peter Sellers- le pegó un hachazo a la Constitución, al Congreso y al Poder Judicial. Hizo lo que se bautizó como «autogolpe». Tuvo el apoyo de los militares y, en especial, de uno de ellos que luego sería expulsado del Cuerpo por traición a las armas: Vladimiro Montesinos, el monje negro de su Gobierno, su socio en la década infame de 1990 a 2000.

El convulsionado Perú no se preguntaba entonces por los orígenes de un presidente al que había votado pensando en su nombre de campaña, «El Chinito». El tiempo para los interrogantes sobre su edad, nacionalidad o lugar de nacimiento llegaría tarde y no siempre tendría respuestas. Las sospechas de que su verdadera identidad era japonesa se confirmaron hace cinco años, cuando Tokio le recibió y confesó que era uno de los suyos. De haberse sabido antes, no hubiera podido ni presentarse a las elecciones.

Feliz entre cadáveres

El Fujimori-presidente reconstruyó la economía. Asestó lo que parecía ser un golpe mortal a grupos guerrilleros y terroristas como el Movimiento Revolucionario Tupac Amarú (MRTA) y Sendero Luminoso. Las imágenes del cabecilla de este último, Abimael Guzmán, encerrado en una jaula para las fieras, «diseñada por mí mismo», como reconoció en una entrevista a ABC, darían la vuelta al mundo. Lo mismo sucedería con otras de 1996, en las que se le veía sonriente y feliz, caminando entre los cadáveres, con los rostros deformados a golpes, de los catorce jóvenes guerrilleros del MRTA que secuestraron a un centenar de rehenes en la residencia del embajador de Japón durante cuatro meses.

Con el poder absoluto y reelegido en las urnas, «El Chinito» se convirtió en la reencarnación de Fumanchú. Ejecutó un plan de esterilización de mujeres pobres y creó con Montesinos escuadrones de la muerte. En busca de un tercer mandato, en 2000, se encontró, por sorpresa, con un adversario que había subestimado: Alejandro Toledo. El actual presidente denunció fraude en las elecciones y se negó a participar de una segunda vuelta en la que Fujimori se proclamó único ganador (y participante) con el 75 por ciento de los votos. La «gloria» le duraría poco. Antes de terminar el año convocó elecciones anticipadas. Demasiados escándalos y un asunto de contrabando de armas con las FARC le darían la puntilla. El 16 de noviembre, «El Chino», atrincherado en Tokio, renunció por fax. La respuesta del Congreso fue «destitución por incapacidad moral permanente».

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