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««El Código da Vinci» es una mezcla de religión, misticismo y Carla Bruni»

SERGI DORIABARCELONA. Se llama Pomponio Flato y está de paso por Nazareth. Ciudadano romano «del orden ecuestre, fisiólogo de profesión y filósofo por inclinación», como se infiere de su apellido

Actualizado 08/04/2008 - 08:54:58
JOB VERMEULEN  Eduardo Mendoza, ayer en Barcelona
JOB VERMEULEN Eduardo Mendoza, ayer en Barcelona
Se llama Pomponio Flato y está de paso por Nazareth. Ciudadano romano «del orden ecuestre, fisiólogo de profesión y filósofo por inclinación», como se infiere de su apellido, padece una pertinaz diarrea, derivada de haber tomado unas aguas de la sabiduría. Apesadumbrado por esa inteligencia estomacalmente problemática, nuestro hombre transita por los confines del Imperio Romano, en ciudades que han dejado de obrar prodigios.
Pomponio Flato opone su racionalismo ilustrado a la correosa fe de los judíos y comparte con el Niño Jesús las pesquisas de un crimen del que se ha acusado al carpintero José... «No existen muchos antecedentes de intriga policiaca antigua, aunque ahora está tan de moda trasladar intrigas a tiempos remotos», advierte Mendoza. Aunque no le hace ascos a la novela de consumo, «El Código da Vinci» le produce cierto repelús: «Yo me burlo de esa mezcolanza de religión, misticismo y Carla Bruni».
Una buena lectura para el AVE
Mendoza presentaba ayer su novela junto a las columnas dóricas del Templo de Augusto que se esconde en un palacete de la Barcelona gótica; uno pensaba en el Satiricon o «La vida de Brian» pasados por el tamiz de la novela ejemplar cervantina y destilada en una trama de las criptas embrujadas, la ironía de Gurb y los tocadores de señoras.
Confiesa Mendoza que se ha divertido escribiendo una historia que sólo aspira a entretener y que puede ser una buena lectura para un viaje en el AVE. Un entretenimiento, puntualiza, «con dosis de inteligencia, contra quienes piensan que entretenerse supone no usar el cerebro». Los diálogos entre Pomponio y el Niño Jesús rezuman humor ilustrado y paralelismos con la época actual con un juego verbal deudor del latín. La ubicación en la época romana no nace, según el autor, de una exhaustiva documentación sino, más bien, de su afición a los historiadores griegos y romanos «que eran muy buenos escritores».
Con tres ediciones y más de cien mil ejemplares, «El asombroso viaje de Pomponio Flato» (Seix-Barral) lleva una historia a las últimas consecuencias y recompone la imaginería bíblica... «Si uno lee Evangelios observará que muchas frases impregnan nuestra vida cotidiana y las formas de pensar, hablar y contar» subraya. El Niño Jesús que acompaña a Pomponio, con sus ricitos rubios y orejas de soplillo, nace de la inconografía tradicional: «Le pongo orejas de soplillo para humanizarlo», señala el escritor, que no teme una reacción airada de los lectores católicos: «Si yo fuera cristiano, me lo tomaría como lo que es, como una broma. El humor se parece más al juego de manos que a la payasada: es el engaño consentido». Admirador de los Monty Pithon, Dickens y Chesterton, el tono paródico «marca de la casa» reaparece en esta novela trufado de escatología: «Es un ingrediente muy mediterráneo, habitual en el mundo clásico, la Edad Media, el Quijote, la picaresca y el humor catalán...» Un ejemplo es la figura del «caganer» de los pesebres que ya se está exportando a otras culturas: «Preveo la decadencia de Santa Claus sustituido por el caganer», bromea Mendoza.
El tráfico de influencias y la especulación inmobiliaria de «El asombroso viaje de Pomponio Flato» demuestran que Roma es origen de nuestros vicios y virtudes. «No es que fueran más sabios, sino que no hemos mejorado nada». Los minipisos abundaban en el orbe de Augusto, Sila se quedaba con las viviendas de sus adversarios y Cicerón prefería el deterioro de sus propiedades si con ello podía desahuciar a sus inquilinos y reconvertirlas para cobrar elevados alquileres. En la época de Pomponio, añade Mendoza, la capital del Imperio tenía tres millones de habitantes, casas de diez pisos; el Coliseo era como un estadio actual y las termas de Caracalla como un aeropuerto». Conclusión. En la cultura del pelotazo, Nihil novus sub sole.
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