
Familiares de un soldado georgiano de 19 años fallecido durante la guerra del año pasado, ayer en el cementerio de Tiflis / REUTERS
Los actos en recuerdo de la guerra que justo hace un año enfrentó a rusos y georgianos por el control de Osetia del Sur y Abjasia, celebrados ayer en Moscú, Tiflis, Tsjinvali y Sujumi, han puesto de manifiesto hasta qué punto las posturas continúan irreconciliables. La presión internacional parece el único freno que impide una nueva conflagración en una zona ya castigada por la violencia y plagada de conflictos latentes. El Cáucaso, al mismo tiempo, mantiene su significación geoestratégica por ser encrucijada de algunas de las vías energéticas que abastecen a Occidente.
El presidente georgiano, Mijaíl Saakashvili, participó ayer en la localidad de Gori, situada a medio camino entre Tiflis, la capital del país, y Osetia del Sur, en las conmemoraciones del primer aniversario del enfrentamiento armado con las tropas rusas. Se recordó a los muertosy el tono general de las celebraciones en Gori y en el resto del país fue de rencor hacia Moscú. El principal eslogan de las concentraciones, una de las cuales consistió en una inmensa cadena humana desde Gori hasta Zugdidi, junto a la frontera de Abjasia, fue «nosotros no olvidamos».
Saakashvili admite que fue él quien ordenó a sus tropas atacar la capital de Osetia del Sur en la noche del 7 al 8 de agosto del año pasado.Lo hizo, según sus palabras, para poner fin a los ataques de las fuerzas surosetas y ante la invasión que el Ejército ruso había iniciado horas antes. Actuábamos en nuestro propio territorio», subrayó Saakashvili, quien además denunció la «limpieza étnica» contra la población georgiana en Osetia del Sur y Abjasia, enclaves que el Kremlin reconoció el año pasado como estados independientes.
Fiasco en Ginebra
En un informe de 190 páginas del Gobierno georgiano, dado a conocer el jueves, se asegura que blindados rusos penetraron en Osetia del Sur en la mañana del día 7 de agosto a través del túnel de Rog, desde la vecina Osetia del Norte. El subjefe del Estado Mayor ruso, el general Anatoli Nogovitsin, calificó ayer de «falsificación» tales informaciones. Nogovitsin negó también quelas tropas rusas tuvieran como objetivo tomar Tiflis.
En una entrevista al canal de televisión ruso NTV, el presidente Dmitri Medvédev dice no arrepentirse por haber enviado su Ejército a Georgia el año pasado para «imponer la paz».«Lo hicimos para evitar un genocidio», asegurando al mismo tiempo que fue él precisamente quien tomó la decisión y no el primer ministro, Vladímir Putin, como afirman determinados analistas. «Actuamos acertadamente, no me avergüenzo de ello. Salvamos muchas vidas y nos comportamos con honestidad y responsabilidad», añadió.
Las rondas de conversaciones que están teniendo lugar en Ginebraperiódicamente para tratar de desactivar la tensión y sentar las bases de una futura solución no están dando ningún resultado. Georgia insiste en que Osetia del Sur y Abjasia son parte de su territorio, aspecto en el que tienen el total apoyo de la mayor parte de la comunidad internacional, los osetios y abjasos no quieren oír hablar de nada que ponga en cuestión su independencia, mientras Rusia ha advertido reiteradamente que no echará marcha atrás en su decisión de reconocer esas dos provincias georgianas como estados soberanos.Las premisas para un posible arreglo brillan por su ausencia, lo que atiza la confrontación y la posibilidad de que se reproduzcan las hostilidades.
Paradójicamente y pese a haber ganado la guerra el año pasado, Rusia se muestra no menos agraviada que Georgia. La actual situación ha descolgado a Moscú de los proyectos energéticos en el Cáucaso sur. El gasoducto Nabuco, que llevará gas desde el Caspio a Europa, es competencia directa del ruso South Stream. Moscú cree además haber perdido influencia sobre Azerbaiyán y también con respecto a Armenia . Por si fuera poco, el viceministro ruso de Interior, Arkadi Edélev, ve la mano de Saakashvili detrás del actual recrudecimiento de los ataques islamistas en Chechenia y las repúblicas vecinas.
Pero la animadversión hacia el presidente georgiano, a quien Putin dijo hace un año ante Nicolas Sarkozy desear «colgar de los testículos»,viene de mucho antes. Su llegada al poder, tras la llamada «revolución de las rosas» (2003), preludio de la «naranja» que estallaría en Ucrania un año después, no gustó nada en el Kremlin. Casualmente, a partir de aquel momento, los dirigentes surosetas y abjasos exacerbaron su actitud secesionista.Putin ordenó además un duro embargo contra Georgia en octubre de 2006 por la detención de varios oficiales rusos, puestos en libertad a los pocos días. El año pasado, hasta antes del comienzo de la guerra,cazas rusos invadieron varias veces el espacio aéreo georgiano.



