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«De aquí no nos marchamos»

«Como más te pisan, más te fortaleces. De aquí no marchamos». Montserrat Bardeny no se considera una heroína, pero si está claro que después de dos años y medio de batalla judicial y estar a punto de

Actualizado 08/06/2008 - 09:17:50
«Como más te pisan, más te fortaleces. De aquí no marchamos». Montserrat Bardeny no se considera una heroína, pero si está claro que después de dos años y medio de batalla judicial y estar a punto de dejar postrada a una poderosa inmobiliaria para que no la echen de su casa, se ha ganado el derecho a soltar frases con esta rotundidad. Bardeny, como su vecina Paquita Portella y el resto de inquilinos de esta finca de la calle Enrique Granados de Barcelona, responde al perfil típico de una víctima de «mobbing» o acoso inmobiliario.
Por ser un caso de manual, pero sobre todo por el arrojo demostrado en la batalla -se organizaron, colgaron pancartas, llamaron a los medios...- Bardeny, Portella y el resto de vecinas se han convertido, quizás para desgracia de la inmobiliaria en litigio, en un caso emblemático.
Techos reventados, ratas...
Después de llevar a juicio a Inmuebles en Renta -la empresa que en 2001 compró la finca-, y a pocas semanas de que se dicte sentencia, explican a ABC su peripecia. La entrevista se desarrolla en el comedor de Paquita Portella, que desde hace meses vive con el techo de su casa reventado. «Dijeron que venían a mirar las vigas, y desde entonces ha quedado así», explica con resignación pero mucha entereza el que es sólo un episodio más de esta batalla que mantienen desde que la inmobiliaria mencionada comprase su edificio por un precio que las vecinas aseguran fue de 1,2 millones de euros; una ganga por la ubicación de la casa, a pocos metros de la Diagonal, en una de las mejores zonas del Ensanche.
Lo del precio tiene explicación: la finca necesita una puesta a punto y cuenta, ahí viene el problema, con media docena de inquilinos con rentas antiguas, 150 euros de media por unos pisos que a precio de mercado y una vez reformados se alquilan en la zona por diez veces más. Para el empresa, las vecinas están de más, un clásico en toda España. Tras los techos reventados y la degradación general de la finca vinieron las cucarachas, y ahora, tras la «misteriosa» rotura de un colector, las ratas. «Te desanimas, pero resistes», aseguran.
Al poco de comprar la casa, «la empresa, alegando problemas estructurales, instó a la declaración de ruina, algo que los técnicos municipales -se tomaron nueve meses para ello- denegaron». Desde ese momento, y con la resolución administrativa en firme, la lucha vecinal se centra en que se hagan las reparaciones mínimas para que la casa no se degrade aún más. La empresa no mueve un dedo. «Prefieren ir pagando las multas a afrontar las reparaciones. Quieren acabar con nuestra paciencia», explica Bardeny con ánimo guerrero, el mismo que le ha llevado a sumarse a la asociación de vecinos del barrio y a adherirse a una red «anti mobbing». «No sé como lo hemos hecho. Ninguna de nosotras había colgado una pancarta, pero todo esto nos ha dado fuerzas. Ahora ya es por dignidad, aunque me den un piso nuevo no me voy», prosigue.
A todo ello, el abogado de los vecinos, Jordi Verdaguer, es optimista sobre el futuro del caso, «es todo tan flagrante que confiamos en que al fin se haga justicia».
Ansia especulativa
Aunque socialmente el problema del acoso inmobiliario ha aflorado hace poco, para Verdaguer se trata de un fenómeno a la baja: «No porque las empresas sean más sensibles, haya remitido el ansia especulativa o la administración vigile más, no, se trata lisa y llanamente de una cuestión biológica». Así de crudo. «Desde que a partir de 1995 ya no se permiten las subrogaciones, quienes disfrutan de rentas antiguas van falleciendo por una cuestión de edad. Sin más».
Eso mismo ha pasado en Enrique Granados. Harto de la lentitud judicial -2 años y medio de tortuoso proceso-, el abogado le mandaba recados al juez así de contundentes: «Se me van a morir las clientas»; y la última nota, «una clienta se ha muerto».
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