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LA HOSPITALIDAD ES EL CAMINO DE LA VERDAD

AGUSTÍN DOMINGO MORATALLAProfesor Titular de Filosofía del Derecho, Moral y Política Universidad de ValenciaCuando los organizadores del V Encuentro Mundial de las Familias se preguntaban cómo decorar

Actualizado 08/07/2006 - 02:54:01
AGUSTÍN DOMINGO MORATALLA
Profesor Titular de Filosofía del Derecho, Moral y Política Universidad de Valencia
Cuando los organizadores del V Encuentro Mundial de las Familias se preguntaban cómo decorar la ciudad para recibir a los miles de huéspedes que llegarían estos días a Valencia, eligieron dos colores y dos letras. La opción por el blanco y el amarillo estaba clara porque el huésped principal era SS Benedicto XVI. No estaban tan claras las dos letras que se elegirían, y al final decidieron engalanar la ciudad con las letras «C» y «V», iniciales del lema que eligió el teólogo Joseph Ratzinger cuando lo consagraron obispo: «Cooperatores Veritatis», «cooperadores de la verdad».
En la historia del arte y, sobre todo, en la difícil historia de la ornamentación de las ciudades, apenas si han existido elementos decorativos con tanta fuerza simbólica como los que se dan cita en estos momentos en la ciudad de Valencia. Junto al conjunto de ciudadanos, voluntarios, gremios y empresas que colaboran en este evento, El Corte Inglés ha asumido la responsabilidad de hacer visible toda la fuerza simbólica del lema, utilizando los colores y las iniciales en la compleja tarea de vestir de gala las calles por donde transcurrirá la visita.
A simple vista, la fuerza simbólica de las dos letras está en la identidad que mantienen con las iniciales de la «Ciudad de Valencia» o de la «Comunidad Valenciana». En este sentido, los decoradores han tenido fácil la tarea de asociar el lema pontificio con los valores de una ciudad, un pueblo y unas gentes. Ha sido fácil que el corazón de la ciudad y la comunidad valenciana se transforme en amarillo porque sus gentes son ejemplo de cooperación, de colaboración y de trabajo en equipo. A diferencia de otros pueblos más introvertidos o con rasgos más segregadores, el pueblo valenciano es extrovertido y tiene una gran experiencia en el difícil arte de hacer equipo.
No hace falta remitirse a las fiestas y tradiciones populares para comprobar que en esta tierra mediterránea la cooperación es un valor central. Aquí sabemos que la cooperación es más que una simple suma de voluntades, aquí sabemos que el trabajo en equipo es más fecundo que el amontonamiento del trabajo individual, aquí sabemos que el esfuerzo individual, la tenacidad y la perseverancia son virtudes que se multiplican cuando se coopera. Las obras de este pueblo no son el resultado de la inteligencia individual de un operador individual sino la resultante de una inteligencia cooperativa de varios colaboradores.
En tiempos donde la cooperación es un bien escaso, atreverse a engalanar la ciudad con las letras «C» y «V» expresa capacidad para un riesgo, una creatividad, un coraje y una innovación que por tener una fuerte dimensión moral podemos llamar «Capacidad para la valentía». Valentía sin la que sería difícil entender el compromiso que Benedicto XVI se ha marcado para afrontar el escepticismo, el nihilismo y el relativismo de una civilización que quiere construirse de espaldas a la justicia social, al bien de la comunidad humana y, sobre todo, de espaldas de la verdad.
Los ornamentadotes no nos quieren invitar a una cooperación de cualquier tipo, nos quieren invitar a una cooperación que genere valentía, una cooperación que con coraje y creatividad nos invite a llamar a las cosas por su nombre y organizar la convivencia de esta jungla global desde el camino de la autenticidad, la sinceridad y la verdad. Los decoradores no han elegido estas letras para recordarnos la visita histórica de un papa que tenía un lema intelectual, lo han elegido para hacernos cómplices en la búsqueda de la verdad, para recordarnos que los pueblos no tienen ni memoria ni esperanza cuando no se hacen cómplices de verdad.
En tiempos donde los líderes políticos y culturales están más próximos al pensamiento débil que se conforma con verdades acomodaticias y proyectos de felicidad desmemoriados, los decoradores nos quieren invitar a trabajar dialogadamente por la verdad. Sin darse cuenta, están participando de toda una tradición cultural y filosófica donde la verdad no es sólo una categoría especulativa o científica sino una categoría práctica, estética, ética e histórica sin la que sería imposible la convivencia democrática de los pueblos. No hay que remitirse a Sócrates y su lucha contra los sofistas, basta con que apelar a pensadores como Husserl, Patocka o incluso el propio Ortega cuando nos hablan del deseo de verdad como motor de proyectos de vida buena.
Resulta curioso comprobar que el lema elegido por el entonces teólogo Joseph Ratzinger tiene su origen en el versículo octavo de la tercera carta de San Juan, donde se produce un encendido elogio de la hospitalidad. Quien acoge al extranjero practica la hospitalidad y es «cooperador de la verdad». Éste era uno de los valores más importantes de toda la Antigüedad clásica como mostraron Homero, Hesíodo y hasta Píndaro, donde la hospitalidad desempeña un valor central entre pueblos, dioses y héroes. Y esto lo ha sabido plantear la mejor teología católica cuando ha integrado en su tradición el derecho de gentes que reformaron los teólogos de Salamanca, cuando Francisco de Victoria, Domingo de Soto y Bartolomé de las Casas abanderan la lucha por los derechos de los indígenas marcando así las bases de lo que más tarde sería la Declaración Universal de los Derechos Humanos.
No estamos únicamente ante dos simples iniciales con las que vestir decorosamente las calles. Son dos letras que invitan a tomar en serio desafíos tan importantes como el de la inmigración donde el extranjero no tiene ni siquiera la condición de huésped, tan necesarios como el de una memoria histórica que no esté atrapada en las tinieblas del pasado y tan urgentes como el de una cultura de la solidaridad donde nadie sea llamado extranjero. Dos iniciales para recordar que en los asuntos cotidianos de la familia humana el camino más esperanzador de la verdad sigue siendo el de la hospitalidad.
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