Aunque para muchos esta crónica sea la primera noticia de Scorpions en años, lo de los alemanes no ha sido otro de esos regresos-de-legendaria-banda-de-los-setenta a los que nos estamos malacostumbrando. Los creadores de algunas de las baladas más memorables del rock nunca lo habían dejado, pero sí que llevaban una buena temporadita fuera del candelero, tanto que muchos los daban por disueltos.
Demasiados años de experimentaciones (discos orquestales, unpluggeds) y un álbum de claro estancamiento creativo en 2004 («Unbreakable») parecían indicar que el veneno de los escorpiones se había diluido hasta la inocuidad, pero ahí llegó «Humanity hour 1» (2007), recuperando algunas de las viejas esencias del grupo de Rudolf Schenker, aquellas que precedieron a su época romanticona. Increíble pero cierto, Scorpions tuvieron su etapa heavy pendenciera. Con los años, aquella travesía por las tierras de la «caña» quedó absolutamente silenciada por el silbido de «Wind of change», pero sería injusto no recordar que durante un tiempo, estos «baladistas» llegaron a encandilar a los metaleros más exigentes, especialmente con su esplendoroso «Blackout», que por cierto ayer sonó tanto como era de esperar.
Antes del plato fuerte de este concierto-presentación -del festival Kobetasonic, que tendrá lugar en Bilbao los días 20 y 21 de junio, con un cartel que incluye a KISS y Judas Priest, entre otros pesos pesadísimos del género-, dos aperitivos que presagiaban una noche de rápidos ritmos de caja.
La elección de los daneses Manticora (curiosamente, una criatura mitad escorpión) y de los estadounidenses Jon Oliva´s Pain (proyecto en solitario del líder de Savatage, Jon Oliva) como teloneros se reveló como una criba, sin duda intencionada: nada de cuarentonas y cuarentones nostálgicos, ávidos de mecherismo, y mucha cazadora vaquera con cada centímetro ocupado por parches de bandas de guitarreo espídico. Allí se iba a hacer «headbanging» (el meneo de cabeza arriba y abajo, que sólo hace bonito si uno tiene melena), no a corear «i love you» con las manos levantadas. Power metal en la primera ronda, con pasajes progresivos «made in Scandinavia», y rock duro a más no poder en la segunda, con un Jon Oliva meneando sus infinitas y enormes chichas a lo largo y ancho del escenario, mientras en el foso sus seguidores dejaban claro que en España empiezan a ser legión.
El genial «show» de Scorpions demostró que su evolución en «Humanity hour 1» es más que notable. Entre sus nuevas canciones asoman incluso ramalazos «nu metal», como la estética instrumental del baterista James Kottak o algunos riffs cortados con serrucho de Schenker. Todo muy pulido por la profesionalidad de los alemanes y vitoreado por la hinchada, a la que ayer casi nada disgustó. Los Scorpions no han renunciado a la balada, qué va, pero ayer recurrieron a ella lo justo y necesario. Eso sí, en los últimos compases del concierto, después de un curioso momento «mayumana» con toda la banda tocando instrumentos de percusión, «Wind of change» tuvo su momento estelar, en el que Klaus Meine cantó varias estrofas en español, ayudado por sus fieles.



